35
Eve
Sus manos me rodearon como si temiera que fuese a desaparecer, y yo no hice nada por detenerle, al contrario, me pegué más a él.
Podía sentir su respiración romperse contra mi cuello, su control resquebrajándose bajo mis dedos, la forma en la que su cuerpo buscaba el mío como si no existiera nada más, como si no quedase nadie más en el mundo.
—Mírame —susurré, rozando su boca.
No obedeció.
Solo estampó sus labios contra los míos, devorándome.
Su beso no fue solo un beso, fue una maldita descarga, una forma de arrastrarme con él hacia ese lugar oscuro que se escondía en lo más profundo de su ser.
Y sí, dejé que lo hiciese, sin ofrecer resistencia.
Mis manos subieron por su espalda, clavándose en su piel, sintiendo cada músculo en tensión, cada latido desbocado mientras nuestros labios no dejaban de moverse uno sobre otro. Porque sí, lo necesitaba así, sin control, sin barreras.
Real.
Me moví contra él, incapaz de contener todo lo que estaba sintiendo, y su respuesta fue inmediata. Un gruñido gutural, bajo, casi animal, que hizo que los cimientos de mi alma se tambalearan para él.
—Eve…
Mi nombre en sus labios no fue una advertencia, sino una rendición.
—Hazlo —susurré contra su piel—. Haz que me olvide de todo.
No necesitó nada más.
Me alzó sin esfuerzo, como si no pesara nada, y mi cuerpo respondió de manera instintiva, haciendo que mis piernas le rodearan la cintura, aferrándome a él como si fuese lo único firme en el mundo que se desmoronaba.
Y tal vez lo era.
El contacto fue brusco, necesitado, casi violento, pero no me importó. Mordió mi labio inferior tirando de él, arrancándome un jadeo que no pude contener. No había espacio para la suavidad, no después de todo lo que había pasado.
Nos estábamos consumiendo, y lo cierto era que no deseaba estar en otro lugar en el mundo.
Me colocó sobre él a horcajadas, provocando que mi entrada quedase encajada a la perfección con su miembro, que clamaba mi atención, endurecido bajo mi cuerpo, palpitante, dispuesto a darme el placer que tanto deseaba.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con una mezcla de posesión y desesperación, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí, de que era suya, y yo no me aparté.
Porque en ese instante deseé serlo.
Para siempre.
Sus labios se movieron sobre los míos hambrientos, volviendo los besos cada vez más húmedos y llenos de fuego. Enterré mis dedos en su cabello, sujetándolo, permitiéndome el lujo de mantenerlo pegado a mí para que no pudiese escaparse de mí.
—Joder… —Su voz se quebró contra mi piel—. No tienes ni idea lo que haces conmigo, piccola…
Lo sabía.
Lo sentía en la forma en la que perdía el control, en cómo su respiración se volvía errática, en cómo cada movimiento suyo me arrastraba con él un poco más.
Me besó como si fuese lo único que lo mantenía en pie.
Y yo le devolví el beso con la misma intensidad, con esa necesidad de querer desaparecer en él, porque eso era lo que estábamos haciendo.
Desaparecer.
En medio del caos.
Encontrándonos en algo que no debería existir, pero que ya se había vuelto imposible de negar.
Sus manos volaron por mi cuerpo, deshaciéndose de la camiseta que llevaba, dejando al aire un brasier negro de encaje que habían preparado para mí. Contuve el aliento cuando de un solo movimiento rasgó los leggins que vestía, rasgándolos por completo.
Le miré sorprendida, encontrándome con una sonrisa ladina, tan gatuna como peligrosa. Ahogué un gemido cuando uno de sus dedos se coló entre las braguitas y mi piel. Comenzó a acariciarme, arriba y abajo, deslizándose por mi humedad como si le perteneciese.
Y lo hacía.
No me daba miedo admitir que le pertenecía, que amaba la manera en la que me poseía, ver esa obsesión que se había creado entre ambos.
Contuve un jadeo cuando sus dedos se adentraron en mí, provocando que decenas de descargas recorrieran mi cuerpo, volviendo mi respiración aún más desacompasada. Él capturó cada uno de mis gimoteos, cada quejido que salía de mi boca, saboreándolos con gusto.
—Te necesito —murmuró de nuevo contra mis labios.
Cerré los ojos, dejándome llevar, sintiendo cómo todo explotaba dentro de mí, cómo cada sensación me arrastraba a lo más profundo.
—Estoy aquí.
Sin pensarlo, me alzó lo suficiente como para poder bajarse los pantalones que vestía, arrastrando consigo los calzoncillos y dejando a la vista una poderosa erección.
Me relamí.
Y una parte de mí deseó devorarla, darle el placer que él mismo me había proporcionado horas atrás.
Intenté apartarme, pero cuando estaba al borde de sus rodillas, me tomó con fuerza por la cintura y me dejó caer directamente sobre su miembro, ensartándome de una.
Un profundo gemido se escapó entre mis labios, rasgándome la garganta.
Me sujetó con fuerza, guiando cada uno de mis movimientos.
Arriba.
Abajo.
Cada centímetro de su dura erección entraba en mí y salía, provocando que decenas de descargas eléctricas recorrieran mi cuerpo. Luca se apartó de mí, observándome al borde del delirio, con una lujuria que jamás había visto.
Su boca se deslizó por mi clavícula, creando un reguero de besos, al mismo tiempo que con un rápido movimiento se deshacía del sujetador que aún apresaba mis pechos. Me mordí el labio inferior, notando como mi sexo palpitaba, engulléndole por completo.
—Déjame conocerte —supliqué sin dejar de moverme sobre él, sintiendo toda su longitud adentrándose en mí con una facilidad insultante.
Luca gruñó aún con mi pezón en su boca.
—Hay cosas que no sabes —murmuró.
Negué con la cabeza al mismo tiempo que notaba como sus dedos apresaban mis caderas con firmeza, clavándolos en mi piel.
—Me da igual.
Sin darle opción a que dijese nada más, estampé mis labios contra los suyos, callándolo hasta que esos demonios que le atormentaban dejasen de hacerlo.
—Eres mi puta obsesión, Eve.