La obsesión del jefe 58
62%

58

Eve

La alarma no dejó de sonar en ningún momento.

Atravesaba los pasillos, rebotaba contra las paredes, se metía bajo la piel como si quisiera romperme desde dentro, marcando cada segundo con una urgencia que no me dejaba ni pensar.

Corrí.

No supe en qué momento empecé a hacerlo, solo que mis piernas se movían solas, descontroladas, mientras el aire volvía a faltarme igual que antes, igual que siempre que todo se venía abajo.

La sala medicalizada.

Solo existía ese punto.

Empujé a quien se cruzó en mi camino, esquivé cuerpos, voces, manos que intentaban detenerme, pero no lo conseguían. Nada iba a hacerlo.

Hasta que llegó él y lo hizo.

Valentino.

Apareció frente a mí como un muro, y así lo sentí ya que acabé chocando de bruces contra su pecho. Su mano se cerró sobre mi muñeca, firme, inamovible, obligándome a detenerme.

—Suéltame —exigí con una fuerza que ni siquiera supe reconocer mi propia voz.

No lo hizo.

Ni siquiera parpadeó.

—Fuera —ordenó, sin mirarme a mí, sino al resto—. Todo el mundo a lo suyo. Ahora.

Su tono no admitió réplica.

Uno a uno, los hombres comenzaron a dispersarse, no sin antes lanzar miradas tensas hacia la puerta cerrada.

El pasillo se vació, quedándonos solos.

—Valentino… —supliqué, con la voz estrangulada, tirando del brazo—. Déjame pasar.

Negó despacio.

—No.

La respuesta fue seca, definitiva.

Noté cómo algo dentro de mí se quebraba.

—Por favor… —insistí, más bajo esta vez, sintiendo cómo la desesperación emanaba de cada poro de mi piel—. Necesito verle.

Cerró los ojos un segundo, como si esa petición le pesara más de lo que estaba dispuesto a admitir, y cuando volvió a mirarme, su expresión fue distinta. Más dura.

—Es mejor que no le veas así.

Las incipientes lágrimas que habían inundado mis ojos comenzaron a desbordarse como dos cascadas.

—¿Qué le ha pasado? —pregunté, notando cómo el pánico volvía a treparme por la garganta, creando un enorme nudo.

—Ha tenido un shock reactivo —respondió—, debido a unos fármacos.

Parpadeé.

No era suficiente.

Todo estaba pasando demasiado rápido, y eso no me gustaba ni un pelo. Primero el cuerpo en el camino; luego el ataque; y posteriormente la alarma.

Mi estómago se revolvió.

—¿De verdad puedo confiar en tí? —solté, sin poder frenar esas palabras que no dejaban de repetirse en mi mente como un jodido mantra.

Sus dedos se tensaron alrededor de mi muñeca, no con violencia, sino con algo mucho peor.

Decepción.

—¿Tienes alguna otra opción? —replicó en voz baja.

Me quedé sin aliento, porque su respuesta no fue precisamente clara, sino que provocaba que el batiburrillo de pensamientos que aún gritaban en mi mente se liase aún más.

—Mírame —ordenó.

Me soltó despacio, pero no se apartó.

Le hice caso, y sus ojos no vacilaron.

—Estoy aquí —continuó—, y eso ya debería decirte suficiente.

Tragué saliva, porque en su mirada había verdad, una que dolía en lo más profundo de mi alma.

—Confía en mí, Eve —añadió—. Porque ahora mismo… es lo único que tienes.

Cerré los ojos un segundo.

Asentí, no porque estuviera convencida, sino porque no podía permitirme romperme ahí.

El silencio volvió, pero esta vez cargado de algo distinto: determinación.

—Tenemos que matar a Giovanni —sentencié—, y acceder a La Mort mediante ti.

—¿Qué quieres decir?

Se llevó una mano al rostro, arrastrando el cansancio como si pesara más que cualquier herida.

—Si acabamos con él, y llegamos a La Mort presentándote como su heredero, podríamos atacar y salvar a todas esas mujeres que tiene encerradas.

—Yo no soy la cara visible de Giovanni, Eve —explicó—. Nunca lo he sido.

El mundo volvió a tensarse, porque cada idea que tenía acababa desmoronándose como un castillo de naipes sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

—Entonces… ¿quién?

Suspiró, sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca, dándole una larga calada.

—Tiene a alguien —dijo al fin—. Alguien que mueve los hilos cuando él no está.

Sentí como todo su cuerpo se tensaba, igual que lo hacía el mío. Tener que pensar en ello estaba suponiendo un esfuerzo para Valentino, y se lo agradecí mentalmente, porque él era la pieza clave para que todo saliera bien.

—¿Quien? —Quise saber.

Por un momento permaneció en silencio, como si no se atreviese a mentarlo.

—Il Corvo.