La obsesión del jefe 41
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Eve

Alessia hablaba, pero no la estaba siquiera escuchando, o al menos no del todo.

Había algo en el ambiente que no terminaba de gustarme, una presión invisible que se colaba entre las paredes del palazzo, como si todo lo ocurrido hubiese dejado una grieta imposible de cerrar.

Mi mente solo podía pensar en Luca, en la forma en la que había salido de la habitación con esa mirada que conocía demasiado bien.

Llevaba demasiado tiempo conteniendo una carga que no era suya.

La puerta se abrió de golpe, interrumpiendo cualquier intento de normalidad, y no hizo falta que me girase para saber que era él.

Podía percibirlo en el aire, y en cómo Alessia se había tensado al verlo, incluso en cómo mi cuerpo había reaccionado antes de verle.

Luca cruzó la estancia sin mirarnos, con el rostro ensombrecido, la mandíbula tensa y esa energía contenida que siempre precedía a la tormenta. Contuve el aliento al ver cómo lanzaba el cigarrillo contra una de las paredes mientras caminaba en dirección al despacho.

—Luca… —empecé, levantándome.

No respondió, ni siquiera me miró.

Continuó avanzando como si no estuviera allí, como si todo lo demás hubiese dejado de existir y solo se pudiese centrar en la batalla que se libraba en su mente.

Cogí una bocanada de aire, y lo dejé ir a modo de suspiro, intentando calmarme.

—¿Qué ha pasado?

Nada.

Ni una respuesta, ni un gesto… Solo silencio.

Apreté los dientes, notando cómo la frustración empezaba a mezclarse con el miedo, uno que conocía demasiado bien y que era capaz de estremecer mis entrañas.

—Luca —insistí, alargando la mano para detenerle.

Error.

Me tomó por el brazo con fuerza, demasiada, clavando los dedos en mi piel hasta hacerme daño, obligándome a quedarme quieta frente a él.

Su mirada bajó hasta la mía y lo vi, ese punto exacto que me decía que estaba a punto de perder el control.

—No te metas —masculló.

El dolor me atravesó el brazo, pero no me aparté.

Tampoco podía.

—Déjame ayudarte… —Mi voz se deshizo como si jamás hubiese estado ahí.

Vi como sus fosas nasales se hinchaban debido a la rabia que aún le corroía, no era contra mí, pero en cierto modo yo estaba siendo la válvula por la que escapaba.

Luca no me soltó de inmediato, pero su atención cambió, desviándose hacia el móvil que vibraba en su bolsillo, y tras un segundo que se me antojó eterno, me liberó con brusquedad para contestar mientras se dirigía hacia el despacho.

Le seguí sin pensarlo.

No dijo nada al descolgar, ni una sola palabra, solo hubo silencio.

Fruncí el ceño, observándole, viendo cómo su expresión se endurecía aún más, si eso era posible, hasta que, sin previo aviso, activó el altavoz, y entonces lo escuché.

—Pensaba que tardarías más en contestar.

La cabeza comenzó a darme vueltas, el suelo pareció moverse bajo mis pies y una poderosa arcada subió a mi garganta. La voz que sonó fue grave, aterciopelada, cargada de una seguridad que conocía demasiado bien.

Giovanni Moretti.

Luca no tardó en reaccionar.

—¿Qué cojones quieres?

Giovanni no contestó.

Padre e hijo separados por una sola llamada.

—No me toques la polla —escupió mi hombre—. Eres un hijo de la gran puta.

Una risa baja, desagradable, se filtró al otro lado de la llamada.

—Vaya… —murmuró—. ¿Dónde ha quedado todo lo que te enseñé? ¿Y tus modales?

Contuve el aliento al ver cómo Luca cerraba sus manos en puños, y apretaba la mandíbula con fuerza.

—Enterrados —respondió Luca—, como haré contigo cuando te mate.

Hubo un silencio breve.

Demasiado.

—No —corrigió Giovanni con calma—. No está enterrado… sigue dentro de ti.

Mi estómago se encogió cuando su voz cambió un poco, volviéndose más interesada, mostrando esa parte de él que había visto en decenas de ocasiones.

Me llevé una mano a la boca, intentando frenar las ganas de vomitar que subieron a mi garganta.

—¿Está ahí? —cuestionó.

Luca no respondió, pero no hizo falta.

—Claro que está —continuó, casi divertido—. Siempre te gustaron las cosas que no te pertenecían.

—Ella no te pertenece —sentenció.

Tragué saliva, sintiendo cómo algo frío se deslizaba por mi espalda.

—Eve —pronunció.

Pero no fue mi nombre lo que me heló la sangre, fue cómo lo dijo, como si no fuese mío.

—¿Sabes qué es lo mejor? —le preguntó a Luca esta vez—. Que ahora la veo en todas partes…

Me abracé a mí misma, sintiéndome tan desprotegida que era como tenerlo en aquella misma habitación.

—Cada noche pienso en ella —continuó, recreándose en cada palabra—. En cómo se mueve, en cómo respira, en cómo sería tenerla debajo de mí… —añadió con lujuria—. Su madre tenía mejor gusto para elegir con quién se juntaba, supongo que no lo ha heredado.

Tuve que sentarme al notar como las piernas me cimbreaban mientras el corazón me latía frenético en el pecho.

—Y a veces —remató—, me follo a otras imaginando que es ella.

—El tono que usó fue tan asqueroso que no pude evitar darme la vuelta, como si al girarme dejase de escucharle—.

Debes de tener la polla bien resguardada en ese puto agujero —apuntó con maldad—.

¿Has probado de hacérselo por detrás? —Quiso saber—.

Dice que no le gusta, pero cuando la penetras gime como una puta de categoría —Le dio una calada a un cigarrillo—, lo que es.

Entonces, todo estalló. Pude verlo en la mirada de Luca, en cómo dio un paso adelante, con todo el cuerpo tenso, como si en ese instante hubiese cruzado la línea de no retorno.

—Te voy a matar —gruñó de manera gutural, helándome la sangre—. Juro por mi puta vida que voy a encontrarte, te arrancaré el corazón del pecho y me lo comeré delante de ti.

La risa al otro lado fue inmediata, provocadora.

—Entonces ven —le instó—, te estaré esperando.

El silencio se hizo absoluto.

—Te espero en el Belvedere di Capo Vaticano —añadió con calma—. Siempre te gustaron las vistas, ¿recuerdas?

Negué con la cabeza al instante, acercándome a él.

—No —susurré—. Ni se te ocurra.

—Oh, ¿a quién tenemos aquí? —preguntó.

Luca ni siquiera me miró, ni un solo segundo.

—Prepárate, pappà —escupió, con una frialdad que me recorrió de pies a cabeza—, porque mañana será el último amanecer que veas.

Se soltó de mi agarre sin esfuerzo.

—Luca… —intenté interferir de nuevo.

—No te metas.

Fue seco, definitivo, y provocó que al otro lado de la línea Giovanni guardase silencio durante un segundo.

—Por fin te has puesto los huevos que no tenías —añadió, satisfecho.

La llamada se cortó, y esta vez el silencio que quedó fue peor que cualquier amenaza.