La obsesión del jefe 48
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Eve

No había salido de la cama en todo el día, ni siquiera en el momento en el que llamaron a la puerta, cuando alguien entró sin permiso y dejó algo sobre la silla, ni cuando escuché cómo se cerraba de nuevo.

Me limité a quedarme allí, hecha un ovillo, con el cuerpo tenso y la mente atrapada en un bucle del que no conseguía salir, como si todo lo que había ocurrido se repitiera una y otra vez sin darme tregua.

Luca.

Su nombre era lo único que se repetía en mi mente como un jodido mantra.

Me dolía en el alma por lo mucho que me importaba. Valentino no había vuelto a decirme si seguía vivo, si había podido escapar o si algo mucho peor le había acontecido. Esa incertidumbre era peor que cualquier golpe.

Me incorporé, sintiendo cómo el silencio se volvía insoportable, arrastrándome hasta el borde de la cama, como si cada movimiento me pesara el doble y mi cuerpo se resistiera a seguir adelante.

Debía hacerlo por él, no por mí.

Entonces lo vi.

Ahí estaba el vestido, blanco, impecable, con la espalda completamente descubierta, cayendo en una tela ligera que parecía demasiado limpia para el lugar en el que se encontraba.

Me levanté despacio, acercándome a él como si tocarlo fuese a hacer real todo lo que llevaba horas intentando olvidar. Contuve el aliento y alargué la mano, lo rocé, y el estómago se me revolvió.

Corrí al baño sin pensarlo, apoyándome en el lavabo justo a tiempo antes de vomitar, dejando que todo lo que llevaba dentro, que era poco, saliera de golpe.

Todo mi cuerpo temblaba cuando alcé la cabeza. El reflejo que me devolvió el espejo no era el mío, al menos no del todo, no la Eve que había permanecido tanto tiempo en el exterior. Había algo roto en mis ojos, algo que ya no podía esconder.

—Tienes media hora.

La voz llegó desde la puerta, seca, sin ganas, como si no fuera más que un objeto al que preparar. Obviamente, no respondí, no podía. Me limité a asentir, aunque ni siquiera sabía si me había visto.

La puerta se cerró y el tiempo empezó a correr.

Cada segundo pesaba más que el anterior, como si me empujara hacia algo inevitable, hacia un final que no sabía cómo enfrentar.

Estaba aterrada. Porque no ver a Valentino significaba que no había margen de error, tampoco sabía si le habían descubierto a él, solo que ahora estaba sola.

Me vestí despacio.

Demasiado.

Como si alargar el momento pudiera retrasar lo que venía después, como si cada segundo más fuera una tregua que no merecía. La tela se deslizó por mi piel con una suavidad que me repugnó, ajustándose a mi cuerpo como si hubiese sido hecho a medida para mí, como si ya supiera lo que iba a pasar.

Cerré los ojos un instante.

Respiré.

No iba a romperme, no allí, no ahora.

Cuando la puerta volvió a abrirse, ya estaba preparada, o eso quería creer, porque lo cierto era que jamás lo estaría.

El hombre que había al otro lado me instó a salir junto a él, y cuando lo hice, sentí su mano en la parte baja de mi espalda, la manera en la que me acompañaba para que no pudiera echarme atrás. En cierto modo, tampoco podía.

Caminamos por un largo pasillo, y por un momento creí que me dirigía a mi condena, a la silla eléctrica o a saber dónde. Porque en ese instante yo ya estaba muerta, y tan solo obedecía las mismas órdenes que ya conocía.

Nos detuvimos frente a dos grandes puertas. El hombre las golpeó, y pude escuchar como alguien nos hacía pasar. Cerré los ojos, sintiendo el latir de mi corazón, cómo intentaba acallar las voces que me atormentaban, mi voz. Una pequeña lágrima se me escapó de los ojos, descendiendo por mi mejilla.

—Pasa.

