42
Luca
No había pasado ni un minuto desde que colgué cuando ya tenía claro lo que iba a hacer. No necesitaba pensarlo, porque sabía tan bien lo que iba a ocurrir que lo único que debía hacer era prepararme.
Había cruzado demasiadas líneas como para empezar a cuestionarme si aquella era una más. Porque no. Nada me frenaría.
El corazón me latía en las sienes con tanta fuerza que apenas podía oír mis propios pensamientos. Un enorme nudo se había creado en mi garganta y las ganas de reventarlo todo aún me gritaban al oído que lo hiciese.
Salí del despacho sin mirar atrás, con la decisión clavada en el pecho y la rabia aún hirviéndome en las venas. Recorrí el pasillo con pasos firmes, sin detenerme, sin escuchar nada más que el eco de su voz repitiéndose a mi cabeza.
Eve.
Giovanni.
El Belvedre.
Todo se mezclaba hasta volverse insoportable.
Bajé directo al sótano, ignorando cualquier intento de detenerme, porque no había nada que pudieran decirme que fuese a cambiar lo que ya había decidido, y cuando crucé la última puerta, lo encontré exactamente donde lo había dejado.
Valentino.
Seguía en el suelo, aunque consciente, apoyado contra la pared, con el rostro pálido y los ojos clavados en mí en cuanto entré.
—Vaya… —murmuré—. No esperaba verte tan pronto.
No respondí.
No estaba ahí para eso.
—Levántate.
Frunció el ceño, pero no se movió.
—¿Para qué?
Antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió a mi espalda.
Dante.
—Ni se te ocurra —sentenció.
Cerré los ojos un segundo, dejando que el aire entrara despacio en mis pulmones antes de girarme hacia él.
—No es tu problema.
—Lo es en el momento en el que decides ponerte en peligro —respondió sin titubear—. Eve me lo ha contado todo.
Apreté la mandíbula con fuerza, tanta que sentí cómo me crujía hasta el cráneo.
—No tenía por qué hacerlo.
—Lo ha hecho porque alguien tiene que pararte —aseguró.
Negué con la cabeza, perdiendo la poca paciencia que me quedaba. Cerré las manos en puños, no porque quisiera golpearle, sino porque no había forma de controlar esa rabia que me consumía.
—Hablaré contigo cuando termine esto.
—No —me cortó—. Lo harás ahora.
Le sostuve la mirada unos segundos, midiendo, decidiendo si merecía la pena seguir con aquello, o simplemente apartarlo del camino, pero no tenía tiempo como para entretenerme con él.
—Cuando acabe con Valentino estaré contigo.
No esperé a que me rebatiese nada, porque lo haría si le daba la oportunidad.
Volví a girarme.
—Levántate —repetí.
Esta vez obedeció, aunque despacio y con dificultad, apoyándose contra la pared para mantenerse en pie.
—¿Qué coño quieres ahora? —cuestionó.
Di un paso hacia a él.
—Giovanni ha llamado.
Su reacción fue inmediata, ni siquiera tuvo que decir nada para mostrar la incredulidad que ya cruzaba su rostro.
—Eso es imposible.
—No lo es —respondí con una calma que no tenía, al mismo tiempo que sacaba un paquete de cigarros del bolsillo interior de mi americana—. Y lo más curioso de todo…
Hice una pausa, lo suficientemente larga como para que me mirara, para que quisiera saber lo que estaba a punto de decirle.
—… es que ni siquiera ha preguntado por ti.
Sonreí ladino, viendo como el silencio se instauraba entre ambos, volviéndose incómodo.
Valentino frunció el ceño.
—¿Qué?
—Ni una sola vez —añadí, sin apartarle la mirada, llevándome un cigarro a la boca—. Ni tu nombre, ni ha querido saber dónde estás ni si sigues vivo.
Vi cómo algo en su expresión se tensaba, y entonces supe que le había dado donde más le dolía.
—Solo quería hablar conmigo —continué—, quería joderme con Eve, retarme…
Di un paso adelante, invadiendo su espacio.
—Para él no eres más que un daño colateral.
Negó con la cabeza, aunque ya no con la misma seguridad que de costumbre.
