55
Eve
Un carraspeo suave sonó a mi espalda, fue contenido casi inaudible, pero suficiente como para arrancarme de ese estado en el que llevaba demasiado tiempo sumergida.
Me limpié las lágrimas con la manga sin girarme del todo al principio, como si retrasar ese gesto pudiera darme unos segundos más junto a él, ya que en mi corazón aún brillaba la idea de que despertase al escucharme, aunque sabía que eso no era más que una ilusión que no iba a cambiar nada.
Cuando lo hice, la encontré allí.
Alessia.
Apoyada contra el marco de la puerta, observándome con calma, no con indiferencia ni mucho menos, sino con algo más profundo… algo que era capaz de reconocer demasiado bien.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla de mi lado.
Negué despacio, desviando la mirada hacia Luca antes de responder.
—Mejor salgamos de aquí —murmuré—, me mata verle así.
No insistió, se limitó a asentir con un leve gesto y se apartó para dejarme espacio.
Me incliné una última vez hacia él, rozando su mejilla con mis labios, deteniéndome apenas un segundo más de lo necesario, como si ese contacto pudiera anclarle a mí de una forma absurda.
—Vuelvo enseguida —susurré, aunque sabía que no podía oírme.
Salimos al pasillo, y el cambio fue inmediato. El silencio de la improvisada enfermería se transformó en un murmullo constante de pasos, órdenes y tensión contenida. Todo el palazzo estaba en alerta, vibrando con una energía que ya podía sentir bajo la piel.
Caminamos sin decir nada, hasta alcanzar una de las salidas laterales. El aire frío me golpeó en cuanto crucé el umbral, obligándome a cerrar los ojos un instante mientras intentaba recomponerme.
Pero no lo conseguí.
No del todo.
Estábamos en la entrada del palazzo, y frente a nosotras se erguía una enorme entrada rodeada de flores blancas que daban paso a un gran campo de olivos que custodiaba el terreno. Parecía mentira que pudiese existir un lugar como aquel en medio del caos que estábamos viviendo.
Me senté en el muro de la entrada, al mismo tiempo que me apoyaba contra la pared, dejando caer la cabeza hacia atrás, como si aquel gesto pudiese darme algo de claridad.
—Estoy muy perdida, Alessia —admití al fin, mediante un hilo de voz—. No sé qué estoy haciendo… ni en quién me estoy convirtiendo por el camino.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino necesario.
Se acercó a mí, pero no me tocó. Se colocó a mi lado, respetando esa distancia que, en ese momento, era lo único que me mantenía en pie.
—Eso significa que sigues siendo tú —respondió al cabo de unos segundos—. Los que se pierden del todo no se cuestionan nada.
Solté una risa vacía, más cercana a un suspiro roto que a cualquier otra cosa.
—No lo parece.
Bajé la mirada hacia mis manos, aún incapaz de olvidar lo que habían hecho.
—¿Cómo llegaste tú aquí? —pregunté entonces, sin levantar la vista—. A todo esto… a esta vida.
Noté cómo su respiración cambiaba, fue apenas perceptible, pero suficiente como para entender que había tocado una parte de ella que no solía mostrar con facilidad.
—No fue una decisión bonita —dijo al fin—, ni heroica.
Giré la cabeza hacia ella, observándola con más atención.
—Nunca lo son.
Se apoyó también contra la pared, cruzando los brazos en un gesto automático, como si necesitara sostenerse de alguna manera mientras hablaba.
—Crecí en un sitio donde sobrevivir ya era suficiente —continuó, con la voz agrietada por el dolor—. Mi padre no duró mucho… y mi madre hacía lo que podía para mantenernos a flote.
Fruncí el ceño.
—¿Nos?
Asintió una sola vez.
—Tenía un hermano —añadió, haciendo una pausa, tan pesada como profunda—. Era dos años menor que yo —prosiguió—. Siempre iba detrás de mí, como si yo pudiera protegerle de todo.