Antes de que pudiera siquiera pensar, me empujó hacia el interior, y volvió a cerrar las puertas.

Nos encontrábamos en un enorme salón de paredes de caoba, alumbradas por una enorme lámpara de araña y la luz que emanaba de la lumbre que había al final.

Frente a mí, una enorme mesa con diez sillas se erguía repleta de bebida y comida.

Y allí estaba él.

Junto a la chimenea, apoyado sobre el marco de la misma, observando el fuego y con algo en la mano que no supe identificar. Una arcada subió a mi garganta en el instante en el que se giró hacia mí.

—Acércate —me ordenó.

Avancé poco a poco, sintiendo como cada paso que daba me acercaba cada vez más a la muerte.

Las piernas me cimbrearon cuando llegué a él, y en vez de continuar con lo suyo, me tomó por la cintura y estampó sus labios contra los míos.

Me besó con delirio, posesión y rudeza, mientras yo solo podía hacer que permanecer quieta.

—Te he traído un regalo —me informó.

El estómago se me encogió, conocía la brutalidad del líder de los Moretti, hasta dónde era capaz de llegar.

No respondí, no podía.

Dejó caer unas fotografías sobre la mesa, y una parte de mí no quiso mirarlas, pero lo hice, y desearía no haberlo hecho.

El mundo dejó de girar al mismo tiempo que el aire se me atascaba en los pulmones.

Mi madre.

Tirada sobre una cama.

Con la piel marcada, expuesta, convertida en algo que ya no parecía humano, sino una sombra de lo que en algún momento fue.

Sentí como algo dentro de mí se rompía, porque a pesar de no haber sido la mejor madre del mundo, aún la amaba por todo lo que sí había podido darme.

—Eres su viva imagen —murmuró, acercándose un poco más y pasando una de sus manos por mi rostro—. Una versión aún más perfecta.

No me moví, no respiré, ni siquiera reaccioné.

—Y voy a hacer contigo lo que con ella no pude acabar, mi dulce Eve —susurró contra mi oído.

El asco me subió por la garganta, pero no le aparté la mirada, no iba a darle el gusto.

Entonces, de algún lugar, sacó una rosa, pero no una común, sino una Osiria, una rosa única, la misma que nacía en los jardines junto a mi casa. El blanco reluciente contrastaba con el rojo moteado que había sobre sus pétalos.

La cabeza comenzó a darme vueltas, dejándome sin defensas, arrancándome cualquier posibilidad de mantenerme entera. Las amargas lágrimas volvieron a acudir a mis ojos, pero me negaba a dejarlas escapar. No permitiría que ese hombre me viese llorar.

Apreté las muelas, tanto que noté el crujir en lo más profundo de mi cabeza.

El latir de mi corazón se volvió frenético en el instante en el que la voz de Luca volvió a mi mente, pidiéndome que resistiera.

Cerré los ojos, viéndole, recordando esa forma que tenía de observarme.

Solo él me había mirado más allá de lo que era, había encontrado a la pequeña Eve a la que arrancaron de su hogar y le había dado uno, uno en el que sentirse libre y a salvo.

Una pequeña gota descendió por mi rostro.

—Oh, no llores, mi amor —me pidió Giovanni con dramatismo al mismo tiempo que recogía la lágrima.

—No estoy triste —aseguré con toda la firmeza del mundo—. Yo también te he traído un regalo. —Mi voz no tembló, y eso fue lo único que me sostuvo.

Comencé a alzar el vestido, escuchando como un gruñido salía de lo más profundo de su ser, y entonces, sin que se lo pudiera esperar, deslicé la mano con lentitud hasta la liga.

Sentí el metal.

Frío.

Real.

El punzón.

Y por primera vez desde que había cruzado esa puerta, sonreí.

Con un rápido movimiento, agarré el arma y, sin que pudiese esperarlo, se lo clavé en el cuello, empapándome de su propia sangre.

—Púdrete en el infierno, Giovanni.