La obsesión del jefe 39
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LUCA

No esperé a que Andrei terminase de hablar, salí de la sala aún con la tensión latiéndome bajo la piel, la cabeza funcionando demasiado rápido y una única necesidad empujándome a avanzar, una que siempre terminaba imponiéndose a todo lo demás.

Eve.

Recorrí el pasillo sin fijarme en nada, con la rabia aún presente, mezclándose con un sentimiento aún más oscuro, profundo y peligroso, algo que no sabía contener cuando se trataba de ella, y que en momentos como ese se volvía imposible de ignorar.

Quien nos hubiese atacado tenía un objetivo claro, y no era Valentino. Él no era más que un peón, igual que en algún momento lo fui yo. A mi padre solo le importaba el dinero, los negocios y las putas, o al menos a esa era la conclusión a la que había llegado.

Abrí la puerta sin llamar y la encontré tal y como la había dejado, solo que con la Glock a su lado. Fue como si el mundo no se estuviese viniendo abajo a nuestro alrededor, como si aquel caos no pudiera alcanzarla.

Era un maldito ángel.

La obsesión hecha persona.

Porque a pesar de que había intentado olvidarme de ella, verla como lo que había empezado a ser: un trato, no lo había logrado de ninguna de las maneras. Solo había tenido que verla aparecer una noche, la misma en la que mi hermana me había ofrecido perdonarme.

Alzó la vista al instante, y durante un segundo todo lo demás dejó de importar.

—¿Qué pasa? —preguntó confusa.

Cerré la puerta tras de mí, sin apartar los ojos de ella, avanzando despacio, recorriendo la distancia con una calma que no sentía, como si necesitara retener cada detalle, cada gesto de aquel instante.

—Alguien ha llamado desde dentro —murmuré, sin desviar la mirada—, Andrei y Dante están revisándolo todo junto con Lorenzo

Su expresión se tensó apenas un instante, lo suficiente como para que entendiera la gravedad de lo que estaba ocurriendo.

—¿Desde dentro?

Asentí, pero lo cierto fue que ni siquiera le escuché, porque había dejado de oírle para quedarme embobado mirándole. No podía dejar de hacerlo.

Se pasó una mano por el cabello, frunciendo el ceño, intentando encajar la información.

Entreabrió los labios como si quisiera decir algo, esos dichosos labios que me gritaban que los besase, devorándolos como llevaba haciendo los últimos días.

Sus mejillas se enrojecieron y una mueca vergonzosa se dibujó en su rostro.

—¿Por qué me miras así?

Dejé ir una risa baja, casi un bufido, tan imperceptible que apenas se percató. Acorté la distancia que nos separaba.

—Porque me vuelves completamente loco —admití.

No era una frase bonita, era verdad, una obsesión, una enfermedad que había entrado en mí cual veneno, tomando el control de todo.

Me acerqué hasta quedar frente a ella, lo suficiente como para sentir su respiración chocando con la mía.

Mi mano subió hasta su rostro sin pedir permiso.

Cerró los ojos, permitiendo que la acunase con delirio y con un cariño que nunca antes había sentido.

Bajé a su boca, delineándola, al mismo tiempo que sentía cómo mi miembro se endurecía.

Necesitaba recorrer cada centímetro de su piel, como si una parte de mí no se creyese que continuaba allí y tuviera que cerciorarse de que no me la habían arrebatado.

Qué tontería.

—Ahí fuera todo parece estar yéndose a la mierda… —murmuré en voz baja—, y tú sigues aquí, como un maldito tesoro, como si nadie pudiera tocarte.

—Porque tú me proteges —juró—. Te aseguras de que esté bien.

Y eso fue suficiente.

Toda la tensión acumulada desde el ataque se rompió de golpe, arrastrándome con ella, llevándome a ese lugar en el que dejaba de pensar, en el que solo quedaba la necesidad.

La atraje hacia mí con brusquedad, pegando mis labios a los suyos sin suavidad, sin contención, pero sí con un ansia que me mataba por dentro, dejando que todo lo que guardaba saliera de la única forma que sabía hacerlo cuando estaba con ella.

Su respuesta fue inmediata, se aferró a mí con la misma intensidad, devolviéndome el beso con esa urgencia que me hacía perder el control, que me hacía olvidar dónde estaba, qué estaba pasando y quién podía estar vigilándonos.

Mis manos recorrieron su cuerpo sin paciencia, con posesión y esa mezcla de rabia y deseo que me prendía en llamas. Cuando la empujé contra la cama no hubo duda ni resistencia, solo esa necesidad que nos hacía perder cualquier ápice de cordura.

—Luca… —susurró pegada a mi boca, con la respiración agitada.

No respondí, porque no tenía nada que decir, porque en ese instante ya no existían las palabras, solo la forma en la que se aferraba a mí como si fuese lo único que tenía sentido en aquella realidad que estábamos viviendo.

Juntos éramos caos, necesidad y el poder perder el control sabiendo que no deseábamos recuperarlo.

Mis labios descendieron por su piel sin prisa, pero sin pausa, marcando, reclamando cada centímetro de su piel, dejando claro que no había espacio para nada más que no fuésemos nosotros, que no iba a permitir que nada ni nadie la tocara como lo hacía yo.

Tal vez fuese un puto egoísta, pero me importaba una mierda.

—No pares —murmuró, con la voz rota.

Y no lo hice.

No cuando se trataba de ella.

La tomé en volandas, colocándola a horcajadas sobre mí, dispuesto a darle todo lo que deseara. Sería capaz de bajarle la luna si así me lo pedía.

Porque en ese instante no existía nada más allá, ni guerra, ni topo, ni amenazas, solo su cuerpo respondiendo al mío, y esa conexión que cada vez se volvía más adictiva y peligrosa.

Sus manos volaron a mi cabello, enredándose en este, manteniéndome pegado a ella, como si no quisiera que volviese a marcharme de su lado.

—Eres mía, piccola —gruñí contra su piel—, jodidamente mía.

No era una promesa.

Era una jodida certeza.

Ella no se apartó, ni se resistió, al contrario, se aferró con más fuerza a mí, como si también lo necesitara de la misma manera enfermiza que lo hacía yo.

El mundo pareció desaparecer durante unos segundos que no supe medir, porque mi mente solo podía centrarse en esa respiración entrecortada que chocaba con la mía, en cómo mi miembro se endurecía dispuesto a darle el placer que merecía, o cómo mi mente sabía que sería capaz de arrancarme el corazón del pecho si hiciese falta.

Hasta que de repente, la puerta se abrió de golpe.

—¡Joder! —vociferé.

—Luca.

Me quedé inmóvil un segundo, con la respiración aún desacompasada, antes de girar la cabeza con lentitud hacia la puerta.

—¿Es que no te puedes esperar dos jodidos minutos? —bramé, sintiendo como volvía esa maldita rabia que había conseguido acallar—. ¿Qué cojones quieres?

Vi como tragaba saliva, tomó aire y alzó los hombros.

—Lo hemos encontrado.

El ambiente cambió.

La calma falsa desapareció.

Me incorporé despacio, sin alejarme del todo de Eve, sintiendo cómo la realidad volvía a engullirlo todo a su paso.

—¿Quién? —cuestioné.

Dante sostuvo mi mirada con una seriedad que no esperaba.

—Te esperan en el sótano.