La obsesión del jefe 30
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Luca

En mi mente se repetía una sola cosa: no debería haberla tocado.

Esa fue la primera verdad que me golpeó en cuanto la tuve debajo de mí, con el cuerpo rendido y la mirada perdida en la mía, como si no existiera nada más allá que ese maldito instante.

Y, aun así, no fui capaz de apartarme.

Porque Eve no encajaba en mi mundo, jamás lo haría.

Era demasiado limpia y pura como para todo lo que me rodeaba, para lo que yo era. Se me antojó como si alguien hubiese cometido el error al cruzar nuestros caminos, arrojándola al lugar equivocado sin darle la posibilidad de escapar.

Un maldito ángel en medio del infierno.

Y yo… yo no era el tipo que salvaba a nadie, sino el que los condenaba a muerte.

Apreté la mandíbula, notando cómo el pecho se me tensaba mientras la observaba con delirio, recorriendo cada uno de sus rasgos con una tranquilidad que contrastaba demasiado con el caos que llevaba dentro.

Tenía los labios entreabiertos, como si le costase respirar, y es que su pecho no hacía más que subir y bajar a trompicones mientras su cuerpo solo hacía que reaccionar a cada uno de mis movimientos, como si ya me perteneciese.

Ahí estaba el problema: empezaba a sentir que lo hacía, que era tan mía como el aire que respiraba.

Deslicé la mano por su cintura, aferrándola con firmeza, acercándola más a mí, como si ese simple gesto fuese suficiente para asegurarme de que seguía ahí, de que no se desvanecería como todo lo demás.

—Joder… —murmuré contra su piel, cerrando los ojos un instante.

No podía pensar con claridad, no cuando la tenía así, no cuando todo en mí me gritaba que no la soltara.

Sabía que no debía hacerlo, que mi mundo no era para ella, y, aun así, mis labios recorrían su cuerpo una y otra vez, siendo incapaz de mantener la distancia, como si mi propio ser hubiese decido ignorar cualquier resquicio de cordura que pudiera quedar en mí.

Mis labios recorrieron sus piernas, deteniéndose apenas un segundo. Besé el nacimiento de su sexo, aquel lugar sagrado que habían profanado como salvajes lo harían con un templo.

Eve se estremeció.

Y eso fue suficiente como para perder el poco control que me quedaba.

—No debería estar haciendo esto… —murmuré, más para mí que para ella.

Pero no me detuve, tampoco me lo pidió.

Tenerla entre mis brazos de aquella manera, tan expuesta, y mi boca cerca de su lugar prohibido era una adicción a la que no quería renunciar de ninguna de las maneras.

Abrí sus piernas con cuidado, besuqueándolas, colmándolas del amor que jamás habían recibido. Recorrí su cuerpo, memorizándolo, apropiándomelo de una forma que no tenía nada de sana.

Me coloqué frente a ella, y su sexo se abrió para mí como el mejor de los regalos.

Adentré uno de mis dedos entre sus pliegues, de nuevo, masajeándola con dedicación.

Mi lengua recorrió su clítoris, consiguiendo que un gemido se le escapase cuando la penetré con el índice, dispuesta a llevarla al cielo.

Sabía que era un egoísta.

Jodidamente egoísta.

Porque sabía lo que era mejor para ella y, aun así, no iba a permitirlo, nadie la alejaría de mí.

—Mírame —le ordené mediante un gruñido.

Hizo lo que le pedí, mostrándome una mirada cristalina, embarrada en lágrimas, pero llena de una lujuria y perversión que jamás había visto en nadie.

La devoré con lentitud, arrancándole decenas de quejidos mientras sus manos se aferraban a mi cabello, instándome a que me hundiera en ella un poco más.

—Te necesito —dijo con la voz estrangulada.

Sonreí ladino, pero hice caso omiso a sus palabras. Continué a lo mío, lamiéndola de arriba abajo como si fuese el mejor de los helados al mismo tiempo que mis dedos no dejaban de entrar y salir de su interior.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

El cuerpo de Eve se tensó por completo, y no pude evitar sentir ese orgullo que me quemaba el pecho.

Mi miembro palpitó ansioso solo de escucharla.

A cada gimoteo que salía de su boca, más ganas tenía de ir a matar a cada hombre que le hubiese puesto una mano encima. Porque si algo tenía claro era que Eve era completamente mía.

—Luca —musitó.

De un tirón, me apartó de su lugar sagrado, haciendo que la observase aún con la cara manchada de su esencia. Apreté la mandíbula, joder. Iba a borrarle esos malos recuerdos a base de folladas.

—Aquí —sentenció—. Ahora.

Por un momento creí que me moriría entre sus piernas, no por lo que había encontrado en ellas, sino por esa maldita actitud que me estaba volviendo loco.

Podría haberle traído la cabeza de mi padre en una cajita de regalo si me lo hubiese pedido, los penes de cada uno de los hombres que la habían violado, y ni siquiera habría tenido que justificarme por ello.

Trepé por su cuerpo, observándola como un depredador a punto de cazar a su presa. Cuando llegué a la altura de su rostro, estampó sus labios contra los míos, tirando del inferior con rabia, arrancándome un quejido que pareció divertirle.

Noté el sabor metálico de la sangre, pero entonces, volvió a besarme, llevándose cualquier rastro del líquido carmesí.

Me quité los calzoncillos con un rápido movimiento, dejando a la vista mi miembro endurecido, y sin pensarlo ni un solo segundo, me adentré en ella, provocando que ambos gruñéramos de placer.

—Eres un puto problema —susurré contra su boca, completamente ido—. El peor que he cometido… y, aun así, volvería a hacerlo una y mil veces.