49
Luca
Abrir los ojos fue como arrastrar el infierno conmigo.
La luz me golpeó de frente, atravesando la sangre que se había secado en mis pestañas, obligándome a entrecerrarlos mientras intentaba enfocar algo que no terminaba de encajar en mi cabeza.
El dolor llegó después.
Pesado y profundo.
Instalándose en mis huesos, en cada músculo, como si mi cuerpo entero hubiese sido machacado hasta el punto de que no podía reconocerlo como propio.
Respiré hondo.
Error.
El aire me quemó los pulmones, arrastrando consigo el sabor metálico que ya se había vuelto permanente en mi boca.
Parpadeé, una y otra vez, y entonces lo vi.
Cinco cuerpos.
Tirados en el suelo, desordenados, rígidos, con la sangre extendiéndose bajo ellos como una mancha oscura que lo cubría todo.
El silencio era espeso, casi antinatural, como el previo a una tormenta.
Un gruñido se me escapó en el momento en el que las cadenas rozaron de mis muñecas enrojecidas.
Mi mente tardó un segundo más en procesarlo.
Tal vez dos, hasta que una figura se movió frente a mí.
Valentino. Estaba de pie y cubierto de una sangre que no era suya, con la respiración entrecortada, pero entero.
Antes de que pudiera decir nada, una fuerte arcada subió hasta mi garganta y acabé vomitando frente a él, salpicándole los zapatos.
—Vaya forma de despertar —murmuró, sin rastro de humor.
Fruncí el ceño, intentando mantenerme en pie, pero mi cuerpo no respondió como debería.
—¿Qué cojones…? —La voz me salió rota, irreconocible.
Valentino no se acercó de inmediato, se tomó su tiempo, como si necesitara asegurarse de que realmente estaba consciente, de que podía seguir el ritmo de lo que estaba a punto de decirme.
El disparo rompió el silencio con un chasquido seco, y en el mismo instante sentí cómo la presión desaparecía de golpe.
Las cadenas dejaron de sujetarme, y mi cuerpo cayó de bruces al suelo con un golpe sordo que me arrancó el aire de los pulmones. Durante unos segundos solo podía respirar, o mejor dicho, intentarlo, ya que el pecho me ardía con cada bocanada, como si tuviera cristales clavados por dentro.
—¿Dónde está? —pregunté con la voz rota, sin levantar la mirada.
—He conseguido burlar la seguridad —respondió Valentino, firme, controlado—. He entrado en su habitación y he hecho todo lo que me pediste.
El corazón me golpeó con fuerza contra las costillas.
Eve.
Seguía en juego, y eso era lo único que me importaba.
Intenté ponerme en pie, pero las piernas me fallaron al instante, obligándome a apoyarme contra la pared más cercana mientras el mundo volvía a tambalearse bajo mis pies.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero si algo tenía claro era que no iba a permitir que aquello hubiese sido en vano.
Alcé la vista hacia el reloj que colgaba torcido en la pared, entornando los ojos para poder enfocar las agujas.
Habían pasado más de diez horas, y Dante ya estaba despierto, Andrei tendría que estar moviendo las fichas y eso significaba que no estábamos del todo solos, que existía un margen para salir de allí.
Valentino se acercó, tendiéndome la mano sin decir nada, consciente de que en ese estado no iba a poder llegar ni a la puerta por mí mismo.
La cabeza me dio vueltas al incorporarme, y sentí la sangre seca tirando de mi piel al tensarse, recordándome cada golpe, cada corte y cada segundo que había pasado colgado como un animal.
—¿Cuántos hay? —pregunté, apoyando el peso en él mientras avanzábamos.
—Unos diez —respondió sin dudar.
Antes de que pudiera contestar, escuché como unos pasos lentos descendían por las escaleras con ese rechinar de la madera vieja.
Le hice un gesto rápido.
Silencio.
Un segundo después, Valentino disparó.
El cuerpo cayó rodando por los escalones, golpeando cada peldaño hasta quedar inmóvil a nuestros pies.
—Tenemos que movernos —me instó.
Se agachó junto al cadáver, y rebuscó en su chaqueta con rapidez, sacando una pistola con silenciador idéntica a la suya, limpia y lista para usar.
Me acerqué como pude, obligándome a agacharme a pesar del maldito dolor que me atravesó las costillas. El aire se me escapó de golpe.
Apoyé una mano contra la pared, cerrando los ojos un instante mientras contenía el alarido que me subía por la garganta. No podía permitirme gritar, no con ella ahí dentro.
Me pasé una mano por el pelo, apartando la sangre que se había secado en mi frente mientras intentaba concentrarme, ordenar los pensamientos que se me escapaban en todas direcciones.
¿Cómo demonios iba a sacarla de allí así? ¿Cómo iba a llegar hasta ella si apenas podía mantenerme en pie?
Bufé, frustrado.
Y entonces lo sentí. Un maldito pinchazo.
—¡Joder! —bramé, girándome de golpe.
Valentino retiró la jeringa con una calma que no me gustó un pelo.
—Relájate —me instó al mismo tiempo que se llevaba un dedo a los labios—. Es una ayuda.
—¿Qué puta ayuda? —gruñí, notando cómo algo empezaba a activarse dentro de mí.
No tardé en reconocerlo.
El corazón se me aceleró, y la sangre empezó a correr más rápido en mis venas. El dolor se disipó lo justo para no ser incapacitante, y mi mente se despejó de golpe, como si alguien hubiese abierto un ventanal en mitad del caos.
Epinefrina, o algo muy parecido.
—No durará mucho —añadió—. Así que más te vale aprovecharlo.
Asentí, no había espacio para dudas.
—¿Se han tragado que estás con ellos? —pregunté mientras avanzábamos hacia las escaleras.
—De momento, sí.
Sin previo aviso, me agarró del cuello con brusquedad, empujándome hacia adelante con violencia.
—Camina —espetó en voz alta y de mala manera—. No hagas que te arrastre.
Apreté la mandíbula.
—Suéltame o te vuelo los huevos —bisbiseé entre dientes.
No me hizo ni caso, subimos los primeros escalones y entonces los vi. Cuatro hombres, dos en la entrada y dos más vigilando la subida.
—Decías diez —murmuré por lo bajo.
—Sorpresa —respondió.
Llevé las manos a la espalda con naturalidad, localizando el cuchillo que Valentino me acababa de colocar en la cinturilla.
Mi hermano volvió a empujar, esta vez haciéndome caer de rodillas frente a ellos. El golpe me sacudió entero.
—Una más —gruñí— y te mato.
Los guardias se tensaron al instante, intercambiando miradas.
—En su sitio —ordenó Valentino con frialdad, y ellos obedecieron.
Error.
Subimos otro par de escalones, y entonces, sin necesidad de decir nada más, mi cuchillo se hundió en la garganta del primero, antes de que pudiera reaccionar, mientras Valentino se encargaba del otro con un disparo limpio.
Los dos de la entrada apenas tuvieron tiempo de alzar las armas.
Disparamos a la vez, dos cuerpos más.
Silencio.
Recogí munición sin perder tiempo, guardándola con movimientos rápidos, metódicos, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a mezclarse con la urgencia de encontrarla.
Cada segundo contaba, y el tiempo jugaba a nuestra contra.