—No… no puede ser —añadió—. No tiene sentido.
—Claro que lo tiene —murmuré—. Siempre lo ha tenido.
Se quedó en silencio, procesándolo, y pude ver cómo se rompía poco a poco.
—Te encerró —añadí—, te utilizó, te dejó tirado. —Incliné la cabeza lo suficiente como para colarme en su campo de visión—. Y ahora ni siquiera se preocupa por ti.
Sellé mis labios formando una línea, como si aquello ni siquiera me afectara, aunque en cierto modo no lo hacía.
—Ni se ha molestado en comprobar si sigues respirando.
Mi hermano apretó la mandíbula.
La duda ya estaba ahí.
—¿Y sabes qué es lo mejor? —añadí, bajado aún más la voz—. Que, aun así, sigues defendiéndolo porque no eres más que su perrito faldero.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Cállate.
Sonreí ladino.
—Te duele, ¿verdad? —cuestioné, a sabiendas de la respuesta.
—He dicho que te calles.
—Porque en el fondo lo sabes —rematé—. Nunca le has importado.
El silencio que le siguió fue denso, y entonces todo cambió.
—Eres un necio —escupió al final.
Alcé una ceja.
—Ah, ¿sí?
—Por creer que esto cambia algo —continuó—. Por creer que puedes hacerte el salvador en medio de toda esta mierda.
No respondí.
—Y lo peor —añadió— es que lo haces por ella.
Supe por dónde iba, y, aun así, mantuve la tranquilidad.
—Por una mujer usada.
Eso sí que no lo esperaba. Así que di un paso hacia él, acercándome de manera peligrosa, dejando claro que estaba a un segundo de partirle la cara otra vez.
—Vuelve a decir eso.
Sonrió provocador.
—Una mujer que ha pasado por las manos de otros —remató—. ¿De verdad crees que eso no la marca?
Una pausa, el mismo silencio tenso que antes, solo que esta vez destensé mis hombros, que se habían cargado de esa tensión que me asfixiaba por dentro.
—No tienes ni idea —comenté en voz baja—, ni de ella… ni de mí.
Me giré sin añadir nada más, no necesitaba continuar escuchándolo, ya había conseguido lo que quería: sacarle de quicio y hacerle ver que no era más que un peón en un tablero en el que ni siquiera jugaba.
Al salir me encontré con Dante, quien aguardaba con los brazos cruzados sobre su pecho, apoyado contra la pared.
—Esto es una locura —anunció.
—Es posible.
—No vas a salir con vida.
—¿Tan mal van las apuestas a mi favor? —pregunté con sorna.
No le gustó un pelo lo que acababa de decirle, pude verlo en la forma en la que apretaba la mandíbula.
—Coge todos tus ahorros y espera.
Subí las escaleras sin mirar atrás, sintiendo cómo todo se cerraba a mi alrededor, cómo cada paso me acercaba más a algo que sabía que no tenía vuelta atrás.
Eve me esperaba, lo supe antes incluso de verla. Estaba en mitad del pasillo, con la mirada fija en mí, como si ya conociera la respuesta antes de hacer la pregunta.
—No lo hagas.
Negué con la cabeza, al mismo tiempo que acaba de entrar en la habitación.
—Ya no hay vuelta atrás —sentencié con firmeza.
Se acercó rápido, tomándome por la mano.
—Claro que la hay.
—No, Eve.
—Luca… —comenzó a decir.
—No —repetí, más firme, cortándole—. Esto no es negociable.
Sus ojos brillaron y eso fue peor que cualquier grito. Eve no era una persona violenta, sino más bien emocional, capaz de desgarrarse la garganta llorando que por vociferar.
Se lanzó a mis brazos, escondiendo su rostro contra mi pecho. Pude notar las amargas lágrimas empapando la camisa, traspasando mi piel.
—Vas a morir —susurró.
—Eso no puedes saberlo —aseguré.
—Ni tú.
El silencio entre ambos se volvió insoportable, tanto que solo podía escucharla llorar pegada a mí.
—No me dejes —murmuró al final, rompiéndose del todo.
Cerré los ojos un segundo.
Solo uno.
—Ojalá todo fuese distinto.