La obsesión del jefe 57
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Eve

Algo cambió.

No supe decir qué fue exactamente, si el silencio que se volvió demasiado denso o la forma en la que el aire dejó de moverse entre los olivos, pero mi cuerpo sintió antes de que mi mente pudiera comprenderlo.

Me quedé quieta.

Alessia también.

No hizo falta mirarnos para saber lo que lo había percibido.

—¿Va todo bien? —Escuché como decía Dante por el walkie talkie.

—Sí, de momento —respondió ella.

Achiqué los ojos, ya que por un momento creí haber visto una tela tirada en el suelo, una bolsa… Algo que no debía estar allí.

Alcé la vista hacia el camino que conducía a la salida, ese pasillo natural flanqueado por hileras de olivos que minutos antes me había parecido casi hermoso y que ahora se me antojaba como una trampa.

Entonces lo vi.

Una sombra, demasiado inmóvil para ser natural.

—Detrás de mí —ordenó Alessia, colocándose delante sin dudarlo, el cuerpo en tensión, la mano ya cerca del arma.

No me moví.

No podía.

Algo dentro de mí tiraba hacia adelante con una fuerza que no tenía sentido, como si necesitara ver, confirmar, enfrentarme a lo que allí había.

—Eve —insistió, más firme esta vez—. Vuelve dentro —sentenció—. Ahora.

Negué despacio y avancé.

Cada paso se me clavaba en el pecho, lento, pesado, mientras el mundo se estrechaba a ese punto fijo al final del camino.

Alessia soltó un improperio en voz baja, pero no intentó detenerme, sino que me acompañó, cubriéndome, arma en mano, vigilando cada ángulo.

Cuando llegué, entendí qué era lo que estaba ocurriendo.

El cuerpo yacía en el suelo, boca arriba, con los ojos abiertos, vacíos, y la sangre se extendía bajo él como una mancha oscura que se filtraba en la tierra.

El olor metálico me golpeó de lleno.

Tragué saliva.

—¿Lo conoces? —pregunté, sin apartar la mirada.

Alessia no respondió con palabras, sino que se limitó a asentir, una sola vez.

—Volvemos dentro —dijo entonces, girándose, ya preparada—. Ahora.

No llegamos a movernos cuando un disparo rompió el aire.

Seco. Brutal.

—¡Corre! —vociferó.

No lo pensé.

El cuerpo reaccionó antes de que la cabeza lo hiciera, giré sobre mis talones y eché a correr junto a ella mientras otro disparo silbaba demasiado cerca.

El mundo se convirtió en ruido.

Pasos. Voces. Disparos.

El suelo parecía moverse bajo nuestros pies, los pulmones comenzaron a arderme, como si cada bocanada de aire fuese insuficiente.

No llegaba.

Comencé a sentir el sabor metálico en la boca, cómo iba ahogándome poco a poco, mientras el latir de mi corazón se volvía cada vez más ensordecedor, tanto que apenas podía escuchar mi propia respiración.

—¡Las puertas! —rugió la voz de Dante por el walkie.

—¡Ábrelas ya! —ordenó Alessia, sin frenar, tirando de mí cuando mi ritmo comenzó a fallar.

La vista se me nubló, las piernas me pesaban, pero, aun así, continué, porque parar significaba morir.

El rugido de un motor irrumpió en el caos.

Un cuatro por cuatro apareció al final del camino, avanzando a toda velocidad, levantando tierra a su paso, directo hacia la entrada del palazzo.

—¡Dentro! —bramó Alessia.

Las puertas se abrieron lo justo.

Nos colamos en el último momento. El vehículo se acercaba a una velocidad irreal. Dante ordenó alzar las defensas, y un golpe seco retumbó en toda la casa.

Tras eso, silencio.

Uno breve. Irreal, y entonces… La alarma.

Un sonido agudo, constante, desgarrador, y esta vez no provenía del exterior, sino de la enfermería.

—Es Alexander.