La obsesión del jefe 53
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Eve

No recuerdo haber llegado, solo que mis piernas no se detuvieron hasta plantarme frente a la enfermería, con el corazón golpeándome el pecho con una violencia que dolía más que cualquier herida.

—Déjame pasar —exigí.

Mi voz no sonó fuerte, pero tampoco tembló, como si esa Eve que había apretado el gatillo continuase ahí, con el escudo alzado.

El hombre que custodiaba la puerta negó sin siquiera mirarme a los ojos.

—No es posible —me informó—. Está inestable.

Inestable.

La palabra se clavó en lo más profundo de mi pecho, arrastrándose por mi interior como si estuviera anunciando lo inevitable.

—He dicho que me dejes pasar —insistí, esta vez más cerca, invadiendo su espacio.

No se movió.

—Los médicos están trabajando, si alguien entra…

—Se muere —le corté.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente como para que entendiera que no iba a ceder. Apreté los dientes, no iba a suplicarle, no allí, no delante de nadie.

Retrocedí un paso, y luego otro. Porque si entraba, si lo veía… y no respiraba, no iba a salir de allí siendo la misma. Nunca más.

Me giré sin decir nada, recorriendo el pasillo con una rigidez que no era mía, notando cómo todo dentro de mí se sostenía por puro instinto.

Entonces, me encontré al doctor de confianza de Luca, el mismo que vino a verme al apartamento seguro. Lo tomé por el brazo, sujetándolo para que no avanzase.

—Quiero que lo mantengáis con vida —le ordené—. A Giovanni.

Asintió en silencio.

—Obviamente no tengo que decirte que quiero lo mismo para Luca —añadí, fijando la mirada en la suya—, cueste lo que cueste.

—Lo haré.

Continué caminando, porque si me detenía, si pensaba un solo segundo más en lo que había hecho me rompería allí mismo.

El palazzo no era el mismo que de costumbre, no después de lo que había pasado.

Había hombres en cada esquina, en cada pasillo y punto ciego que antes ni siquiera sabía que existía. Armas preparadas, comunicaciones activas, miradas tensas… Dante lo había cubierto todo.

La entrada, la salida y cada posible agujero por el que pudiera colarse el enemigo era una fortaleza, y en el centro de todo estaba él, el maldito italiano que me había hecho perder la cordura.

Respiré hondo.

Error.

El aire se me atascó igual que antes, como si mi propio cuerpo rechazara seguir funcionando con normalidad sin él.

—Ve a dormir.

La voz llegó desde atrás, y no me hizo falta girarme para saber quién era, pero, aun así, lo hice. Valentino estaba apoyado contra la pared, con el hombro vendado, la camiseta manchada de sangre seca y la mirada… distinta.

Más limpia y más cansada.

—No puedo —respondí.

Ni siquiera lo intenté.

—Sí puedes —replicó, poniéndose de pie—. No vas a servirle de nada así.

Negué despacio.

—No voy a dejarle solo —aseguré.

—No lo está.

Sus palabras fueron firmes.

—Nunca lo ha estado —añadió, bajando la voz—. Ni siquiera cuando tú no estabas.

Eso me dolió, porque era verdad, porque yo había llegado tarde, y porque siempre parecía hacerlo. Bajé la mirada, notando cómo algo dentro de mí se tensaba de nuevo, esta vez de una manera más profunda y agonizante.

—Has sido valiente —dijo entonces.

Solté una risa sin gracia.

—No sabes de lo que hablas.

—Claro que lo sé —replicó—. Te he visto muchas veces, Eve —aseguró—. Llevo toda mi vida rodeado de monstruos como mi padre, queriendo ser como ellos por puro ego.

Alcé la mirada.

—Y hoy… —continuó—. Tú has sido como ellos, pero lo has hecho por necesidad, no por gusto.

—No era eso lo que quería ser —murmuré.

—Nadie lo quiere —respondió—. Pero a veces es lo único que te mantiene con vida.

Silencio.

El pasado volvía, incómodo, pero más real que nunca.

—El pasado no cambia —añadió después—. Pero lo que hagas con él… eso sí importa.

Le observé unos segundos más, intentando encontrar algo, cualquier cosa, algo que me dijera que no era tan mala persona como ellos.

Pero no lo encontré.

—Vete a dormir, Eve —insistió—. Mañana lo vas a necesitar.

No respondí, pero esta vez, asentí.

Porque sabía que, si me quedaba un minuto más en ese pasillo, iba a derrumbarme delante de todos, y no iba a permitirlo.

Entré en la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta a mi espalda, y por un momento me quedé quieta, sintiendo cómo el silencio caía sobre mí como una losa.

Me di una ducha, y al salir, por primera vez desde que habíamos llegado al búnker, me vi reflejada en el espejo del baño. Estaba paralizada, observándome, sintiendo como si una sombra negra saliese por mi espalda para engullirme despacio, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Tragué saliva, enfrentándome a la imagen de mí misma, esa en la que no lograba identificarme.

¿Y si no volvía a ser la Eve de siempre?

Mis manos estaban manchadas de sangre, igual que las de todos los malnacidos a los que tanto odiaba. Me había vuelto como ellos, era una necia, una hipócrita que no merecía perdón.

Un nudo se creó en mi garganta, haciendo que apenas pudiera respirar. El estómago se me revolvió y unas incipientes náuseas me sacudieron, provocando que me doblase sobre mi propio cuerpo de la angustia.

Caí de rodillas frente al váter, dejando que todo saliera de golpe, con violencia, con esa desesperación que me carcomía por dentro, como si mi propio cuerpo intentara expulsar algo que no tenía forma de sacar de mí.

Respiré a trompicones, sintiendo un profundo dolor en el pecho.

Me incorporé como pude, apoyándome en el lavabo, con las manos temblando, el pecho subiendo y bajando sin control, y el corazón retumbando en mis oídos.

Me llevé la mano a la boca, intentando limpiar lo poco que quedaba en ella. Pero de nada sirvió, ya que esa sensación no desaparecía.

Cerré los ojos y a mi mente vino Giovanni, tirado en el suelo, observándome con esos ojos vacíos, mientras se desangraba lentamente. Negué con la cabeza, intentando alejar esos pensamientos.

El pecho se me cerró con más presión, como si alguien estuviera apretando desde dentro, arrancándome cada bocanada a la fuerza.

—¿Qué has hecho, Eve? —susurré.

Mi voz se rompió antes de terminar.

Las lágrimas llegaron después, al principio lentas, pero después imparables. Me cubrí el rostro, aunque no sirvió de nada, porque no podía esconderme de mí misma.

Esta vez… no había salida.