La obsesión del jefe 51
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Eve

El suelo dejó de ser firme bajo mis pies en el instante en el que la explosión lo sacudió todo, y por un momento mi único instinto fue intentar cubrir a Luca, como si aquello pudiera protegerle de algo que ya hacía mucho que le mataba.

Todo se vino abajo.

El estruendo me atravesó por dentro, dejándome aturdida, sin aire, con un pitido constante clavándose en mis oídos mientras la casona se convertía en humo, escombros y polvo.

Cuando me alcé, noté la humedad en el vestido, la forma en la que se pegaba a mi vientre, y luego esa mancha roja. El corazón se me detuvo cuando me percaté de que Luca apenas era capaz de mantener los ojos abiertos.

—Luca… —balbuceé, posando mis manos a ambos lados de su rostro.

La sangre no dejaba de emanar, a pesar de que Valentino ya se había quitado su camiseta y no dejaba de apretar. El corazón me latía con tanta velocidad que apenas podía pensar con claridad, solo podía mirar la ropa empapada, la forma en la que su sangre se extendía por mi vestido.

—Luca… mírame —supliqué mediante un hilo de voz, sintiendo cómo iba rompiéndome poco a poco mientras las lágrimas caían sin control sobre su piel—. Mi ángel de la guarda —susurré, sintiendo cómo apenas podía escucharme a mí misma.

—Piccola —musitó con los labios manchados.

—No te vayas —lloriqueé contra su pecho.

Su corazón latía tan despacio que apenas podía oírlo.

El pánico me devoró por dentro.

El pitido continuaba sonando, impidiéndome escuchar nada más, hasta que unas sombras comenzaron a moverse dentro del humo, figuras armadas atravesando el agujero que había dejado la explosión.

Un equipo.

Quince personas perfectamente coordinadas, tomando posiciones en cuestión de segundos, y entre ellos, Dante y Alessia.

Los reconocí al instante, incluso bajo el casco, rodeada de caos.

Ella se abalanzó sobre mí sin dudarlo, agachándose a mi lado.

—¿Estás bien? —preguntó, recorriéndome con la mirada, evaluando daños.

Negué de inmediato, señalando a Luca.

—Él… —La voz me falló—. Él…

No hizo falta que terminase la frase, porque cuatro personas más ya estaban junto a él, presionando sus heridas y evaluando su estado mientras Valentino no se apartaba ni un solo segundo de su hermano, cubierto de sangre y con la mirada perdida.

—Sácalo de aquí —ordenó Dante con voz firme, mientras los Romanov se ocupaban de vigilar el perímetro.

Todo se movía demasiado rápido, tanto que apenas podía procesar todo lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor.

Alessia volvió a mirarme, esta vez con más intensidad.

—¿Te ha hecho algo? —preguntó, desviando un segundo la mirada hacia Valentino.

Negué con fuerza, sintiendo cómo algo dentro de mí se tensaba.

—No —respondí, sin dudar—. Gracias a él seguimos vivos.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente como para ver que estaba asimilando lo que acababa de decirle.

—Tenemos que salir —ordenó alguien a nuestra espalda.

Unas manos firmes me sujetaron por los hombros, obligándome a ponerme en pie mientras el mundo seguía en guerra, tambaleándose bajo mis pies.

—Póntelo —me indicó Alessia, colocándome un chaleco antibalas, sin darme opción a negarme.

La tela áspera se ajustó sobre el vestido blanco, manchándolo todo aún más, como si la pureza que había intentado aparentar ya no tuviera ningún sentido. Y en cierto modo, no lo tenía.

Mis ojos volvieron a buscarle. Lo colocaron sobre una camilla improvisada, y le pusieron una mascarilla de oxígeno mientras no dejaban de presionar su herida.

Una parte de mí quiso ir con él, desaparecer, pero aún no podía.

Giré la cabeza y lo vi.

Giovanni.

Tendido en el suelo, con la sangre empapando todo a su alrededor, intentando mantenerse consciente, aferrándose a la vida como lo había hecho siempre: con uñas y dientes.

Di un paso hacia él, y nadie me detuvo, porque entendieron que aquello no había terminado. Me arrodillé a su lado, ignorando el caos a nuestro alrededor, ignorando las voces, los pasos, las órdenes.

Solo estábamos él y yo.

Otra vez.

Incliné ligeramente la cabeza, observándole mientras su respiración se volvía irregular, rota.

—Mírate… —murmuré, dejando que una mueca se dibujara en mis labios—. Tan poderoso… y, aun así, acabas en el suelo.

Intentó hablar, pero no pudo.

La sangre le llenó la boca, y me acerqué un poco más, lo suficiente como para que solo él pudiera escucharme.

—No te voy a dejar morir —susurré, con una calma que no sentía—. No así.

Sus ojos se clavaron en los míos, y por primera vez, vi algo. No era miedo, era algo mucho peor: comprensión.

—No te has ganado una muerte rápida —continué, rozando su oído con mis labios—. Lo que tú mereces es algo mucho más agonizante, pero no seré yo quien lo decida —Hice una pausa—, hay alguien a quien le debes mucho.

Me incorporé despacio, limpiándome las manos en el vestido, sin apartar la mirada de él.

—Que se lo lleven —ordené con firmeza.

El silencio que siguió fue distinto, pesado y decisivo. Porque ya no era una víctima.

Ya no.

—Lo quiero con vida —sentencié.