La obsesión del jefe 38
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LUCA

—Eso si Eve te lo permite.

Sus palabras no terminaron de asentarse.

No le di tiempo.

Lo agarré con más fuerza, acercándolo de nuevo, dispuesto a partirle la cara si volvía a pronunciar su nombre, pero entonces el mundo tembló bajo nuestros pies.

El estruendo sacudió todo el complejo, brutal, seco, seguido de un pitido ensordecedor que hizo que las alarmas empezaran a rugir por cada rincón del palazzo.

Mis músculos se tensaron al instante.

Ataqué.

No lo pensé.

Lo estampé contra la pared con la fuerza suficiente como para dejarlo fuera de juego, cayendo inconsciente al suelo sin ofrecer resistencia, y salí de allí sin mirar atrás.

Las alarmas retumbaban en mi cabeza mientras subía las escaleras de dos en dos, con la adrenalina disparada, el corazón latiéndome en la garganta y una única idea clavándose en mi mente.

Eve.

Pude haber ido a la sala de control, comprobar las cámaras, los perímetros, rutas de impacto… pero no lo hice. Porque nada de eso importaba si ella no estaba a salvo.

Recorrí el pasillo casi sin sentir el suelo bajo mis pies, frenando en seco frente a la puerta de mi habitación, donde la había dejado. Abrí sin llamar, Eve estaba en la cama, envuelta en la calma que aún no acababa de disiparse.

Y al verla, algo en mi pecho se relajó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, incorporándose.

Cerré la puerta tras de mí de un solo golpe, avanzando hasta ella sin apartarle la mirada, comprobando con mis ojos que estaba bien, que no tenía ni un rasguño, y que parecía que en esta habitación no había ocurrido nada.

—Han atacado el palazzo.

Frunció el ceño, pero no se movió.

—¿Y qué haces aquí?

Me acerqué más, lo suficiente como para tocarla, para sentir su piel bajo mis dedos, como si necesitara asegurarme de que seguía siendo real.

—Necesitaba ver que estabas bien —respondí, sin dudar—. Ahora sé que lo estás.

Sus labios se entreabrieron levemente, y por un segundo creí que iba a rebatirme algo de lo que había hecho, pero no lo hizo.

—Quédate aquí, no quiero que te muevas —le ordené—, en el armario hay un chaleco de emergencias y una Glock, quiero que te lo pongas y te escondas ahí dentro, ¿entendido?

Ella negó despacio.

—Ve a salvar el mundo —me instó—, yo estaré bien.

Su forma de decirlo habría sonado normal en cualquier otro momento.

Pero no ahora. No conmigo.

Me incliné lo justo para rozar su boca, sin besarla del todo.

—Mi mundo ya está a salvo.

Sus ojos brillaron, y no supe si fue por miedo o por algo peor, pero no tenía tiempo de averiguarlo. La tomé con firmeza de la cintura y estampé mis labios contra los suyos, devorándola.

Segundos después, me aparté antes de quedarme más de lo necesario, antes de que mi cabeza empezase a tomar decisiones equivocadas, y salí de la habitación cerrando la puerta tras de mí.

Esta vez sí.

Directo a la guerra.

Las alarmas seguían resonando cuando entré en la sala de los ordenadores, donde ya teníamos a Andrei conectado en la distancia y Dante, rodeado de pantallas, códigos y datos que cambiaban demasiado rápido.

—¿Qué cojones ha pasado? —cuestioné.

Dante ni siquiera se giró del todo.

—Impacto en el ala norte —informó Andrei—. Nuestro sistema lo ha interceptado antes de que entrara limpio, pero han estado cerca.

Me acerqué a las pantallas, observando las lecturas, los mapas, las señales distorsionadas.

—¿De dónde ha salido?

—No lo sabemos —respondió, tecleando con rapidez—. La señal ha rebotado en decenas de repetidores antes de autorizar el lanzamiento —continuó el menor de los Romanov—. Está limpio.

Negué con la cabeza, sintiendo como la rabia comenzaba a subirme por la garganta.

—No está limpio.

Dante ladeó la cabeza hacia mí, mirándome confuso.

—¿Qué quieres decir?

Apoyé las manos en la mesa, inclinándome hacia delante.

—Quiero decir que alguien les ha dado la puta localización.

El silencio que siguió fue más denso que el anterior.

Ese palazzo llevaba en el patrimonio de los Rosetti, mi familia materna, desde hacía cientos de años.

Muy poca gente conocía su existencia, ni siquiera estaba localizado en el testamento o en el mapa.

Cuando éramos pequeños, mi madre nos contaba una historia de un enorme palacio rodeado junto a un acantilado donde las olas rompían al final del jardín.

Decía que el agua del mar bañaba las flores, haciendo que creciese una variedad única de rosa: la Osiria.

Se trataba de una rosa blanca moteada de colores rojizos, era como si hubiese sido salpicada con sangre.

Durante años crecí creyendo que se trataba solo de un cuento, hasta que en mi adolescencia encontré esa misma rosa preservada en un frasco en el despacho de mi madre.

—Nadie llega hasta aquí sin ayuda —sentencié.

—Revisa llamadas, accesos, cualquier puta anomalía —añadí sin bajar la voz—. Porque alguien ha abierto la puerta.

Escuché como Andrei dejó de teclear durante un segundo.

—¿Estás diciendo que hay un topo?

Dante se giró hacia mí, mirándome con confusión.

—Lo hay.