La obsesión del jefe 32
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Luca

No sabía en qué momento crucé la línea, solo que cuando quise darme cuenta ya estaba sobre él.

Unas simples palabras lo habían detonado todo, permitiendo que la rabia saliese por cada poro de mi piel, derrocando cualquier ápice de control que pudiese quedar dentro de mí, transformándolo en pura necesidad, en ese impulso primario que me empujó a abalanzarme sobre Valentino sin pensar, sin medir, sin siquiera importarme nada más.

Mi puño impactó contra su rostro con una fuerza seca, haciendo que su cabeza se ladease con violencia mientras la silla crujía soportando nuestro peso. Pero no me detuve.

No pude.

Volví a golpearle.

Una.

Dos.

Tres veces.

Hasta que la madera cedió bajo nosotros y ambos caímos al suelo en medio de un estruendo que retumbó por toda la sala.

—Eres un maldito hijo de puta —gruñí entre dientes, sintiendo cómo la sangre me hervía bajo la piel.

Lo sujeté por la camisa, tirando de él hacia arriba lo suficiente como para poder golpearle de nuevo, notando cómo su cuerpo empezaba a responder con menos fuerza, quedándose sin esa resistencia con la que intentaba zafarse de mí.

Pero no fue suficiente.

Nada lo sería.

Me puse de pie, como impedido por un resorte, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando de forma irregular mientras la rabia seguía golpeándome por dentro, como si no tuviera intención de desaparecer.

Lo miré desde arriba.

Estaba completamente ido, y lo peor era que no me importaba.

Valentino tenía el rostro ensangrentado.

Destrozado.

Y, aun así, sonreía.

—Será mejor que empieces a hablar —mascullé, tomándolo con fuerza y colocándolo sobre la silla que había al lado.

Me senté frente a él con una calma que no sentía, armándome de toda la paciencia que pudiese para no acabar con él antes de tiempo.

Mi hermano escupió sangre al suelo antes de alzar la mirada hacia mí, todavía con esa media sonrisa torcida que se dibujaba en sus labios.

—Puedo contarte lo que quieras, hermanito —respondió con sorna.

Me incliné lo justo para quedar a su altura, sosteniéndole la mirada sin siquiera pestañear.

—Vamos al grano —sentencié en voz baja—. ¿Por qué coño quiere Giovanni a Eve?

Por primera vez dudó, no fue evidente, pero pude discernir un pequeño gesto, un segundo en el que vi que no esperaba esa pregunta.

—Vaya… —murmuró—. No pierdes el tiempo.

No lo tenía, cada vez se agotaba más.

—Respóndeme.

Me incorporé despacio, manteniendo la tensión, dejando que el silencio se alargara lo suficiente como para que entendiera que no iba a repetirme.

Valentino dejó escapar una carcajada ronca, a la vez que sacudía la cabeza de un lado a otro, permitiendo que el líquido rubí descendiese por su barbilla.

—¿De verdad crees que voy a contarte lo que Giovanni lleva toda la vida escondiendo? —escupió—. Me mataría en cuanto tuviera oportunidad.

Incliné la cabeza apenas un poco, observándole con dedicación.

—¿Y qué crees que haré yo?

El silencio que siguió fue distinto.

Más pesado, como si se hubiese percatado de lo que era capaz.

—Parece que no quieres colaborar —añadí, pasándome la lengua por los dientes—. Tendré que ser un poco más persuasivo.

Sus ojos se deslizaron entonces hasta Eve, y una asquerosa sonrisa emergió en sus labios, provocándome.

—No sabes cuántas ganas tengo de follármela —murmuró, relamiéndose—. Si te apetece, puedo dejarte mirar.

No vi nada más.

No escuché nada.

Solo sentí cómo algo en mi interior se rompía de forma definitiva.

Me moví deprisa, con el corazón al borde del colapso y con todo el cuerpo ardiendo hasta límites insospechados. Apreté la mandíbula. Lo agarré por el brazo, girándolo con brusquedad hasta estrellarlo contra la mesa, obligándolo a extender la mano sobre la superficie, sin darle tiempo a reaccionar.

Parecía no saber a quién se estaba enfrentando, pero pronto lo averiguaría.

—Luca. —Escuché la voz de Eve a lo lejos.

No la miré, ni siquiera intenté hacerlo.

Abrí el maletín sin apartar la vista de él, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo se tensaba mientras cogía el hacha con una precisión que no dejaba lugar a dudas.

Valentino intentó forcejear.

—No… espera… —balbuceó, por primera vez sin esa seguridad de mierda tras la que se escondía.

Pero ya era demasiado tarde.

Bajé el brazo.

El golpe fue seco, brutal.

El sonido del hueso al ceder se mezcló con un alarido desgarrado que llenó la sala mientras la sangre empezaba a extenderse sobre la mesa.

Eve dejó ir un grito ahogado.

Me pasé una mano por el rostro, percatándome de los restos de salpicadura que llevaba sobre mi piel.

Poco me importó, ya que me incliné hacia él, acercándome a su cara, mientras él solo podía temblar.

—Que sea la última puta vez que hablas así de mi mujer.