36
Eve
El silencio que quedó después no tuvo nada de paz, se asentó entre ambos como una losa, espeso, como si todo lo que habíamos intentado apagar con nuestros cuerpos hubiese decidido esperar, agazapado, paciente, al momento exacto para volver a devorarnos desde dentro.
Apoyé la cabeza sobre su pecho, escuchando su respiración aún irregular, el latir de su corazón golpeando con fuerza contra mi oído, y durante unos segundos me permití el lujo de cerrar los ojos, fingiendo que aquello era suficiente para ensordecer al miedo, que tenerle así, conmigo, bastaba para mantener a raya todo lo malo que nos esperaba.
Pero no, nada estaba bien ahí fuera.
Lo notaba en la rigidez de su cuerpo, en la forma en la que no terminaba de rodearme, como si una parte de él siguiese lejos, atrapada en un lugar donde yo no podía alcanzarle.
—Estás en otro lugar —murmuré, sin apartarme.
No respondió, y su silencio pesó más que cualquier palabra.
Levanté la cabeza despacio, buscando su mirada, y cuando por fin la encontré, supe que no iba a gustarme lo que escondía.
—Cuéntamelo.
Su mandíbula se tensó, apenas un gesto, pero lo suficientemente claro para que yo lo pudiese descubrir.
—No quieres saberlo.
Negué, manteniendo la mirada fija en la suya, sin permitirle apartarse.
—Claro que quiero.
Este respondió con una risa baja, en la que no hubo ni pizca de gracia, una de esas que no nacen desde la diversión, sino desde el más puro agotamiento.
—No tienes ni idea de lo que estás pidiendo.
—Por eso mismo, explícamelo —insistí, sin suavizar el tono.
Algo en él cambió, lo sentí en la forma en la que su mirada se enfrió, en cómo sus manos dejaron de recorrer mi cuerpo para quedarse quietas, tensas, como si estuviera conteniendo algo mucho mayor.
Se incorporó ligeramente, obligándome a adaptarme a su nueva posición, pero no me aparté, me quedé sobre él, colocándome a horcajadas, manteniendo esa cercanía como si fuese lo único que pudiera evitar que volviese a cerrarse por completo.
Luca era el hombre de hielo, o al menos lo era con los demás.
—Mi padre… —empezó, con la voz cargada, grave— vendió a mi hermana.
El aire se quedó atrapado en mis pulmones, denso, imposible de soltar.
—¿Qué…?
—La entregó como parte de un trato con La Mort —continuó, sin apartar la mirada—, como si fuese mercancía, como si no fuese nada.
Sentí como algo se revolvía dentro de mí, con una violencia que me resultó reconocible. Sabía con exactitud lo que significaba eso, porque yo había sido lo mismo, solo que para otros. A mí no me habían vendido, pero al fin y al cabo habíamos llegado al mismo lugar.
Bajé la vista un segundo, incapaz de sostener los miedos que seguían latiendo en lo más profundo de mi ser.
—Lo siento.
Sonó débil, insuficiente, pero no pude ofrecerle otra palabra de consuelo, no cuando yo lo había vivido.
Su mano subió a mi barbilla, obligándome a mirarle de nuevo.
Había conocido a Elisa, a la dulce y guerrera Elisa. Pero jamás habría imaginado que ese era su pasado, que su propio padre la había condenado a un destino tan oscuro como aquel, uno en el que él era partícipe.
—No lo sientas —gruñó, aunque en sus labios había algo que contradecía cada una de sus palabras.
Se inclinó hacia un lado, alcanzando unos papeles que había dejado sobre la mesilla, y me los tendió sin decir nada más.
Los cogí, notando cómo me temblaban los dedos mientras los desplegaba.
A medida que avanzaba, el mundo pareció encogerse.
Bombardeos.
Rutas.
Tráfico.
Nombres que no conocía y cifras que dolían solo de verlas.
Asesinatos descritos con una frialdad que me revolvió el estómago, provocando que una arcada subiese a mi garganta.
—Esto es lo que hay detrás de mí —murmuró.
Alcé la vista despacio, encontrándome con una calma que daba más miedo que cualquier otra cosa. No encontré orgullo, pero tampoco arrepentimiento, solo aceptación, y eso era lo más peligroso de todo.
Tragué saliva, intentando encajar todo aquello, comprender la magnitud de lo que significaba estar con él, y, aun así, había algo que no conseguía comprender.
—Entonces… ¿por qué yo? —pregunté con la voz estrangulada, casi en un susurro—. ¿Por qué me compraste?
El cambio fue inmediato.
Su cuerpo se tensó bajo el mío, y su mirada se oscureció, volviéndose casi negra.
—No hagas esa pregunta.
—Necesito hacerla —insistí, clavando los ojos en los suyos.
Cerró los dedos alrededor de mi cadera con más fuerza de la necesaria, marcando, reclamando mi cuerpo como lo que era: su propiedad.
—No todo tiene una respuesta que te vaya a gustar.
—Dímela igualmente —le insté, casi a modo de súplica.
Nos quedamos en silencio, midiéndonos, tensando algo que ya estaba demasiado al límite, hasta que apartó la mirada con un gesto brusco.
—Porque ella me lo pidió —respondió.
Fruncí el ceño, negando levemente.
—No es suficiente.
—Al principio solo fue eso —musitó al borde del sincericidio—. Un pago, un encargo para que mi hermana me perdonase, pero luego te convertiste en una obsesión, en un puto virus que se metió en lo más profundo de mi alma para conquistarlo todo a su paso. No podía cerrar los ojos sin verte.
Su tono fue seco, definitivo, pero se fue apagando hasta desaparecer.
Antes de que pudiera responderle, se levantó de golpe, obligándome a soltarle, y empezó a caminar por la habitación con esa energía contenida que ya conocía, la de alguien que está a punto de estallar.
—No debería de haberte metido en todo esto —masculló, pasándose una mano por el pelo—, no sabes lo que he hecho, ni lo que voy a hacer.
—Yo ya llevo en esto mucho tiempo —dije con pesar, más para mí que para él.
Se giró de repente, y lo vi, ese lado suyo, el mismo que me había helado la sangre dentro del interrogatorio.
—¿Sabes? —preguntó sin esperar respuesta—. Voy a matarle —aseguró sin dudar—, no hay otra forma de que tenga su merecido.
Mi pecho se encogió, pero esta vez no me permití ser débil, sino que me acerqué a él, acortando la distancia hasta volver a abrazarle. Rodeé su cuello con los brazos, acercándome lo suficiente como para sentir su respiración contra mi piel.
—Voy a hacer que pague por todo lo que te ha hecho —gruñó—, por lo que le hizo a mi hermana —añadió—. Pienso matarlos.
Y esta vez no intenté detenerle.
Sentí cómo mi propia rabia, esa que creía enterrada, volvió a abrirse paso.
Alcé una mano y acaricié con cuidado su rostro. Este cerró los ojos, dejándose acunar, pero cuando me aparté de él, los volvió a abrir.
—Mátalos a todos —le pedí, con la voz cargada de algo que ya no supe contener.
Su mirada se clavó en la mía, con ojos oscuros, brillantes, peligrosos. Una sonrisa ladina cruzó su rostro, instaurándose en esos labios carnosos que me volvían loca.
—Te lo dije una vez —murmuró, acercándose hasta rozar mis labios—, tú ordenas y yo ejecuto.