33
Luca
El recuerdo no llegó como algo lejano, ni como una imagen difusa que se cuela sin hacer ruido, sino como un golpe seco en mitad del pecho, de esos que te hacen contener el aliento durante unos segundos.
Fue tan real que durante un instante dejé de ver a Valentino frente a mí para volver a aquella casa donde aprendí lo que significaba la disciplina y el miedo, ese que no se siente en la piel, sino en los huesos, donde se queda a vivir aunque pasaran los años.
Durante mucho tiempo sufrí sus golpes, uno tras otro, porque según él, no jugaba lo suficiente con Valentino, porque no le hacía caso al desgraciado del niño de su secretaria, quienes se habían mudado a la ciudad desde Roma.
Estaban solos, y por eso me obligaba una y otra vez a permanecer a su lado, como un puto perro.
Podía escucharle.
Siempre podía.
Sus pasos avanzando por el pasillo, lentos, medidos, como si disfrutara del tiempo que tardaba en encontrarme, como si no supiera que cuanto más alargaba ese momento, más profundo se clavaba en mí el terror de saber que no habría escapatoria posible.
Yo me escondía.
Donde fuera.
No importaba.
En un armario, bajo la cama, dentro de aquella maldita rejilla de ventilación donde apenas podía respirar, donde me quedaba quieto, en silencio, rogando que esa vez no me encontrara, que pasara de largo, que por una puta vez se olvidara de mí.
Pero nunca lo hacía.
Porque él siempre hablaba.
Valentino.
Siempre encontraba la forma de salvarse, de ser el niño bendito, el predilecto, dejándome expuesto, solo, esperando a que esa puerta se abriera.
Y cuando lo hacía… no hacía falta que dijera nada más.
Sus manos hablaban por él.
Apreté la mandíbula, notando como ese recuerdo se mezclaba con el presente hasta el punto de no saber discernir dónde terminaba uno y empezaba otro, porque la rabia que me recorría en ese instante no era nueva, no era solo por Eve, ni por lo que acababa de decir…
Era algo mucho más antiguo, más podrido, algo que llevaba demasiado tiempo esperando a salir.
Lo miré.
De verdad.
Ensangrentado, roto, atado a esa silla como un animal al que aún no habían sacrificado, y, aun así, tenía esa maldita expresión que siempre había tenido, esa que me decía que no había aprendido nada, que seguía siendo el mismo hijo de puta que me vendía cuando éramos críos.
—¿Qué va a decir tu padre cuando vuelvas así? —murmuré, dejando que las palabras salieran despacio, saboreándolas—. ¿O crees que esta vez tendrás la suerte de acabar en una bolsa de basura? —cuestioné—. Porque ganas no me faltan.
Su respiración era irregular, pesada, pero, aun así, sonrió, y fue ese gesto lo que terminó de encender algo dentro de mí que estaba a punto de estallar.
—Eres un puto bastardo —escupió.
La sangre me salpicó el rostro, cálida, espesa, que comenzó a deslizarse por mi piel sin que me molestara en limpiarla, porque en ese momento lo único que deseaba era continuar viéndolo romperse delante de mí, igual que él lo había hecho conmigo una y otra vez.
Desvié la mirada apenas un segundo.
Eve seguía ahí, inmóvil y tensa.
—Lárgate —le ordené, sin apartar la mirada de él, pero viéndola por el rabillo del ojo—. No tienes por qué presenciar esto.
Negó con la cabeza, sin dudar.
Y ese gesto... joder, ese puto gesto hizo que algo en mí se retorciera, porque no era miedo lo que veía en ella, al menos no del todo, sino algo mucho más peligroso, algo que la anclaba ahí, conmigo, a sabiendas de lo que estaba a punto de hacer.
Volví a centrarme en Valentino, acercándome despacio, dejando que el silencio se asentara entre nosotros lo suficiente como para que entendiera que se le había acabado el margen.
—Dime qué coño quiere Giovanni —murmuré, clavando la mirada en la suya—. Y más te vale no jugar conmigo.
—¡Vale, vale! —vociferó—. Para, joder —exclamó—. Te lo diré.
—¡Dime por qué cojones lo hizo! —le golpeé con firmeza.
Valentino tenía la cabeza ladeada hacia la derecha, apenas podía sostenerse en la silla, aunque por suerte para él no era necesario, ya que una cuerda le sujetaba con firmeza impidiendo que cayese al suelo.
Me escupió a los pies, manchando mis zapatos de un enorme reguero rubí.
—Está bien, te lo diré… —dijo con la boca llena de sangre.
Le di una larga calada al cigarrillo que tenía entre los labios, llenándome los pulmones y buscando algo de calma que no parecía llegar.
—La madre… La madre de Eve murió por una sobredosis —me informó, provocando que una parte de mí se rompiese—.
Tu padre fue el culpable, porque era él quien le proveía de cocaína, mientras se la follaba —continuó—.
Ahora necesita un recambio en el que poder tener la polla caliente, y parece que tu mujer —hizo hincapié en las dos últimas palabras—, es el mejor de los lugares…
No le dejé terminar.
Apagué el cigarro en su cuello con una lentitud calculada, presionando lo suficiente como para que el sonido de la carne quemándose se mezclara con el alarido que no pudo contener.
Aun así, no aparté la mirada, porque necesitaba que entendiera que cada palabra que saliera de su boca iba a tener consecuencias, igual que sus actos.
—Ya que no puede follarse a su madre, tendrá que conformarse con esa. —Señaló a Eve con un movimiento de cabeza.
Y ahí fue cuando todo dejó de importar.
Lo agarré del cuello de la camisa y tiré de él hacia mí con violencia, sintiendo cómo la silla se deslizaba bajo su peso mientras nuestras frentes chocaban, al mismo tiempo que sostenía el hacha en mi mano, y la colocaba contra su cuello.
—No tienes ni puta idea de lo que estás diciendo… —murmuré con la voz rota por la maldita rabia—. Vas a conocer a un Luca que ha estado mucho tiempo lejos de ti, porque, que te quede claro una cosa, tú no me conoces.
—A lo mejor así veo si eres digno sucesor de nuestro padre.
Sonreí.
Pero no fue una sonrisa afable, sino llena de oscuridad e ira.
—Lo único que voy a hacer es arrasar con todo lo que ha construido —bisbiseé, acercándome lo suficiente como para que pudiese sentir cada palabra—. Su imperio, su nombre… Todo.
—Y eso por una puta.
Dejé ir una carcajada vacía.
—No, no has entendido nada —comenté sin ganas—. Esto no solo lo hago por ella, ni por las mujeres con las que comercia; lo hago por mi hermana, porque ella sí que es parte de mi familia, no como tú —escupí furioso—. Qué pena que no vayas a tener el placer de conocerla.
Reseguí su cuello con el arma como un jodido demente, dispuesto a acabar con la vida del miserable que tenía frente a mí.
Iba a derrotar a cada persona que estuviese cerca de mi padre, hasta que acabase quedándose solo.
Me daba igual tener que matar a alguien de mi sangre, porque él había sido capaz de poner en juego la vida de mi hermana, y eso no se lo perdonaría jamás.
—Púdrete en el infierno, Valentino.
Solo fue un segundo, uno en el que mi mente no supo si disfrutaba más de verle hecho una mierda o de saber que iba a morir. Alcé el brazo, con el hacha en la mano, dispuesto a acabar con todo, cuando de repente, algo cambió.
—¡Luca, no!