Su mirada se perdió en algún punto frente a nosotras, lejos de aquel lugar.
—Pero hay cosas de las que no puedes salvar a nadie por mucho que lo intentes.
Sentí cómo algo se tensaba en mi pecho.
—¿Qué pasó? —pregunté.
No respondió de inmediato, tampoco supe si lo haría ya que era una pregunta complicada y tampoco teníamos una relación tan estrecha como para responder.
Pero entonces, me sorprendió, tragó saliva y cuando habló, ya no encontré esa firmeza en su voz que había apreciado antes.
—La droga llegó antes que cualquier otra cosa —murmuró—. Antes que las oportunidades, antes que una salida…
Cerré los ojos un instante, imaginándolo sin querer hacerlo.
—Intenté sacarle de ahí mil veces —continuó—.
Lo tenía encerrado en casa, no quería que saliera porque creía que si lo mantenía así sería capaz de salvarle.
—Su mandíbula se tensó—. Por un momento le odié.
—Su mirada descendió hacia sus manos, como si quisiera evitar que las lágrimas que ya brillaban en sus ojos empapasen sus mejillas—.
Todo lo que hice no fue suficiente. —Hizo una pausa—.
Murió por una sobredosis —confesó al final, sin adornos—. Lo encontré yo.
El aire se me atascó en los pulmones, y no pude evitar deslizar mi mano hacia la suya, ofreciéndole un consuelo que nunca llegaría.
—Estaba tirado en la calle, como si no fuese nadie —añadió, y ahí sí, su voz se quebró—.
Y lo peor de todo no fue verle así. —Negó despacio, con los ojos encharcados en lágrimas—.
Fue darme cuenta de que vivíamos en un puto mundo donde nadie más había intentado ayudarle.
—Una lágrima recorrió su hermoso rostro tostado—. Era un crío, Eve…
Tiré de ella un poco, lo suficiente como para abrazarla, y a pesar de que sabía que el contacto físico no era su fuerte, me recibió gustosa. Un fuerte hipido se escapó de su interior cuando enterró su rostro en el cuello de mi chaqueta.
—Lo siento —musité.
—No quiero que sientas pena —respondió—. Solo que entiendas que todos los que estamos venimos de un sitio roto, como tú.
Alcé la mirada hacia ella.
—Y, aun así, sigues en pie —murmuré.
—A duras penas —replicó con una sonrisa triste—, pero sigo.
—¿Y cómo conociste a Dante?
Una risa apagada llegó a los labios de Alessia.
—Estábamos en pleno centro de Roma, él estaba realizando algunos encargos para los Moretti —me explicó—.
En aquel entonces no era más que un crío, igual que Luca —añadió—.
Giovanni los había enviado a gestionar varios asuntos, entre los cuales estaba el recoger el dinero de un pago por una protección —continuó contándome—, antes de ser Giovanni Moretti, se dedicaban a la protección de empresarios y comercios, los vandalizaban, agredían y posteriormente les ofrecían cuidar de ellos.
—Hizo una breve pausa—. Y ahí es donde entro yo.
—Una mueca de tristeza se dibujó en los labios—.
Empecé a robar cuando tenía quince años para intentar pagarle un centro de rehabilitación a Vincenzo, al principio él era la excusa fácil para hacerlo, hasta que comenzó a ser una forma de vida.
Apreté su mano un poco más.
—Le robé a la familia equivocada —sentenció al mismo tiempo que una mueca triste se dibujaba en sus ojos, alzó la manga de su camiseta y me mostró un estandarte de una M—. Y así es como acabé siendo parte de todo esto.
—Gracias por contármelo.
Me observó durante unos segundos, evaluándome como si decidiera si confiar o no en lo que acababa de compartir.
—No se lo cuentes a nadie —añadió después, señalándose el pecho—. Prefiero que sigan pensando que no hay nada aquí dentro.
Asentí sin dudar.
—Será nuestro secreto.