29
Eve
Sentía el corazón henchido de algo que no era capaz de comprender, de un sentimiento que se me antojaba tan ajeno y tan extraño que solo podía notar como mis ojos se humedecían.
Luca me observaba con esa intensidad de siempre, la misma que me desarmaba sin ningún esfuerzo. Su cuerpo continuaba pegado al mío, firme, inamovible, como si no hubiese espacio para nada más entre nosotros.
—¿Qué es lo que más deseas? —susurró contra mis labios, con esa voz aterciopelada y ese acento italiano que siempre conseguía hacerme temblar hasta los cimientos.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
No supe qué decir, porque la respuesta me quemaba y porque decirla en voz alta significaba reconocer algo que ya era innegable, que iba mucho más allá de lo que estaba ocurriendo en nuestra vida.
Sus dedos se deslizaron por mis caderas con calma, sin prisa, como si supiera que no necesitaba correr, que ya me tenía exactamente donde deseaba.
—Dímelo —insistió, rozando mi boca.
Tragué saliva. Mi sexo se humedeció al instante, y el corazón se me aceleró de tal manera que apenas podía pensar con claridad.
—A ti —murmuré con la voz estrangulada—. Te deseo a ti, Luca.
El silencio que siguió fue breve, pero lo sentí como una eternidad.
Sus ojos se oscurecieron y entonces sonrió ladino.
No fue una mueca suave, o tranquila, sino una mucho más peligrosa, como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo sabiendo.
—Entonces has tenido suerte —aseguró contra mi boca, como si aquella distancia fuese lo más alejado que estaría de mí —. Porque es lo único que quiero darte.
Sus manos volaron por mi cuerpo, moviéndose con una sensualidad que no había conocido jamás. Mi piel se erizó al sentir sus dedos rozándola, recorriéndola como si quisiera grabar a fuego en su mente cada rincón de mi cuerpo, como un maldito mapa del tesoro.
No despegó sus labios de los míos, besándome con una intensidad que no tenía nombre, provocando que mi sexo ardiese, anhelante de lo que estaba a punto de suceder.
Una parte de mí tuvo miedo, las únicas experiencias que había tenido en mi vida habían sido violaciones, pero en aquel momento, solo podía pensar en él.
Luca descendió por mi cuello, posando sus labios en mis clavículas, mientras sus manos se colaban bajo la camiseta que vestía para hacerla desaparecer, lanzándola al final de la habitación.
La respiración se me volvió agitada, tanto que solo podía coger grandes bocanadas de aire mientras el corazón me latía como un tambor de guerra.
El pecho me subía y bajaba incansable, mientras él continuaba con su reguero de mimos, hasta que llegó a mis pechos.
Posó su boca sobre mi pezón derecho, lamiéndolo con devoción mientras que el otro no dejaba de masajearlo con ligeras caricias que conseguían arrancarme suspiros.
Contuve el aliento cuando una de sus manos bajó hacia mi sexo, cobijándolo como si se tratase del mejor de los tesoros.
—Tranquila —musitó.
Y por alguna razón, esa simple palabra fue suficiente para que mi cuerpo dejase de tensarse. Le deseaba con toda mi ansia, como jamás había deseado a nadie, ni siquiera a Sasha, el único hombre del que creí que podría enamorarme.
Joder, qué equivocaba estaba.
No sabía lo que era el amor, no hasta que Luca se cruzó en mi camino, convirtiéndose en una maldita obsesión de la que no sabía cómo iba a salir. Ni si quería hacerlo.
Tragué el nudo que se había creado en mi garganta, y solté un gemido cuando uno de sus dedos se coló entre mis pliegues.
—Estás tan húmeda —gruñó, provocando que mi sexo palpitase.
Sentí mis mejillas enrojecerse, cómo mi rostro ardía debido a la vergüenza de verme en aquella situación. El hombre de mis sueños, el mismo que me había comprado, ahora estaba sobre mí, preparado para darme el placer que merecía.
Ahogué un quejido cuando tiró de mi pezón, el mismo que llevaba maltratando varios minutos. Sonrió ladino, pero yo solo pude fijarme en la forma en la que veneraba mi cuerpo, besándome como si quisiera borrar cada una de las cicatrices que cubrían no solo mi piel, sino mi alma.
—Mírame —ordenó.
Comenzó a acariciarme, sus dedos jugaban alrededor de mi abultado botón, consiguiendo que decenas de descargas me recorrieran de pies a cabeza.
Le deseaba de una manera enfermiza, la misma que me llevaría a la más absoluta condena, pero lo cierto era que poco me importaba. Después de toda una vida perdida, quería volver a ser libre, o al menos tener la libertad que él era capaz de proporcionarme.
Siendo franca, aun estando encerrada en aquella maldita casa, le habría elegido por encima de todo. Porque por alguna razón, había algo en él que me arrastraba a la más profunda oscuridad, pero no a una mala, sino a una de esas de las que no quieres salir.
Gimoteé cuando uno de sus dedos se adentró en mi interior, penetrándome con una facilidad casi insultante. Pude ver cómo Luca apretó la mandíbula, sin apartar su mirada de mi sexo, con ese gesto rudo que me hacía perder el sentido.
Abrió mis piernas, colándose entre estas. Comenzó a besar el interior de los muslos, creando un reguero que ascendía con una lentitud delirante, provocándome, llevándome a un estado del que no quería salir.
Mi respiración se volvió agitada, y solo pude arquear la espalda cuando un segundo dedo se coló en mí.
—Estás tan prieta… —masculló entre dientes.
Me mordí el labio inferior.
—Eres… un jodido regalo —dijo en voz tan baja que pasó de aterciopelada a gutural.
Algo en mí se rompió.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera evitarlo, deslizándose por mis mejillas con una facilidad insultante, porque no dolían, no quemaban… eran distintas.
—No llores —me pidió.
Sus dedos recorrieron mi rostro con una delicadeza que no encajaba en todo lo que era, limpiando cada gota con una atención que me dejó sin aliento.
—Los ángeles no lloran, carusa.
Negué con la cabeza, esbozando una sonrisa temblorosa.
—Daría mi vida por ti —gruñó al borde del delirio—, y eso es justo lo que me preocupa.
—Fóllame, Luca.