La obsesión del jefe 45
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Eve

El trayecto se me hizo eterno.

No por la distancia, sino por todo lo que llevaba dentro, por ese nudo que no terminaba de deshacerse en mi pecho. Tenía la sensación constante de estar caminando hacia algo de lo que no iba a poder volver, aunque una parte de mí siguiese repitiendo que aquello era lo correcto.

Quería hacer lo único que podía hacer.

Salvarle.

O al menos aplacar la furia de Giovanni.

Apreté los dedos contra la pequeña bolsa que llevaba conmigo, notando el dinero robado en su interior como si me quemara, como si cada billete fuese un recordatorio de la traición que estaba cometiendo, de lo que había dejado atrás sin mirar.

Luca.

Cerré los ojos un segundo dentro del taxi, dejando que su nombre se repitiera en mi mente como un maldito mantra, sin ser capaz de pronunciarlo en voz alta, porque si lo hacía, si me permitía sentirlo de verdad, sabía que no iba a ser capaz de continuar.

No podía fallar, no cuando ahora todo dependía de mí.

El coche se detuvo finalmente frente a una de las propiedades que controlaba Giovanni, y durante unos segundos no fui capaz de moverme. Fijé la mirada en la entrada, en ese lugar que reconocía demasiado bien, que olía a un pasado lleno de miedo, a todo de lo que había intentado escapar.

—Hemos llegado.

Respiré hondo, una vez más, y bajé.

Cada paso que di hacia la puerta pesó más que el anterior, como si el suelo intentara retenerme, como si mi propio cuerpo supiera que aquello era un error y estuviese intentando detenerme.

Demasiado tarde.

La puerta se abrió antes de que pudiera llamar y ahí estaba él.

Su presencia lo llenó todo, igual que siempre, con esa calma inquietante, y una sonrisa que nunca llegaba a los ojos, que me hizo retroceder un paso por puro impulso. Escuché como alguien se posicionaba a mi espalda.

—Pensaba que tardarías más —murmuró, recorriéndome de pies a cabeza.

Tragué saliva, obligándome a sostenerle la mirada.

—Si Luca hubiese aparecido —añadí, intentando mantener la voz firme—, ya estaría muerto.

Una sombra de satisfacción cruzó su rostro.

Quise responderle que eso ya lo veríamos, pero un enorme nudo se creó en mi garganta, impidiéndome incluso respirar con normalidad. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia, invadiendo mi espacio, tomándolo como si le perteneciera.

Giovanni me observó ido, con la lujuria en sus ojos, devorándome en silencio, a sabiendas de que tenía el poder absoluto sobre mí y mi libertad. Ya no había vuelta atrás.

—Bienvenida a casa, Eve.

Antes de que pudiera reaccionar, su mano subió hasta mi rostro y tiró de mí hacia él, estampando sus labios contra los míos con un gesto que no fue un beso, sino una imposición.

Permanecí rígida un segundo.

Dos.

Y entonces cedí lo justo para no provocar algo peor, para no darle una excusa, sintiendo como el asco me subía por la garganta hasta el punto de provocar que una arcada me sacudiese.

Cuando me soltó, mi respiración ya no era la misma.

—Sigues siendo igual de obediente que siempre —comentó, con una media sonrisa.

No respondí, no podía.

Me llevaron a una de las habitaciones, una que estaba amueblada de la misma exacta manera que la que tenía en casa de La Mort, la misma que llevaba persiguiéndome durante años.

Una lágrima descendió por mi rostro al encontrarse una camita rosa con cojines blancos, con esas paredes crema y la cajonera con tiradores en forma de fresa.

Ahí estaba esa ventana falsa que daba a un mural en el que aparecía un fondo de un paisaje verde con un cielo azul.

El olor a vainilla inundó mis fosas nasales y el estómago se me revolvió.

Me llevé una mano al rostro, limpiando la pequeña gota de terror que había empapado mi mejilla.

Alguien carraspeó a mi espalda, consiguiendo que diera un bote sobre mí misma, tensándome al instante.

—Mi dulce y deliciosa Eve.

Lo escuché antes siquiera de verlo. Sentí como el aire a mi alrededor se volvía aún más denso, más pesado, más peligroso.

—Quítate el vestido —me ordenó.

Aquellas tres simples palabras cayeron sobre mí como un golpe. Negué despacio, notando cómo el pánico empezaba a apoderarse de todo.

—No…

—No me hagas repetirlo —me instó.

Mi cuerpo tembló, incapaz de responder, atrapado entre el miedo y la necesidad de no romperme delante de todos ellos.

Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos sin que pudiera evitarlo.

«Perdóname».

La palabra se formó en mi mente sin sonido.

«Perdóname, Luca».

Como si pudiese oírme, como si estuviera ahí.

Las manos de Arseni llegaron antes de que pudiera reaccionar, sujetándome con firmeza, demasiado fuerte, obligándome a mantenerme en el sitio mientras su aliento ya rozaba la piel de mi espalda.

—Cuánto tiempo… —murmuró contra mi cuello.

Intenté apartarme, dar un paso al lado, pero su agarre se volvió más firme, clavándome en el sitio, recordándome exactamente dónde estaba.

—He tenido que conformarme con otras —añadió, deslizando la voz con un deje que me heló la sangre—. Eso se acaba hoy.

Cerré los ojos, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con la impotencia, cómo todo dentro de mí gritaba que saliera de allí, que corriera, que hiciera algo. Ahora sabía lo que era la libertad, solo podía pensar en ella.

Pero no podía marcharme, no todavía, no cuando tenía un propósito.

Una de sus manos comenzó a recorrer mi cuerpo con delirio, sobándome los pechos, masajeándolos de una manera obscena. El corazón comenzó a latirme tan deprisa que apenas podía escuchar nada más, ni siquiera la respiración que ya chocaba contra mi oído.

Los ojos se me llenaron de amargas lágrimas que comenzaron a recorrer mi piel.

—Suéltame… —susurré, sin fuerza.

—No.

Su respuesta fue inmediata, definitiva, y entonces el mundo pareció dejar de girar.

—Déjala.