31
Eve
El golpe en la puerta no fue discreto, ni mucho menos oportuno, sino seco y cargado de urgencia, rompiendo sin contemplaciones el aire denso que todavía se mantenía entre nosotros, como si alguien hubiese decidido arrancarnos de ese momento tan especial sin darnos opción a aferrarnos un segundo más a él.
Mi cuerpo continuaba reaccionando al suyo, sensible, anclado a cada caricia que había dejado marca en mi piel. El sonido me atravesó por completo, devolviéndome de golpe a una realidad que no tenía nada que ver con lo que acabábamos de compartir.
Luca no se apartó de inmediato.
Mantuvo su brazo sobre mis hombros, permitiéndome que reposase contra su pecho mientras continuaba con los ojos cerrados. Volvieron a llamar nuestra atención, y entonces dejó escapar un gruñido bajo, cargado de frustración.
—Lárgate —vociferó.
Al otro lado hubo un breve silencio, apenas duró un par de segundos.
—Luca. —La voz de Dante llegó firme, sin rodeos—. Ha pasado algo.
Y eso fue suficiente.
Noté como todo su cuerpo se tensaba bajo el mío, cómo algo cambiaba en su expresión, apagando ese rastro de calidez que me había permitido ver en él, para dejar paso de nuevo a esa frialdad controlada que le definía, esa que siempre aparecía cuando el mundo real reclamaba su atención.
Se incorporó despacio, pasándose una mano por el rostro antes de mirarme, y durante un segundo, solo uno, volvió a suavizarse.
—Quédate —murmuró, deslizando sus dedos por mi cintura con una calma que contrastaba demasiado con la situación.
Aquella no era mi habitación, sino la suya, había entrado en su privacidad, allí donde no dejaba acceder a nadie más.
Sus labios rozaron los míos con una cercanía peligrosa.
—Cuando termine —Hizo una pausa—, puedo volver a hacerte una visita.
Una leve sonrisa ladina se dibujó en su boca.
—Te tendría aquí metida toda la vida.
No pude evitar que una risa suave escapara de entre mis labios, aún con la respiración desacompasada por todo lo que acabábamos de compartir.
—No durarías ni dos horas —respondí, sintiendo cómo el calor volvía a subir a mis mejillas—. El deber siempre te llama…
Antes de que pudiera terminar la frase, Luca estampó sus labios contra los míos, devorándome con saña.
—Acompáñame.
Entonces, llegó un tercer golpe en la puerta que fue aún más fuerte, más insistente, como si el tiempo de margen hubiese acabado definitivamente.
—Luca —insistió Dante—. Ahora.
Y ahora sí, el momento se rompió por completo.
Luca chasqueó la lengua con molestia antes de apartarse, incorporándose con esa rapidez precisa que tenía cuando algo requería su atención inmediata, vistiéndose sin perder un segundo mientras yo hacía lo mismo, notando cómo el calor de su cuerpo desaparecía poco a poco del mío, y con él, esa sensación de seguridad que empezaba a volverse demasiado necesaria.
Nos miramos un instante, y en ese cruce de miradas supe que lo que venía ahora no tendría nada que ver con lo que acabábamos de vivir.
—Vamos.
El pasillo estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo, sino uno cargado de tensión, de esos que se adhieren a la piel y te obligan a mantenerte alerta incluso sin saber por qué.
Dante nos esperaba frente a la sala de interrogatorios, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en Luca.
—Ha despertado —dijo sin rodeos.
Luca no respondió, solo avanzó y yo le seguí sin detenerme a pensar si debía hacerlo o no, porque en ese punto ya no era capaz de quedarme atrás.
Contuve el aliento.
Lo vi en cuanto cruzamos la entrada.
Valentino.
Estaba sentado, esposado, con el rostro marcado por los golpes y la sangre seca que dibujaba líneas oscuras sobre su piel, pero aún así, cuando alzó la cabeza y nos vio, una sonrisa se dibujó en sus labios hinchados.
Fue una mueca torcida, cargada de algo que hizo que se me revolviera incluso el estómago.
—Vaya… —murmuró—. Si es la princesita.
Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes de que pudiera evitarlo, cómo algo en mi interior se encogía al reconocer ese tono, esa forma de hablar que arrastraba demasiados recuerdos que no quería volver a tocar.
Luca se tensó al instante.
Lo percibí por la forma en la que su respiración cambió, en cómo sus manos se cerraron en puños con una fuerza que no necesitaba ver para saber que estaba a punto de explotar.
