47
Eve
Tenía las manos cerradas en puños y no fue hasta que Arseni se marchó de la habitación que hablé.
—Eres un puto traidor.
Las palabras salieron antes de que pudiera frenarlas, cargadas de una rabia que me quemaba por dentro desde el mismo instante en el que lo vi aparecer.
No pensé.
No medí.
Lo único que hice fue lanzarme a por él, empujándolo con todas mis fuerzas, golpeándole el pecho, los hombros, intentando hacerle daño aunque supiera que no sería suficiente, aunque supiera que no iba a romper nada de lo que ya estaba más que podrido en su interior.
—¡Nos has vendido! —bramé, sintiendo cómo la voz se me quebraba—. ¡A él, a mí y a todos!
Valentino ni siquiera intentó detenerme al principio, dejó que descargara cada golpe, cada empujón, como si los mereciera, o como si necesitara que lo hiciera.
Hasta que me sujetó, con firmeza, sin brusquedad, pero sin darme opción a que me separase de él.
Mi mente iba tan rápido que no era capaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
¿Cómo había podido escapar Valentino del palazzo?
Había intentado protegerle de Luca, que no lo hiriese más, y, aun así, cuando su padre lo había dejado tirado como un perro, volvía a casa para continuar haciendo lo que mejor se le daba: ser su maldita sombra.
—Escúchame.
—Ni se te ocurra —escupí, intentando zafarme—. No tienes derecho a hablarme, no después de traicionar a tu hermano cuando él solo quería que abrieras los ojos.
—¿A base de palizas?
—Es la única forma que conoces —sentencié.
Me empujó, lo justo para apartarme y lo suficiente como para hacerme perder el equilibrio. Caí de rodillas, y el impacto me sacudió el cuerpo completo. Alcé la mirada, clavándola en la suya, con el odio hirviéndome en las venas.
—Eres igual que él —murmuré—. Igual de asqueroso.
Algo en su expresión se tensó, pero no respondió como esperaba.
Me tomó por el brazo, volviéndome a poner en pie, frente a él.
—Pégame —me ordenó.
Fruncí el ceño, sin entender.
—¿Qué?
—Que me pegues, piccola.
El aire se me quedó atascado en los pulmones.
Ese nombre.
Ese tono.
Por un segundo dejé de ver a Valentino y vi a Luca, y eso fue peor.
—No me llames así —bisbiseé, sintiendo cómo algo dentro de mí se resquebrajaba.
—Hazlo —insistió, acercándose un paso más—. Descarga todo lo que tengas.
Negué, pero la rabia ya estaba ahí bajo mi piel, gritándome que lo hiciera, que le golpease por todo el mal que había provocado en mi vida y en la de su hermano por haber sido la mano ejecutora de su padre.
Le golpeé, lo hice con toda la rabia del mundo.
Una vez.
Otra.
Hasta que el dolor en los nudillos fue lo suficientemente fuerte como para frenarme. Mi respiración se había vuelto agitada, el pecho me subía y bajaba de forma descontrolada.
Valentino no se movió, ni siquiera alzó las manos para protegerse.
—¿Ya? —murmuró.
—¿Cómo has salido del palazzo y has venido? —pregunté, ignorando lo que acababa de decirme, con la voz aún temblorosa.
—No he salido —me corrigió con calma—, me han dejado salir.
Parpadeé sin comprender nada, sintiendo cómo el aire dejaba de entrar en mis pulmones. Todo el mundo comenzó a dar vueltas al recordar lo que me había dicho Giovanni.
—He venido con Luca —añadió.
—¿Q-que…? —balbuceé.
—Está aquí —añadió, bajando la voz—. Y si todo sale bien nos vamos mañana por la noche.
Mi estómago se encogió de golpe.
—Eso es imposible —negué—. Tu padre…
—Lo sé —me cortó—. Por eso tienes que hacer exactamente lo que te diga.
El miedo se hizo más real y más fuerte.
—¿Está bien? —Quise saber, sin poder evitarlo.
Valentino sostuvo mi mirada unos segundos.
—Sigue vivo.
No era la respuesta que necesitaba, pero fue la única que obtuve.
Se acercó a mí, despacio, vigilando de reojo la puerta, midiendo cada segundo como si el tiempo se estuviera acabando. Pude ver las intenciones en su mirada.
—Necesito que confíes en mí —murmuró.
Solté una risa amarga.
—¿Después de todo esto?
—No tienes otra opción —aseguró.
Y no, no la tenía. Lo único que podía mantener a Luca con vida era él, así que una vez más me iba a tocar callar.
Se metió la mano en el interior de su chaqueta, y sacó un pequeño dispositivo. Por suerte, él quedaba de espaldas a la cámara, por lo que intenté no parecer sorprendida ante lo que me enseñaba.
—Esto es un transmisor —explicó en voz baja—. Cámara, micro y localizador.
Mi piel se erizó en el instante en el que una de sus manos se alzó para acariciarme el rostro, fingiendo un delirio que no sentía.
—Andrei y el equipo están al mando —añadió.
Tragué saliva, intentando procesarlo todo, pero era demasiada información como para conseguirlo.
—¿Qué tengo que hacer? —cuestioné.
Sus ojos se endurecieron lo suficiente como para saber que lo que iba a decirme no me gustaría un pelo.
—Resistirte —sentenció.
—¿Qué?
Antes de que pudiera decir nada más, Valentino se lanzó a mi boca, pude notar sus manos volando sobre mi cuerpo, y entonces, un susurro.
—Oponte —insistió—. Lucha, grita… que parezca real.
Forcejeé con toda la fuerza que pude, y lo sentí. El frío del metal. Un collar colocándose alrededor de mi cuello.
Mi respiración se aceleró al instante.
Le agarré de los hombros intentando apartarle. Una lágrima descendió por mi mejilla, porque a mi mente solo vinieron las decenas de veces en las que Arseni se había colado en mi habitación, en las que me había resistido para que no me violase.
—Es la única forma —susurró—, estarás bien.
Asentí, aunque no estaba lista, a pesar de que una parte de mí moría cada vez que un recuerdo acudía a mi mente.
Sin que me lo esperase, Valentino me tomó en volandas, colocándome sobre la cama, provocando que un grito de sorpresa se me escapara. Mis ojos se llenaron de lágrimas, empapando mi rostro.
—Por favor… —supliqué.
—Tranquila.
No lo estaba. ¿Cómo iba a confiar en un hombre que se había pasado toda la vida a la sombra de alguien tan despreciable como Giovanni? Ahogué un quejido cuando sentí cómo sus manos se deslizaban por mis piernas.
—Un punzón —me explicó—, te lo estoy colocando en la liga.
Asentí sin siquiera poder pensar con claridad.
—Tienes que estar preparada.
Las dudas comenzaron a agolparse, el miedo, la incertidumbre, todo volvió de golpe, haciéndome tambalear por dentro. ¿Y si fallábamos? ¿Y si Luca…?
—Va a ir todo bien.
Entonces, alguien golpeó la puerta, haciéndome dar un respingo.
—Tengo que irme —musitó.