50
Luca
Podía notar cómo mis manos temblaban sin control, cómo el corazón me golpeaba el pecho con una fuerza ensordecedora, tanto que durante unos segundos fui incapaz de escuchar nada más allá de ese latido salvaje que mantenía en pie.
La epinefrina continuaba corriendo por mis venas, empujándome hacia delante, manteniéndome en ese límite peligroso entre el control y la locura.
Estaba ansioso, y por primera vez en mucho tiempo, también aterrado.
Sobre todo porque no sabía lo que iba a encontrar al otro lado de esa puerta.
—Uno a las cinco, otro a las siete —murmuró Valentino, antes de empezar a subir las escaleras.
Asentí, cogiendo aire con dificultad mientras le seguía, dejando que el cuerpo reaccionara por puro instinto.
No hizo falta decir nada más. Giramos al mismo tiempo, sincronizados como si lo hubiésemos hecho mil veces, y dos disparos silenciados acabaron con los hombres que custodiaban la entrada antes de que pudieran reaccionar.
Silencio.
Un tercero apareció por el pasillo, y no lo dudé.
Me escondí lo justo, esperando el momento exacto, y cuando sus pasos quedaron a mi altura, salí como impedido por un resorte, golpeándole la garganta con tal fuerza que el aire dejó de entrar en sus pulmones.
Se dobló sobre sí mismo, intentando respirar, desesperado, y algo dentro de mí… disfrutó.
Sonreí ladino.
Le propiné una patada en el pecho que lo lanzó contra el suelo, y antes de que pudiera reaccionar de ninguna de las maneras, ya estaba sobre él, golpeándole con los puños sin control, golpe tras golpe, sintiendo cómo la sangre me salpicaba, cómo su cara dejaba de ser un rostro para convertirse en una masa irreconocible.
No podía parar.
No quería.
—Luca.
Mi nombre llegó a mí como un eco lejano. Una mano se posó sobre mi hombro.
Valentino. Entonces volví a la realidad. Bajé la mirada, el cuerpo ya no se movía, no respiraba, tenía las manos y el rostro cubiertos de sangre.
Respiré hondo, notando cómo algo dentro de mí se tensaba, cómo ese borde al que me estaba asomando cada vez era más fácil de cruzar.
—Vámonos —murmuró.
Asentí, pasándome una mano por el cabello, dejando un rastro oscuro en mi frente.
Había perdido el control.
Otra vez.
Y eso me acercaba demasiado a él, a mi padre.
—Tenemos que darnos prisa —añadí, obligándome a avanzar.
El tiempo se agotaba, y el efecto de la droga no duraría mucho más, y necesitaba llegar hasta Eve antes de que todo se fuera a la mierda.
Bajaron cuatro más, disparamos sin pensar, ellos también, y entonces… Un dolor penetrante me atrapó.
Un disparo me alcanzó en el hombro, haciéndome gruñir mientras el cuerpo se me tensaba en un acto reflejo. El dolor estaba ahí, pero amortiguado, lejano, como si no fuese del todo real.
Apreté la herida con fuerza, notando cómo la sangre empezaba a deslizarse por mi brazo, caliente, espesa.
—¿Estás bien? —preguntó Valentino, agachándose a mi lado.
Asentí.
Obviamente había mentido, pero eso no importaba.
Me asomé lo justo, y devolví el disparo, metiéndole una bala entre ceja y ceja al cabrón que acababa de herirme.
—A tomar por culo —mascullé.
—Ocúpate del otro —indicó.
No respondí, porque ya me estaba moviendo.
Cubriéndome con la columna más cercana, notando cómo la adrenalina me empujaba hacia delante como si el cuerpo no tuviera límites.
—Intrusos en la casa. —Escuché por el walkie.
Sonreí.
Llegaban tarde.
—Dos más en la entrada norte —le indiqué a Valentino.
Asintió y lanzó una bomba de humo sin perder tiempo, desapareciendo entre la niebla para limpiar la zona lo más rápido posible.
Éramos dos contra el mundo, y, aun así, iba a entrar ahí.
Cambié el cargador, asegurando el arma, y le hice un gesto. Él me lo devolvió, indicándome que estaba preparado.
Entonces lo escuché.
Un grito.
Eve.
El mundo se detuvo. El corazón se me disparó hasta hacerme daño, el aire dejó de entrar con normalidad y todo dentro de mí gritó una sola cosa: corre.
—Solo queda uno —dijo Valentino.
Asentí, señalando la puerta.
Un paso tras otro, solo tenía que dar diez más, pero la sangre no dejaba de resbalar por mi pecho, descendiendo por la tela de mis pantalones. Las piernas me fallaron, un traspié, un error… El guardia restante reaccionó antes de lo que debería.
Disparó.
El impacto me atravesó el abdomen como un hierro al rojo vivo. El grito me salió solo, desgarrándome la garganta mientras el cuerpo se me doblaba.
—¡Joder! —escupí.
Valentino me sostuvo, pasando un brazo por debajo del mío, arrastrándome hacia la puerta mientras la sangre empezaba a empapar toda la ropa, cayendo en cascada.
—Aguanta —ordenó.
No tenía elección, ya no había vuelta atrás.
La puerta cedió de un golpe. Entramos y la busqué desesperado, pero no la vi.
El corazón me dio un latigazo brutal, tan fuerte que por un instante pensé que se me pararía allí mismo.
—¡Le han herido! —rugió Valentino, cerrando como pudo.
Mis piernas ya no respondían, el cuerpo comenzaba a rendirse, apenas podía distinguir nada, cuando de repente… La vi.
Ella.
Eve.
Corriendo hacia mí.
El mundo volvió a encajarse para mí.
Una sonrisa rota se dibujó en mis labios mientras el cuerpo cedía por completo, haciendo que cayese al suelo como un maldito peso muerto.
Ya no podía sostenerme, no podía luchar más, pero daba igual. Ella estaba bien, y era lo único que necesitaba saber.
Sentí sus manos, su voz… Temblaba.
—¿Qué… qué le ha pasado? —balbuceó, rota.
—He ido a por él… —empezó a decir Valentino.
No lo escuché terminar la frase, mis ojos se cerraban, la oscuridad tiraba de mí hacia abajo, pero aún la sentía cerca.
—Luca… mírame —suplicó, sosteniendo mi rostro—. Por favor…
No podía mirarle, pero sí sentía sus lágrimas cayendo sobre mi piel.
—Presiona la herida —le ordenó Eve a Valentino, y sentí el orgullo latir en mi pecho—. ¡Presiónala! —vociferó.
Noté la fuerza en mi abdomen, el dolor atravesándome de pies a cabeza, arrancándome un alarido que retumbó en toda la estancia.
—Luca… —lloriqueó—. Mírame… por favor…
Hice un esfuerzo, el último que me quedaba.
—Siempre… —susurré, sin aire—, la única vas a ser tú, toda mi puta vida.
El mundo tembló bajo nuestros pies, una fuerte explosión, estalló la pared en mil pedazos.
Nos habíamos quedado sin tiempo.