40
LUCA
El sótano olía a hierro y a humedad. Llevaba cerrado demasiado tiempo, habían pasado tantos años desde que alguien había entrado en ese trastero que apenas se podía respirar con normalidad.
El ambiente estaba sumido en una mezcla densa que se te pegaba a la piel y que, lejos de incomodarme, comenzaba a resultarme de lo más familiar.
Dante cerró la puerta tras de sí, dejando a los demás sin necesidad de dar explicaciones, porque no hacía falta, porque todos sabían que aquello no era un interrogatorio, era un maldito ajuste de cuentas.
Adriano estaba de rodillas en el centro de la sala, con las manos atadas a la espalda y el rostro descompuesto, mirando de un lado a otro, como si creyera que alguien iba a entrar a salvarlo.
Nadie lo haría.
Me acerqué despacio, sin prisa, dejando que el sonido de mis pasos marcara el ritmo, que cada segundo pesara más que el anterior, hasta detenerme frente a él. Saqué un cigarro y me lo llevé a la boca, con un ligero movimiento. Dante me lo encendió, por lo que le di una larga calada.
—¿En qué cojones estabas pensando? —pregunté en voz baja.
No respondió de inmediato.
Podía notar el castañeo de sus dientes por el miedo y el frío. Todo él temblaba, hasta su alma podrida.
—Yo… —empezó a decir con la voz estrangulada—. Yo no quería…
Me incliné ligeramente, lo suficiente como para obligarle a mirarme.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Tragó saliva, desesperado.
—Giovanni… —murmuró—. Me prometió que...
No le dejé terminar.
Hice un leve gesto con la mano y, al instante, una de las pantallas que teníamos en la pared se encendió.
Adriano giró la cabeza y lo vi.
El momento exacto en el que su corazón se partió en mil pedazos.
Un niño pequeño jugaba en el suelo, ajeno a todo, hablando con un extraño, un hombre que no debería estar ahí. Mientras, a unos metros, su madre permanecía de pie, rígida, con una pistola apuntándole directamente al pecho.
Lorenzo.
—No… —susurró Adriano, arrastrándose hacia la pantalla—. No, no, no…
Se golpeó contra el suelo, cayendo de bruces, al mismo tiempo que intentaba acercarse más.
—Por favor… —suplicó, roto—. No les hagáis daño… por favor…
Cogí una de las sillas que había al fondo de la sala y me coloqué frente a él, permitiéndole que viese lo que estaba ocurriendo a mis espaldas.
—Creo que ahora sí que estamos hablando el mismo idioma.
Fijó la mirada en mí de golpe, como si su vida dependiera de ello, y en cierto modo así era, y no solo la suya, sino la de toda su familia.
—Por cada respuesta —murmuré, metiendo la mano en el bolsillo—, te ganas un minuto más de vida.
El silencio que siguió fue absoluto, como si no se atreviese a decir nada que no fuese en respuesta a algo que yo mismo preguntase.
—Y si me convences, puede que incluso te permita ser el primero en morir. —Sonreí con maldad, a sabiendas de que iba a hacerle pagar su maldita traición.
Cerró los ojos, tomó una bocanada de aire, intentando calmar su respiración agitada que le rogaba salir corriendo de allí. No le culpaba, había cobardes en todas partes, menos en mis filas, porque en cuanto detectaba uno, acababa desapareciendo.
—¿Quién te contactó?
—Giovanni —respondió de inmediato—. ¿Quién va a ser si no?
Arrugué el entrecejo, y negué con lentitud.
—Un minuto menos —sentencié, al mismo tiempo que le disparaba en la rodilla.
Adriano se desgañitó cuando dejó ir un profundo alarido, lo hizo con tanta fuerza que incluso el eco retumbó por todo el interior de la sala.
—¡Te lo juro! —bramó—. Fue él, me llamó directamente, me dijo que si no cooperaba…
—¿Cómo cojones sabía que estabas con nosotros? —cuestioné.
—Siempre he estado a tu lado, Luca, he trabajado contigo toda mi puta vida… —se explicó—. Joder, Luca, has estado en mi casa decenas de veces —suplicó—. Fue él quien me llamó, me dijo que si no cooperaba…
Su mirada volvió a la pantalla, donde su mujer intentaba mantenerse firme a pesar del miedo.
—¿Qué informe le diste? —Quise saber.
—Me pidió la localización —sollozó—. Solo eso, lo juro. No sabía que iba a atacarnos, no lo sabía.
Le sostuve la mirada, sin apartarme.
—Mientes.
Negó con la cabeza de forma desesperada.
—No, no, te lo juro. —El sudor comenzó a caerle por la frente, muriendo en el suelo sucio.
—¿Qué más?
Se quebró.
Literalmente.
—Los turnos… —murmuró—. Los cambios de guardia, las zonas más débiles…
—¿Ves cómo me mentías? —cuestioné—. Buen chico —añadí al mismo tiempo que pasaba una mano por su cabello, despeinándolo—. Tienes un minuto extra.
Miró mi reloj, como si pudiera aferrarse a esa mentira.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie —juró al instante—. Nadie más.
Le observé unos segundos en silencio, midiendo, rebuscando en lo más profundo de su alma.
—¿Es que acaso no crees que yo os habría dejado ir si me lo hubieras pedido? —inquirí.
—Luca, yo…
Antes de que pudiera decir nada más, chisté, interrumpiéndole.
—Vamos a jugar a un juego —comenté, inclinándome un poco hacia adelante, lo suficiente como para quedar cara a cara con él. Rebusqué en el bolsillo de mi americana y saqué lo que necesitaba—. Vamos a lanzar una moneda al aire, si sale cara, gano yo —sentencié—. Y si sale cruz ganas tú.
—Me salvo —musitó.
Lancé una moneda al aire, sintiendo los nervios en el estómago, igual que lo haría un niño que está a punto de abrir sus regalos de Navidad.
—¡Soy libre! —vociferó al ver cómo caía la moneda y la cruz quedaba hacia arriba.
—No, yo no he dicho eso.
Saqué el arma, y en medio de su euforia, apreté el gatillo.
El disparo resonó en la sala como un eco seco, haciendo que su cuerpo cayese de lado, sin vida, llenando el suelo sucio de su sangre carmesí.
Lo observé, y cuando el líquido estuvo a punto de tocar mis zapatos, me puse en pie, apartándome.
—No hago pactos con traidores —aseguré.
Giré sobre mis talones, y miré hacia la pantalla de nuevo. Saqué el teléfono y marqué su número.
—Lorenzo.
Una breve interferencia me anunció que estaba al otro lado del pinganillo, y así me lo hizo saber.
—Dime.
—Déjalos, ellos no tienen culpa de que Adriano haya sido un puto traidor —sentencié.
—Así lo haré —respondió.
Colgué sin añadir nada más.
El sótano volvió a quedarse en silencio, ya no había vuelta atrás.