46
Luca
El hierro se clavaba en mi piel, y por un instante sentí como iba desgarrándome lentamente.
Las cadenas tensaban mis brazos por encima de la cabeza, obligándome a mantenerme en una posición que ya no distinguía entre castigo y tortura, mientras la sangre descendía lenta por mis sienes, mezclándose con el sudor y el sabor metálico que no abandonaba mi boca.
Pero el dolor ya no importaba, nada lo hacía.
Nada salvo ella.
—¡No la toques! —rugí, desgañitándome, sintiendo como la voz me salía cada vez más rota y áspera—. Maldito hijo de puta… ni se te ocurra tocarla.
Forcejeé contra las cadenas con una violencia que hizo crujir el metal, sintiendo cómo me abría aún más la piel, cómo la sangre empezaba a resbalar por mis brazos, pero no aflojé.
No iba a hacerlo.
No mientras él estuviese respirando.
Me habían golpeado, cortado, azotado, llevado al límite, y, aun así, seguía en pie, sosteniéndome por una única razón.
—¿Dónde ha quedado ese amor y admiración que me tenías, hijo?
—Desapareció en el momento en el que vendiste a tu propia hija —sentencié, escupiéndole a la cara con rabia.
Se acercó con esa calma enferma que siempre lo rodeaba, como si todo aquello no fuese más que un espectáculo creado para su propio disfrute.
—Es hermosa, ¿verdad?
Me impulsé hacia delante, tensando las cadenas al máximo, hasta que el metal se quejó bajo la presión, hasta que nuestras frentes quedaron a apenas unos centímetros.
—Aléjate de ella —bisbiseé entre dientes, cargada de una amenaza que no necesitaba elevarse—. Porque juro que voy a arrancarte la puta polla y haré que te la tragues antes de matarte.
Mi pecho subía y bajaba con violencia, descontrolado, y por primera vez en mucho tiempo, estuve peligrosamente cerca de perder la cabeza por completo.
No por mí, sino por ella.
Sonrió, y eso fue peor que cualquier golpe.
—Ah, ¿sí? —murmuró, ladeando la cabeza con burla—. ¿Y quién te dice que no me la he follado ya?
Algo en mí explotó. Lo sentí.
El hierro crujió cuando tiré de las cadenas con una fuerza que no sabía que tenía, la vena de mi sien palpitó con tanta intensidad que parecía a punto de estallar.
—¿Crees que te tengo miedo, Luca?
Su puño impactó contra mi boca antes de que pudiera responder. Volteé la cara de inmediato, y la sangre volvió a llenar mi boca.
Sonreí, el dolor ya no era nada.
—Como vuelvas a tocarla… —gruñí, alzando la cabeza lentamente para mirarle de nuevo—, te mataré.
Mi padre negó con la cabeza,
—Aunque me arranquéis la piel a tiras… —añadí—. Bajaré al puto infierno si hace falta para encontrarte.
El silencio se tensó, y entonces dijo:
—¿Sabes lo más interesante de todo esto?
Fruncí el ceño, observándole.
—Que sigue siendo igual de obediente que siempre.
***
Unas horas antes, trayecto hacia la casona de Giovanni.
El coche avanzaba por la carretera a toda velocidad, el motor rugiendo bajo mis manos mientras Dante permanecía en silencio a mi lado, con esa tensión contenida que solo aparecía cuando sabía que algo no encajaba.
—Vamos a llegar tarde —murmuró.
No respondí, porque ya lo sabía, porque llevaba sintiéndolo desde hacía kilómetros.
Desvié la mirada un segundo hacia él, lo justo para comprobar que seguía alerta y volví a la carretera mientras metía la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Tranquilo —murmuré— Llegaremos.
Miré la dirección GPS, quedaban quince minutos para llegar, Eve llevaba más de veinticuatro horas desaparecida.
Apreté el volante entre mis dedos con tanta fuerza que noté cómo mis nudillos se emblanquecían.
—Vamos a llegar —repetí, y entonces, dejé que la aguja se adentrase en su cuello antes de que pudiera reaccionar.
Su cuerpo se tensó.
Un segundo.
Dos.
—¿Qué coj…?
No terminó la frase, se desplomó en el asiento del copiloto, y el silencio llenó el coche.
—Lo siento —susurré, sin apartar la vista de la carretera.
Reduje la velocidad hasta detener el vehículo a un lado, inclinándome para comprobar su pulso. Estable, respiraba, y eso era suficiente.
Me incorporé despacio, apoyando la cabeza contra el respaldo durante un segundo, dejando que el peso de lo que acababa de hacer se asentara en mi mente. No quería ni siquiera imaginarme lo que diría en el momento en el que despertase.
Encendí el intercomunicador, llevándome una mano al oído.
—¿Va todo bien? —Oí como me preguntaba Andrei.
—Mantente alerta.
Me quité el pinganillo, y lo lancé a los pies de Dante.
Abrí la puerta.
—¿Preparado?
La voz llegó desde la oscuridad y no necesité girarme para saber quién era.
Cerré los ojos un instante y asentí.
No había marcha atrás.