La obsesión del jefe 37
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LUCA

Había evitado bajar a verle durante días, y no por miedo, sino porque sabía que, en el momento en el que lo tuviese delante, iba a resultarme demasiado fácil acabar con él.

Aun así, su evolución era evidente: comía, respiraba sin dificultad, las heridas se le cerraban…

lo suficiente como para devolverlo al sitio que le correspondía.

El sótano.

Le di una larga calada al cigarrillo antes de entrar, dejando que el humo llenara mis pulmones mientras el guardia se retiraba sin necesidad de que se lo pidiera. No lo necesitaba. No con él.

Valentino alzó el rostro en cuanto crucé la puerta, y una media sonrisa torcida se esbozó en sus labios.

—¿Has venido a ver cómo me pudro?

Solté el humo despacio, observándole con calma, tomándome mi tiempo antes de responder.

—Si no, ¿para qué iba a venir? —repliqué, dejando caer la ceniza al suelo—. ¿O esperabas que te sacara de aquí?

Bufó, dejando ir una risa vacía, apoyando la espalda contra la pared.

—Serías gilipollas si lo hicieras.

Puede.

Pero no tanto como para hacerlo sin recibir algo a cambio.

Me acerqué lo suficiente como para que no pudiera apartar la mirada de mí, y arrastré una silla hasta quedar frente a él, sentándome con una tranquilidad que no sentía.

—No tanto como tú, hermanito —murmuré—, que llevas más de veinte años arrastrándote bajo la sombra de ese cabrón.

Su expresión cambió en apenas un segundo.

Y fue suficiente como para confirmar mis sospechas.

—El mismo que te convirtió en lo que eres —añadí, inclinándome ligeramente hacia delante—. Un puto soldado al que rompieron antes de que aprendiera a ser nada.

Apretó la mandíbula.

—Ni para eso serví —masculló.

Asentí despacio, sin apartar la mirada. Me llevé el cigarro a la boca y le di una larga calada, con calma.

—No, ni siquiera para eso —aseguré.

El silencio que siguió fue tenso, como si ambos estuviéramos midiendo hasta dónde estábamos dispuestos a llegar antes de que uno de los dos reventara.

—Tu madre fue tan víctima como la de Eve —le expliqué—, igual que lo fue la mía antes de enfermarse —continué—, e igual que lo fue mi hermana Elisa.

Mantuvo su mirada fija al frente, como si lo que le estuviese diciendo le entrase por un oído y le saliese por el otro.

—Pero puede que esa sea la única razón por la que sigas respirando —añadí al final—. Porque sé que en ti aún hay algo que su oscuridad no ha conseguido engullir.

Frunció el ceño, sin saber a qué me estaba refiriendo.

—¿Qué cojones quieres? —inquirió.

Sonreí con maldad, apoyando los codos en las rodillas.

—¿Y tú? —cuestioné—. ¿Qué quieres tú, Valentino?

No respondió.

—Porque dudo mucho que quieras volver arrastrándote entre las piernas de padre —continué, clavando las palabras con intención de joderle—. O sí… a lo mejor es lo único que sabes hacer —comenté sin darle importancia—. Como el puto perro que eres.

El golpe dio donde tenía que dar.

Lo vi en sus ojos, como algo en su interior se revolvía, mostrándome que el Valentino inconformista que una vez conocí continuaba ahí dentro.

—No —murmuró al final.

—Entonces, dímelo —le ordené.

Bajó la mirada a sus manos, llenas de cicatrices, de recuerdos que ninguno de los dos necesitaba explicar. Durante unos segundos permaneció en silencio, como si le costara admitirlo incluso en voz alta.

—Quiero lo que tú tienes —admitió.

Alcé una ceja.

—Especifica —le pedí, aunque sabía bien a qué se refería.

Levantó la vista despacio, hasta que acabó clavándola en la mía.

—Libertad.

Solté una risa baja, breve, casi imperceptible.

—Claro… —musité.

Me recliné ligeramente en la silla, observándole con más atención, como si intentara descifrar hasta qué punto estaba dispuesto a llegar.

—¿Y por qué te encerraron en esa casa? —pregunté entonces, cambiando el tono—. Porque eso todavía no me cuadra —comenté—. Te sirvieron en bandeja de plata para que te atrapase.

Su expresión se endureció.

—Deberías saberlo.

—Si lo supiera, no te lo estaría preguntando —respondí, recalcando lo que ya era más que obvio.

Nos quedamos en silencio unos segundos, hasta que al fin cedió.

—Porque la cagué —murmuró—. Yo debía encargarme de comprar a tu muchachita.

—Te jodí el plan.

Apretó los labios, creando una fina línea, asintiendo apenas un segundo.

—Y padre no perdona eso.

No.

No lo hacía, ni lo haría jamás.

Le lancé el paquete de tabaco sin decir nada. Lo cogió al vuelo, encendiéndose uno con las manos ligeramente temblorosas, y supe que ya lo tenía donde quería.

—No entiendo qué pretendes —dijo tras una calada larga—. Da igual lo que hagas, vendrá a por ella —dejó ir el humo con parsimonia—. Está obsesionado.

Mi cuerpo se tensó antes incluso de poder evitarlo.

—Puede, pero yo lo estoy más —juré con rudeza, sin darle opción a rebatirme—. No va a acercarse a Eve.

—Lo hará —insistió, mirándome con fijeza—. Y cuando lo haga, os aplastará a todos.

Sonreí, no porque fuese gracioso, sino porque sabía que él creía que eso era real.

—Eso ya lo veremos.

Se acercó despacio, observándome con una mezcla de burla y algo más que no supe identificar.

—No tienes ni idea de en qué te estás metiendo —murmuró—. No entiendes lo que es.

Me levanté sin prisa, acercándome hasta quedar frente a él, lo suficientemente cerca como para sentir su respiración.

—Explícamelo —le insté.

Su sonrisa se ensanchó, torcida, provocadora, casi tanto como lo eran las mías.

—No voy a traicionarle.

Ahí estaba la verdad.

Le observé unos segundos en silencio, permitiéndole sostenerme la mirada, dejando que creyera que tenía el control de la situación.

Error.

No lo hacía.

—Entonces no me sirves.

Lo agarré del cuello de la camiseta en un movimiento rápido, tirando de él contra los barrotes hasta que su respiración se volvió irregular.

—Y yo no mantengo con vida a la puta escoria —aseguré.

La mueca no desapareció de sus labios, pero sí de sus ojos.

—Os va a destruir —bisbiseó.

Apreté un poco más, lo justo.

—Tú no vas a estar aquí para verlo.