43
Luca
El volante temblaba bajo mis manos, de manera constante igual que rugía el motor, agresivo, como si también sintiera la urgencia que me recorría el cuerpo, como si entendiera que aquello no era un simple trayecto sino una maldita sentencia.
No había vuelta atrás, esas cuatro palabras se repetían en mi mente como un maldito mantra a sabiendas de lo que había dejado atrás.
El paisaje pasaba a toda velocidad a ambos lados de la carretera, difuso, irrelevante, porque mi mente no estaba allí, no estaba en el coche, ni en el camino, ni siquiera en el puto mirador al que me dirigía.
Estaba en otra parte.
En Eve.
Apreté el volante con más fuerza de la necesaria, notando cómo los nudillos se me tensaban, cómo la presión subía por mis brazos hasta instalarse en el pecho, haciéndome respirar más rápido de lo que me gustaría admitir.
—Vas demasiado rápido —comentó Dante desde el asiento del copiloto, sin apartar la vista de la carretera.
No le respondí, no podía, porque si abría la boca, no sabía que podía salir de ella.
Había accedido a que me acompañase, no sé muy bien por qué, tal vez una parte de mí sabía que podía morir intentando matar a mi padre, y necesitaba alguien que se ocupase de mi cuerpo, o puede que fuese al revés, que necesitase ayuda con el de mi padre.
—¿Has hablado con ella?
La pregunta cayó sobre mí como un golpe seco.
Negué con la cabeza, manteniendo la mirada al frente.
—No.
Silencio.
—¿Por qué?
Solté una risa breve, sin humor.
—Porque hemos discutido.
Dante se giró hacia mí, evaluándome. Lo cierto es que se había liado más de lo que me gustaría admitir, porque Eve no merecía un hombre como yo, que estuviese siempre engañándola, poniéndola en riesgo…
—Eres gilipollas.
No me molesté en discutirlo.
—Puede.
—No, no puede —insistió cabreado—. Lo eres.
Apreté la mandíbula. Estaba en lo cierto, tanto que incluso lo más profundo de mi ser también me lo gritaba.
—Has dejado a la mujer de tu vida —añadió—, y te estás yendo a jugar el cuello sin siquiera despedirte.
El ambiente se volvió más pesado, podría haberse cortado con un cuchillo y por un momento agradecí al hombre que tenía junto a mí. No había alguien más leal y sincero que él, el único capaz de decirme las cosas a la cara sin temer las represalias.
—No hacía falta.
—Claro que hacía falta —respondió con rudeza—. No seas tan cobarde, cabrón.
El golpe fue directo, y acertó.
No dije nada, no porque no tuviera una respuesta, sino porque no quería escucharla.
El silencio volvió a instalarse entre ambos, roto solo por el sonido del motor y el asfalto bajo las ruedas, hasta que, sin pensarlo demasiado, solté una mano del volante y cogí el móvil.
Busqué su nombre.
Eve.
El corazón me latía más rápido mientras marcaba.
Un tono.
Dos.
Tres.
Nada.
Fruncí el ceño, apretando los labios.
—Vamos… —murmuré, volviendo a intentarlo.
Colgué y volví a marcar, esta vez más rápido, más nervioso y consiguiendo el mismo puto resultado. Nada.
El pecho se me cerró de golpe, como si alguien hubiera decidido aplastarlo desde dentro, como si el aire hubiese dejado de ser suficiente.
—No lo coge —dije, más para mí que para Dante.
—Igual no quiere hablar con un imbécil como tú —respondió con calma—, yo tampoco querría.
Eso me dolió más de lo que debería.
Volví a intentarlo una vez más. Nada.
Y entonces lo hice, lancé el teléfono contra el primer árbol que apareció a mi lado, sin reducir la velocidad, viendo de reojo cómo se hacía añicos al impactar.
—¡Joder! —vociferé, pasándome una mano por el cabello.
El silencio volvió, solo que esta vez no fue el mismo, era mucho peor.
—No voy a volver a verla —murmuré, con la voz más baja de lo que esperaba.
No sonó como un comentario, sino como una codena.
Dante no respondió de inmediato, se tomó su tiempo.
—Entonces da la vuelta.
Giré la cabeza hacia él, mirándole como si hubiese dicho la barbaridad más grande del mundo.
—¿Qué? —cuestioné.
—Que des la puta vuelta —repitió, mirándome directamente—. Porque aún estás a tiempo.
El volante tembló bajo mis manos, o tal vez fueron estas las que cimbreaban.
—Si sigues adelante —añadió—, no hay garantías de que vuelvas.
Lo sabía. Mi ego me decía que no lo hiciera, pero en lo más profundo de mi ser sabía que Dante tenía más razón que un santo.
—Si vuelves ahora… —continuó—, por lo menos podrás verla una vez más.
Volví la vista al frente, la carretera seguía, recta, implacable, como todo lo demás, y por primera vez desde que había arrancado el coche… Dudé.