La obsesión del jefe 56
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Eve

El frío terminó de calar en mis huesos cuando el silencio volvió a instalarse entre nosotras, aunque esta vez no fue incómodo, sino pesado, estaba cargado de todo lo que acabábamos de compartir, porque, aunque no nos conociéramos demasiado, supe aquello marcaría un antes y un después.

Apreté un poco más el abrigo, intentando contener ese temblor que no sabía si venía del frío o de todo lo que llevaba dentro guardado.

—¿Qué hay de Giovanni? —pregunté al fin, sin rodeos.

Nombrarlo continuaba siendo una tortura, era como si esa maldad o su jodida sombra se adhiriese a mi piel como un fantasma del que no podía huir.

Alessia no dudó.

—Está en una de las habitaciones medicalizadas —respondió—. Lo mantienen sedado para que no despierte.

Asentí despacio, procesándolo.

—No pueden tenerlo así para siempre —murmuré, más para mí que para el—. Acabará pasándole factura.

—¿Y eso a quién le importa? —replicó con frialdad.

Alcé la mirada.

—A Luca —respondí—. Y a mí.

Porque no, no iba a permitir que ese hombre muriese sin pagar.

No después de todo.

Una fuerte presión se instauró en mi pecho, pero no fue por miedo, sino por esa rabia que brillaba en mi interior dispuesta a acabar con todo.

—Se merece algo peor que morirse dormido, sin enterarse de nada —añadí en voz baja—. Cualquier final que no duela… sería injusto.

Mi compañera asintió en silencio, como si aún estuviese dándole vueltas a algo que no me había contado.

—He estado dentro, Eve.

Parpadeé, y tuve que girarme hacia ella para mirarla.

—¿A qué te refieres?

—En las fiestas de La Mort —aclaró—. Antes de sacarte de allí.

El mundo se tensó a mi alrededor, igual que lo hizo todo mi cuerpo.

—¿Qué…?

—Luca y yo —continuó—. Nos infiltramos para encontrarte.

Sentí como algo se descolocaba dentro de mí, y por un momento, mi cabeza comenzó a reconstruir recuerdos, fragmentos, miradas… cosas que en su momento no entendí, pero que ahora llegaban a trompicones.

***

Meses atrás, fiesta de Giovanni Moretti con mercancía de La Mort.

El aire me faltaba.

No era una sensación, era una realidad que me aplastaba el pecho mientras avanzaba sin saber muy bien hacia dónde, con pasos torpes, desacompasados, como si el suelo se moviese bajo mis pies.

Solo quería salir.

Huir del allí, del ruido, de las miradas, de las manos que aún sentía sobrevolar mi piel aunque no me estuvieran tocando.

Me escabullí entre la gente, esquivando cuerpos, voces, risas que me perforaban los oídos, hasta alcanzar el pasillo que llevaba al jardín trasero.

Si conseguía llegar y respirar, aunque fuera unos segundos, ya nada importaría.

Ni el castigo.

Ni las consecuencias.

Nada…

No llegué, porque antes de que pudiera cruzar el umbral de la puerta, una mano me sujetó con violencia del brazo, clavándose en mi piel hasta marcarse.

—Me estás haciendo daño… —murmuré, intentando zafarme.

—¿Dónde te crees que vas? —La voz de Arseni sonó baja, cargada de algo que me heló la sangre.

—Necesito aire —respondí casi sin voz.

Era verdad, lo necesitaba, porque sentía que me ahogaba en ese mar de personas que me rodeaba.

—Tienes clientes esperando.

El estómago se me revolvió al escucharle y una arcada subió hasta mi boca, haciendo que tuviese que tapármela para no vomitar.

—Ahora no, por favor… —le pedí, aunque se me antojó más una súplica que cualquier otra cosa.

Ni siquiera sabía de dónde había sacado las fuerzas para rogarle, pero lo hice, y ese fue el peor de los errores, porque su agarre se volvió más duro y cruel.

—Tú no tienes poder de decisión —susurró junto a mi oído.

Y entonces tiró de mí, arrastrándome de nuevo al centro de todo, a mi infierno personal, ese en el que llevaba demasiado tiempo rodeada de demonios.

El sonido se apagó de golpe cuando detuvo la música, y ese silencio lleno de chismorreos fue aún peor, porque provocó que todas las miradas se clavaran en mí. Sentí cómo el mundo se reducía a ese círculo cerrado del que no podía escapar.

Una mujer me observó con pena, pero pronto volvió a girar sobre sus talones para desaparecer entre la muchedumbre que ya vitoreaba al maldito de Arseni.

Me empujó hasta la mesa central, obligándome a subir sin darme opción, como si no fuese más que parte del espectáculo, y yo accedí, lo hice con el cuerpo temblando, a sabiendas de lo que ocurriría si no obedecía.

El vestido se deslizó bajo sus manos sin delicadeza, sin respeto, dejándome expuesta bajo la luz que ahora parecía demasiado intensa.

Quise desaparecer, dejar de existir en ese preciso instante, pero no podía, no porque no quisiera, sino porque no me lo permitían.

El murmullo creció a mi alrededor, cargado de deseo, de algo sucio que parecía impregnarse en mi piel, ensuciándome sin siquiera tener que tocarme.

Una lágrima cayó sin que pudiera evitarlo, solo una, porque incluso llorar allí era peligroso.

Cerré los ojos, no para protegerme, sino porque era lo único que podía decidir.

***

El recuerdo me golpeó con tanta fuerza que tuve que cerrar los ojos un instante, igual que en ese momento.

El aire entró a trompicones en mis pulmones, como si hubiese estado conteniendo el aliento durante todo ese tiempo.

—Eve. —La voz de Alessia me sostuvo, firme, devolviéndome al presente poco a poco.

Estaba allí.

No en ese lugar, sino mucho más lejos, a salvo.

Tragué saliva, notando el sabor amargo que siempre dejaban esos recuerdos, intentando deshacer el nudo que se había creado en mi garganta.

—Tú estabas allí… —murmuré, mirándola como si necesitara confirmarlo.

No la culpé, tampoco a Luca, ¿qué iban a hacer en esa situación? ¿Irrumpir frente a Arseni para declararle la guerra a La Mort? Obviamente no.

Alessia asintió con pesar.

—Lo siento.

Negué con la cabeza, porque sí, ese podía ser mi pasado, pero jamás continuaría siendo mi historia.