No dijo nada, permaneció en silencio, como si las palabras no fuesen suficientes como para poder expresar la rabia que le corría por las venas.
Valentino soltó una risa baja, despreocupada, como si nada de aquello le afectara lo más mínimo, como si le diese igual la paliza que había recibido hacía apenas unas horas.
—Será mejor que te calles —comentó Luca al mismo tiempo que sacaba un cigarro para llevárselo a la boca.
—¿O qué? —Ladeó la cabeza, mirándome sin apartar esa expresión asquerosa—. ¿Vas a defender a tu juguetito?
Un enorme nudo se creó en mi garganta.
No dije nada, no podía.
Mi mente empezaba a jugar en mi contra, una y otra vez, devolviéndome a esa vida en la que había pasado demasiado tiempo.
—No esperaba menos de ti —continuó—. Meter la polla en la puta más cara que ha tenido tu padre en su cama.
El aire desapareció.
Literalmente.
Sentí cómo algo se rompía dentro de mí, cómo el pecho se me encogía y la respiración se volvía pesada, irregular, mientras cada palabra se clavaba en lo más profundo de mi alma, donde más dolía.
Luca dio un paso al frente, pero entonces tiré de él, de su mano, notando la rigidez de cada parte de su ser.
Mi mente iba a mil por hora, pero tan solo cuatro palabras salieron por mi boca sin que pudiera hacer nada por frenarlas.
—¿Para esto querías que viniera? —cuestioné, sintiendo como todo me da vueltas.
Luca se giró hacia mí, como si no pudiese creerse lo que acababa de escuchar. Me observó con el semblante serio, tanto que provocó que un escalofrío me recorriese de pies a cabeza. Se llevó una mano al entrecejo, y lo masajeó, en lo que creí que se armaba de paciencia.
—¿De qué cojones hablas?
—Desátame —le instó Valentino—, voy a enseñarle cómo folla un hijo de Giovanni Moretti.
Luca le fulminó con la mirada, pude verlo en la forma en la que apretaba con fuerza la mandíbula.
—Voy a matarte —masculló, con la voz tan baja que un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, mientras sus dedos se cerraban hasta crujir.
No gritó.
No lo necesitaba, porque en su voz no había amenaza… había la certeza de que no dudaría en apretar el gatillo en cuanto tuviese oportunidad.
Me moví antes de pensarlo, interponiéndome entre ambos, sujetando su brazo con ambas manos, intentando detener algo que sabía que no iba a ser fácil de frenar.
—Luca… —susurré.
No me miró.
Sus ojos continuaban fijos en él.
Oscuros.
Peligrosos.
—Te está provocando —insistí, apretando un poco más—. No le des lo que quiere.
Valentino volvió a reír, esta vez más alto.
—¿Provocando? —escupió con saña—. Pregúntale si no se acuerda.
El estómago se me revolvió con fuerza.
—La mamaba de puta madre —añadió, relamiéndose—. Siempre tan obediente y complaciente.
—¡Cállate! —vociferé sin poder hacer nada por frenar esa simple palabra que me rasgó la garganta.
El silencio que siguió fue aún peor.
Porque ahora tenía su atención.
—Mírala. —Sonrió ladino—. Si hasta le duele recordar.
Noté cómo Luca se movía detrás de mí, cómo su cuerpo temblaba de la maldita rabia contenida, como si estuviera a un solo paso de perder el control por completo.
—Te juro que…
—No. —Me giré hacia él, sujetando su rostro entre mis manos, obligándole a mirarme—. No lo hagas.
Y entonces lo vi, ese punto exacto en el que todo se iba a la mierda.
—Eve… —murmuró, con la voz cargada de algo mucho más peligroso que la rabia—. Apártate.
Negué con un simple movimiento de cabeza, porque a pesar de lo que mi mente me decía —que me había utilizado para provocar a Valentino—, mi corazón quería creer que no era más que esa vocecilla que siempre me hablaba al oído, para contarme una realidad que no existía.
Valentino chasqueó la lengua, divertido.
—Qué escena más bonita —comentó jocoso—. La puta intentando salvarle la vida al monstruo que creó su verdugo.
Y eso fue suficiente. Porque sentí cómo Luca se soltaba de un manotazo, tirándome al suelo de espaldas, y esta vez, supe que ya no había forma de detenerlo, porque cuando Luca cruzaba esa línea, no volvía atrás.