La obsesión del jefe 52
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Eve

Todo ocurría demasiado deprisa.

El mundo a mi alrededor se había convertido en ruido, fuego y cuerpos moviéndose sin control, como si alguien hubiese roto la realidad en mil pedazos y yo fuese incapaz de recoger ninguno.

—Se acerca un puto ejército —anunció uno de los hombres de Dante.

El aviso cayó como una sentencia, pero no reaccioné, no podía.

Mi cuerpo seguía allí, pero mi mente no.

—No les servirá de nada. —Escuché a lo lejos.

Las explosiones, las órdenes, los pasos… todo empezó a sonar amortiguado, lejano, como si estuviese bajo el agua.

—¡Vamos! —La voz de Alessia me atravesó—. No hay tiempo que perder.

Noté su mano agarrándome del brazo con fuerza, pero no me moví, no podía. El aire dejó de entrar en mis pulmones, el pecho se me cerró de golpe, como si algo invisible me lo aplastara desde dentro, y por más que intentase respirar… no lo conseguía.

—Mírame —ordenó Alessia, colocándose frente a mí—. Mírame, joder.

No la veía, en realidad no veía absolutamente nada.

Solo escuchaba el latir de mi propio corazón, que me golpeaba desbocado por dentro hasta hacerme daño.

—¡O te mueves o te pego un tiro aquí mismo! —rugió ella.

El mundo volvió de golpe, y el aire me entró a trompicones.

Uno.

Dos.

Y entonces, mis piernas reaccionaron, cimbreantes, inestables, como si no me pertenecieran.

No recuerdo en qué momento Dante me agarró, solo sentí cómo mi cuerpo se elevaba del suelo sin esfuerzo, como si no pesara nada, mientras todo seguía ardiendo a nuestro alrededor.

Salimos de la casa.

El impacto del aire frío me golpeó de lleno, pero no fue suficiente para despejarme de todo. Me dejó junto a la camioneta, y durante unos segundos solo pude inclinarme hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas mientras intentaba calmarme.

Caminé un poco, alejándome del agujero, queriendo despejarme. El aire entraba, pero no se quedaba. Me apoyé en uno de los árboles más cercanos a mí, y cerré los ojos.

—Vaya, vaya… —dijo alguien delante de mí.

La voz me atravesó como un cuchillo. Alcé la cabeza despacio y entones lo vi, uno de los hombres de Giovanni. Me observó como si me reconociera, como si me hubiera visto en cientos de ocasiones, y entonces sonrió.

—La putita del jefe…

El mundo se detuvo, el aire volvió a desaparecer y algo se tensó en mi interior.

—¿Ahora juegas a ser la mala? —añadió, avanzando un paso—. No te pega…

En un acto reflejo, agarré con fuerza la pistola que llevaba colgada al chaleco, y apunté al hombre que había frente a mí.

Las manos me temblaban, ni siquiera era capaz de aguantar el arma con firmeza. Pero no permitiría que ese desgraciado se pasase conmigo.

—Podría enseñarte otra vez cuál es tu sitio —continuó, con esa voz asquerosa que me arrastraba directamente al pasado—. Seguro que sigues siendo igual de obediente.

No.

No otra vez.

No iba a volver ahí.

No iba a dejar que nadie volviera a tocarme.

Noté cómo algo dentro de mí se rompía, solo que esta vez fue distinto, más frío y oscuro.

—Que te jodan —escupí con rabia.

Y apreté el gatillo.

El disparo retumbó en el aire.

Uno.

Dos.

Tres.

No me detuve.

Seguí disparando, una y otra vez, viendo cómo su cuerpo retrocedía, cómo la sangre salpicaba, cómo se caía… pero no fue suficiente.

No lo era.

Me acerqué.

Disparé más, hasta que el cargador quedó vacío, y de repente, el silencio llegó de golpe, pesado, irreal.

El cuerpo yacía en el suelo, destrozado, irreconocible, y entonces lo sentí, el temblor y la respiración descontrolada tomando el control de mi ser, pero no solo eso el vacío lo asoló todo.

—¡Eve! —La voz de Dante rompió el momento.

No reaccioné, no podía. Lo único que me permitía mi estado de shock era observar lo que acababa de hacer.

—Joder… —murmuró al llegar a mi lado.

Me quitó el arma de las manos, pero yo ni siquiera opuse resistencia, porque ya no quedaba nada.

—Ya está —añadió.

Tiró de mi mano para cobijarme entre sus brazos, pegándome a su pecho.

Las amargas lágrimas volvieron a hacer acto de presencia, inundando mis ojos.

Un fuerte hipido se escapó de entre mis labios, quería ser fuerte, de verdad que lo deseaba…

pero aquello era tan duro que no era capaz de soportarle.

Dejé ir un profundo alarido que me desgarró la garganta sin que pudiese hacer nada por evitarlo, siendo consciente de lo que acababa de pasar.

—Está todo bien —aseguró, acariciando mi cabello.

Lloré desconsolada, sintiéndome la peor persona del mundo. Sabía que lo que acababa de hacer no estaba bien, pero me negaba a claudicar, a permitir que me arrastrasen de nuevo. Se había convertido en una cuestión de morir o matar, y no iba a dejar que nadie me pusiera las manos encima.

—Y-yo… —balbuceé, cuando me aparté de su pecho, percatándome de que le había empapado la ropa.

—No te preocupes, piccola —respondió, dibujando una dulce y compasiva mueca en sus labios, utilizando ese apelativo cariñoso con el que solo me llamaba Luca—, te juro por mi vida que saldremos de esta, ¿vale?

—Asentí, notando como las gotas apenas me dejaban ver—.

Vas a estar bien, no permitiré que nadie te toque.

Aquellas últimas palabras se me antojaron una promesa, y cuando alcé la mirada, supe que iba en serio y que sería para siempre.