La obsesión del jefe 44
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Luca

No recuerdo en qué momento giré el volante.

Solo sé que lo hice.

Que el coche derrapó lo suficiente como para que Dante soltara un improperio a mi lado, que las ruedas chirriaron contra el asfalto y que durante unos segundos se volvió ruido, velocidad y una única necesidad atravesándome el pecho.

Verla de nuevo.

Apreté el acelerador sin medir, sin pensar, dejando que el motor rugiera hasta el límite mientras deshacía el camino a una velocidad que habría hecho saltar cualquier maldito radar.

No podía llegar tarde.

No esta vez.

No después de haberla dejado atrás.

El palazzo apareció delante de mí, demasiado lejos para lo rápido que me latía el corazón, como si la distancia se hubiese alargado solo para joderme, solo para darme más tiempo para pensar en la mierda que había hecho.

En lo que podía haber perdido.

Frené en seco frente a la entrada, bajándome del coche sin siquiera apagar el motor, con la respiración desacompasada y la adrenalina todavía corriéndome por las venas.

—¡Eve! —bramé nada más cruzar la puerta.

Mi voz rebotó contra las paredes.

Silencio.

Demasiado silencio.

—¿Dónde está? —pregunté al primero que se cruzó en mi camino, agarrándolo por la camiseta sin ningún tipo de cuidado.

El hombre palideció.

—N-no lo sé… —balbuceó.

—¿Cómo que no lo sabes? —Apreté más fuerte, sintiendo cómo la paciencia se me escapaba entre los dedos—. ¿Quién estaba con ella?

—No… no la he visto.

Lo solté de golpe, apartándolo lejos de mí como si no fuese más que un estorbo, avanzando por el pasillo con pasos rápidos, abriendo puertas sin mirar, sin hacer distintivos, recorriendo cada rincón con una urgencia que empezaba a convertirse en algo más.

Algo mucho peor.

Cerré las manos en puños, sintiendo como un enorme nudo se creaba en mi estómago y comenzaba a subir poco a poco.

—¡Eve! —volví a llamar, con más fuerza.

Nada.

Subí las escaleras de dos en dos, entrando en la habitación que había dejado de ser mía para ser nuestra, deteniéndome en seco al ver la cama deshecha, el espacio vacío y el aire frío. No estaba el fuego encendido.

Llevaba horas fuera, regodeándome en mi propia mierda, pensando en cómo aquello sería un antes y un después.

Deseaba arrancarle la cabeza del sitio, vengar a mi hermana, a Eve, hacerle pagar por su maldita traición, porque a la sangre no se le hacía eso, nos lo había inculcado desde pequeños, y ahora era todo mentira.

—Joder… —mascullé, pasando una mano por el pelo.

No podía haber desaparecido así, no sin decir nada.

Pero ¿acaso no había hecho yo lo mismo?

Le quité el móvil a uno de los hombres que pasaba por allí por pura inercia, marcando su número a pesar de que sabía que no iba a responder, escuchando el tono una y otra vez hasta que la llamada se cortó.

Nada.

—¿Dónde está Eve? —pregunté al salir al pasillo, encontrándome con Alessia.

Ella negó despacio, visiblemente tensa.

—¿Está con Janeth? —Quise saber.

—No, no está con ella.

El estómago se me encogió.

—¿Cuándo la viste por última vez? —inquirí.

—Anoche —admitió.

Demasiadas horas.

—Revisad toda la casa —ordené, alzando la voz—. Cada puto rincón.

Dante apareció a mi lado en ese momento, con la expresión seria, midiendo cada uno de mis movimientos. Contuve el aliento, y por un instante solo podía escuchar el latir de mi corazón en lo más profundo de mi cerebro.

—Andrei ya está revisando las cámaras —me informó—. Enzo también está entrando en el sistema.

Asentí, aunque en realidad no lo estaba escuchando de manera activa, porque mi mente ya había empezado a ir más rápido de lo que podía controlar, encajando piezas que no quería ver.

No podía haber desaparecido.

No sin ayuda.

No sin dejar rastro.

Recorrí el palazzo de arriba abajo, abriendo cada puerta, revisando cada habitación como si fuese un jodido demente, como si fuese capaz de aparecer de la nada, y aquello no fuese más que un error.

Pero no lo era.

El tiempo empezó a volverse extraño, elástico, imposible de medir, hasta que la voz de Andrei interrumpió mis pensamientos por el comunicador, cortando el silencio como una cuchilla.

—Luca —me llamó.

Me detuve en seco en medio del pasillo.

—Habla.

Hubo un segundo de silencio, uno que se me antojó eterno.

—Se marchó.

El aire se me quedó atrapado en los pulmones y por un momento dejé de respirar.

—¿Qué?

—Anoche —continuó—. Salió sola.

Apreté los dientes, notando como algo dentro de mí comenzaba a romperse en mil pedazos. Él continuó hablando, al mismo tiempo que yo caminaba sin rumbo, pasándome una mano por el rostro sin poder creer lo que estaba escuchando. Se había largado.