34
Eve
Me lancé sobre él sin pensar, como si mi cuerpo hubiese decidido moverse antes de que la información llegase a mi cabeza. Mis rodillas golpearon el suelo, y la sangre se filtró a través de la tela, empapándome, pero no me importó. Nadie importaba salvo detenerle.
Si cruzaba esa línea, no habría vuelta atrás.
—No te conviertas en uno de ellos —susurré, con la voz quebrada.
Su respuesta no fue una respuesta. Fue un gruñido bajo, cargado de algo que no supe si era rabia o desesperación.
—Sal de aquí, Eve.
Esas simples palabras me atravesaron, no por el tono, sino por lo que escondía tras ellas.
Negué despacio, notando cómo el miedo me subía por la garganta, pero sin permitirme ceder a él. Había visto de lo que era capaz de hacer. Lo había sentido en lo más profundo de mis entrañas, y, aun así, había decidido quedarme.
Porque si me iba, lo perdería.
Sabía que Luca no era ningún angel, pero una parte de mí sabía que en el momento en el que matase a su hermano no se lo perdonaría jamás.
—No —susurré, acercándome más, ignorando el peligro que suponía estar tan cerca de él—. No pienso irme.
Se movió a un lado, apartándome de un golpe seco que me hizo caer hacia atrás. El impacto me dejó sin aire unos segundos, pero el dolor físico era insignificante comparado con el que me latía en el pecho.
Aun así, me levanté.
Siempre lo hacía, y esta vez lo hice con el hacha en la mano. Ni siquiera fui consciente de cuándo se la había quitado. Solo que ahora estaba en mis manos, que no dejaban de temblarme, mientras él me observaba como si no me reconociera.
Como si fuese capaz de romperme.
—Eve… —Mi nombre en su boca se me antojó una advertencia.
—Por favor. —Di un paso atrás, negando con la cabeza—. No lo hagas.
Valentino yacía en el suelo, inconsciente, debido a un golpe, apenas respirando. El silencio que lo rodeaba era espeso, irreal, como la calma antes de algo irreversible.
Luca se pasó una mano por el rostro, manchándose aún más con la sangre de su propio hermano. Su pecho subía y bajaba con violencia. Estaba luchando con sus propios demonios, podía verlo en él, en esa forma en la que me miraba.
Y eso era lo único que me mantenía en pie.
Me acerqué despacio, ignorando el tambor de mis piernas, y apoyé la mano sobre su pecho.
Su corazón latía desbocado.
—Mírame —susurré.
Lo hizo.
Y por un instante, solo uno, dejó de ser ese hombre al borde del abismo.
Me puse de puntillas, y uní mi boca a la suya, lanzando el hacha a la esquina más lejana de la habitación. No fue un beso suave. Fue un intento desesperado de arrancarlo de ahí, de recordarle quién era, o de quién quería ser.
Su respiración chocó contra la mía, y pude verle dudar.
Entonces, cedió. Sus manos me sujetaron con fuerza, como si necesitara anclarse a algo real, como si yo fuese lo único capaz de mantenerle cuerdo.
—Perdóname —murmuró contra mis labios.
Negué sin separarme.
No había nada que perdonar, porque lo entendía, y eso era lo más peligroso de todo.
El sonido de la puerta abriéndose rompió el momento. Los médicos entraron deprisa, seguidos de Dante, cuya mirada recorrió la escena con una mezcla de tensión y reproche.
—Casi lo matas.
—No merece menos —sentenció sin soltarme.
Fue frío, cortante, como si ya hubiese tomado una decisión y, aun así, hubiese decidido retroceder por mí.
—Necesitará una transfusión —comentó—. Grupo B positivo —ordenó sin siquiera mirar a los sanitarios.
Fruncí el ceño, girándome hacia él.
—¿Cómo sabes eso?
Su mirada se clavó en la mía, oscura, impenetrable.
—Te lo dije. —Su voz bajó hasta que se volvió casi un susurro—. Lo sé todo.
No supe si aquello debía tranquilizarme o asustarme más.
Cuando se llevaron a Valentino, el silencio volvió a caer entre ambos, pesado, denso, cargado de todo lo que no nos estábamos diciendo.
Lo tomé de la mano sin pedir permiso, sacándole de la sala que habían habilitado para aquel interrogatorio.
—Ven conmigo.
No protestó, por lo que lo guie por el interior del palazzo como si fuese más mío que suyo, llevándolo hacia su habitación.
Cerró la puerta tras nosotros y, durante un segundo, ninguno de los dos se movió. Solo nos miramos. Su rostro seguía empapado en sangre, sus ojos continuaban repletos de rabia, pero también de miedo y de algo más que no supe descifrar.
Me acerqué primero.
Deslicé las manos por su torso, sintiendo la tensión en cada músculo, cómo el control que sostenía sobre sus hombros estaba a punto de romperse otra vez. Él me observaba en silencio, con esa intensidad que me desarmaba más que cualquier palabra.
No quería pensar, ni siquiera recordar.
Solo quería apagar el ruido.
—Ven —susurré.
Lo llevé hasta el baño, cerré la puerta y todo a nuestro alrededor cambió, haciendo que el ambiente se tensase, volviéndose más íntimo y peligroso.
Cogí una toalla, la cual empapé en agua templada. Con cuidado la pasé por su hermoso rostro, llevándome conmigo todo el líquido rubí que aún le cubría.
Luca era el hombre más hermoso y adictivo que había visto jamás.
Tenía los ojos más verdes del mundo, esos que te miraban como si fuese capaz de prender el mundo en llamas si se lo pedías.
Mis dedos temblaron al rozar su piel, al recorrer las líneas de su cuerpo, como si necesitara memorizarlo. Él no se apartó. No dijo nada. Se dejó hacer… hasta que dejó de poder contenerse.
Una de sus manos voló hasta mi cintura, cerrándose sobre ella, firme, posesiva.
—Eve… —masculló.
Mi nombre fue una advertencia en su boca, una rendición.
Le sostuve la mirada, deseando perderme en ella.
—Estoy aquí.
Eso bastó.
Su boca se estampó contra la mía con una urgencia que me hizo perder el aliento, sin suavidad alguna, sin control, solo pura necesidad.
Necesidad de olvidar, de sentir y de no caer.
Me aferré a él con la misma desesperación, dejando que todo lo demás desapareciera. El miedo, la sangre y el pasado.
Solo existíamos los dos, en ese instante suspendido entre el caos en el que estábamos sumidos.
—Te necesito —murmuró contra mis labios.
Y no supe si hablaba de mi cuerpo, como muchos otros habían hecho, o de algo mucho más peligroso.
Pero no me aparté, porque en el fondo, yo también lo ansiaba de la misma manera.