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Eve
Volví a meterme en la ducha.
El agua caía sobre mi cuerpo, arrastrando la sangre que ya no existía pero que continuaba pegada a mi piel como una segunda capa que era imposible de quitar.
Me apoyé en la pared de la ducha, dejando que me golpease sin piedad, con la respiración aún inestable, como si mi propio cuerpo no terminara de decidir si quería continuar adelante.
Corté el agua y salí sin pensar demasiado, envolviéndome en la primera toalla que encontré.
No había pasado más que unas horas dentro de la casona de Giovanni, pero las suficientes como para que cientos de recuerdos acudieran a mi mente para sacudirme los cimientos.
Durante años había visto caer a cientos de mujeres en las manos de La Mort, las habían usado como simples juguetes sexuales, sodomizado, vendido, maltratado, abusado e incluso asesinado, haciéndolas creer que no valían nada.
A mi mente vino aquel osito de peluche que colgaba del tirador de las puertas de las más pequeñas.
Eran niñas, ángeles diminutos encerrados en un infierno del que jamás lograrían salir.
En las subastas de La Mort se juntaban los hombres más poderosos del mundo, políticos, famosos de alto nivel, empresarios, y obviamente lo mejor de cada mafia.
Hacían lo que les daba la gana, porque sabían que allí la libertad estaba a la orden del día.
Negociaban, follaban como animales y se drogaban hasta perder el conocimiento.
Allí conocí a Giovanni.
Una de esas malditas fiestas fue mi condena, porque cuando me vio, todo cambió.
Al principio me trataba como si fuese un tesoro, la rosa dentro de la vitrina de La bella y la bestia, algo tan preciado que ni siquiera se atrevía a tocarme.
Pronto cambió su actitud al ver que sus recuerdos podían ser mejorados, al principio no supe por qué, pensé que simplemente era un loco ególatra más. Lo que no sabía era cuántos problemas nos iba a traer.
Me vestí rápido, casi a ciegas, como si cada segundo que pasaba lejos de él fuera un error que no podía permitirme.
Fue entonces cuando lo vi.
El papel.
Doblado sobre la cama, medio oculto bajo el cojín, como si hubiera estado esperando a que lo encontrara.
El corazón me dio un vuelco, porque una parte de mí no quería tocarlo, pero lo hice, lo abrí, y el mundo volvió a detenerse como si jamás hubiese girado bajo mis pies.
***
Eve,
Si estás leyendo esto, es porque todo ha salido como esperaba… o porque ya no estoy.
No te pido que lo entiendas, ni siquiera que me perdones.
Lo único que te pido es que te vayas.
En el armario hay una maleta llena de dinero, cógelo, márchate lejos, lo más lejos posible de este lugar, de mí y de todo lo que te haya hecho daño.
No vuelvas la vista atrás.
No te mereces esta vida, no mereces cargar con mis demonios, ni con la guerra que llevo dentro desde antes de conocerte.
Yo elegí esto. Tú no.
Y, aun así… te arrastré conmigo.
Te amo más de lo que debería, más de lo que es justo, y por eso hago este último gesto de amor.
Por eso te dejo ir.
Y si me amas como yo te amo a ti, si alguna vez sentiste algo por mí… no vuelvas.
Vive.
Sé libre.
Aunque eso signifique hacerlo sin mí.
Siempre tuyo.
Luca Moretti.
***
No me di cuenta de cuándo empezaron a caer las lágrimas, no hasta que me percaté de que ya no podía ver.
Apreté el papel entre mis manos, arrugándolo sin querer, como si eso pudiera cambiar lo que acababa de leer, o como si me pudiese traer de vuelta al Luca que conocía.
—Eres un maldito imbécil… —susurré con la voz estrangulada, completamente rota.
Lo era.
Porque seguía creyendo que podía decidir por mí, pensando que mi vida existía sin tenerle a él conmigo. Negué con la cabeza, llevándome la mano a la boca para contener el sollozo que ya me estaba rompiendo por dentro.
No, no iba a irme, no ahora. En realidad, no me marcharía nunca.
Doblé la carta con cuidado esta vez, como si fuese algo frágil, como si dentro de ese papel estuviese su corazón, y todo lo que quedaba de él.
Y salí.
Porque solo había un lugar en el que quería esta.
Los pasillos parecían más largos que antes, más fríos y silenciosos. Aquello había dejado de ser un hogar para convertirse en un edificio cualquiera. Había perdido toda esa calidez, incluso era como si las flores de la entrada se hubiesen marchitado por su falta en un tiempo récord.
Cuando llegué, nadie me detuvo. Tal vez porque vieron mi cara y entendieron que no podían hacerlo.
Empujé la puerta y lo vi. El aire se me quedó atrapado en los pulmones. Allí estaba, habían trasladado un equipo de élite al palazzo con todas las máquinas que necesitaban para mantenerlo con vida. Tenía la piel pálida, y su respiración era demasiado pausada.
—Luca…
Mi voz no fue más que un susurro estrangulado.
Me acerqué despacio, como si temiera que desapareciera si lo hacía demasiado rápido, y cuando llegué a su lado… me derrumbé.
Tomé su mano con cuidado, como si pudiera romperse, y las lágrimas comenzaron a emanar de mis ojos, llenas de un dolor que ni siquiera podía describir.
—No me pienso ir —murmuré, inclinándome hacia adelante—. ¿Me oyes? No voy a irme a ningún sitio.
Las pequeñas gotas comenzaron a caer sobre su piel, bañándolo con mi pesar, el mismo que me tenía rota por dentro.
—Así que más te vale abrir los ojos —añadí, apretando su mano—. Porque no pienso dejar que decidas esto por mí.