28
Luca
—Adelante —sentenció—. Hazlo… si con eso vas a dejar de comportarte como un capullo.
Apreté los puños, sintiendo cómo la rabia me recorría por dentro como un veneno, instaurándose en cada rincón de mi cuerpo, tensándolo. No era solo lo que decía, era la forma en la que me miraba mientras lo hacía, desafiándome, empujándome justo donde sabía que iba a joderme.
—Será mejor que te calles —bisbiseé.
—¡Vamos! —bramó, con la voz quebrada—. No serías el primero y no vas a ser el último.
Oh, claro que lo iba a ser. Nadie más le pondría la mano encima fuese o no mía, porque me encargaría de matarlos a todos.
Cerré los ojos un instante, solo uno.
Porque si no lo hacía, iba a perder el control de una forma que no iba a poder contener.
Me incliné despacio hacia ella, rozando su frente con mis labios, conteniendo todo lo que llevaba dentro con un esfuerzo que llegaba a desgarrarme.
—No quiero follarte, Eve —susurré contra su piel—. Quiero cerrarte cada herida que te han hecho.
Mi voz sonó grave, más de lo que esperaba, porque no era deseo lo que había en mi interior, era algo mucho peor.
Alzó la mirada, y en sus ojos vi ese choque que siempre me desarmaba, una mezcla entre miedo y fuego, uniéndose de una forma que no tenía sentido.
—Pues hazlo —dijo en voz baja, al mismo tiempo que posaba una de sus manos sobre mi pecho—, pero deja de volverme loca.
Eso fue lo último que necesitaba.
La distancia entre ambos desapareció, no de golpe ni con brusquedad, sino con esa lentitud calculada que era como la calma que precedía a la tormenta.
Deslicé las manos por su cuerpo sin prisa, recorriéndola como si necesitara memorizar cada centímetro antes de perder la cabeza por completo. Noté cómo se tensaba bajo mi tacto, cómo su respiración cambiaba, reaccionando a mí sin que pudiera evitarlo.
Mi miembro se endureció al instante contra su vientre, provocando que ella dejase ir una bocanada de aire. Llevaba ansiando ese momento demasiado tiempo, tanto que apenas era capaz de recordar desde cuándo.
—¿Estás segura?
Ella asintió, y pude ver como sus ojos brillaban.
Y eso me destrozó.
Porque ya no había vuelta atrás.
Tiré de la tela que cubría sus caderas, bajándola despacio, sin apartar la mirada de la suya, observando cada reacción y pequeño gesto que delataba todo lo que estaba sintiendo, aunque no lo dijera.
Su respiración se volvió agitada, igual que el latir de mi corazón que se había desbocado al máximo, volviéndose ensordecedor.
Estampé mis labios contra los suyos, devorándola con una obsesión enfermiza.
Ella me correspondió de la misma manera, haciendo que nuestra unión se volviese cada vez más húmeda.
Se deshizo como pudo de las botas que llevaba, con cierta torpeza, mostrándome que estaba tan al límite como lo estaba yo.
—Mírame —le ordené en voz baja.
Y eso hizo.
Joder si lo hizo.
Con esa mezcla de inseguridad y deseo que me golpeó directamente en el pecho. Dios, estaba enfermo, pero no en el peor sentido de la palabra, sino que me había vuelto loco por ella.
Alcé una de mis manos para acariciar su rostro, grabándolo a fuego en mi memoria, como si supiese que ese instante no se volvería a repetir.
Le quité el jersey con rapidez, intentando no ser brusco, dejando al descubierto su piel, esa que parecía demasiado limpia para el mundo al que pertenecíamos. Bajé la mirada un segundo y tuve que apretar la mandíbula para no perder la cordura.
En la parte inferior de su vientre había una cicatriz alargada, no la de una cesárea como podría esperarse después de su aborto, sino de una jodida puñalada.
Tomé aire, dejándolo ir a modo de gruñido, porque si hubiese estado en cualquier otro lado habría matado al hombre que la hirió.
—Mírame —me ordenó esta vez ella.
Volví a su boca, esta vez sin contención.
La besé con hambre, con esa necesidad y lo que llevaba guardando demasiado tiempo en lo más profundo de mi ser. Porque sí, la deseaba, pero no solo en el plano físico. Habría sido capaz de arrancarme el puto corazón y entregárselo si me lo pedía.
Era un sentimiento tan irracional que no entendía de leyes ni mundos, uno que me haría ser capaz de prenderlo todo en llamas con tal de vengarla.
Mi mano subió hacia su nuca, sujetándola con firmeza, no para hacerle daño, sino para asegurarme de que no se apartaría, de que no iba a desvanecerse entre mis manos como me había ocurrido decenas de veces en sueños.
La empujé con suavidad hasta la cama, haciendo que se sentara primero y después cayera sobre el colchón sin apartar mis labios de los suyos.
El aire entre nosotros volvió a desaparecer, volviéndose denso e irrespirable.
Me coloqué sobre ella, sosteniendo mi peso con los brazos, sin llegar a aplastarla, pero dejando claro quién tenía el control.
—No sabes lo que estás pidiendo —mascullé contra su boca.
Sus manos subieron por mi torso, deteniéndose en la cinturilla de mi pantalón, dudando apenas un segundo antes de tirar de ella.
La observé con devoción, y algo en mí se rompió cuando me percaté de que no había miedo, sino una lujuria férrea y una decisión que nada podría cambiar.
—Hazme tuya —susurró.
Cerré los ojos un segundo.
Solo uno, como si necesitara ese instante para no arrodillarme ante ella.
—Repítelo —le insté.
Mi voz salió más baja, llena de tensión, y más rota de lo que me habría gustado admitir.
—Necesito que me hagas tuya.
Solté una risa sin humor, negando con la cabeza mientras volvía a acercarme a ella.
—Me estás jodiendo la vida —murmuré contra sus labios—. Y ni siquiera te das cuenta —añadí, besándola con ansia—. Eres mi condena.
Me separé de ella lo justo para deshacerme de la camisa que llevaba, dejándola caer sin cuidado mientras notaba cómo su mirada me recorría sin disimulo.
Esa forma en la que me miraba, como si yo fuese el único hombre en el mundo terminó de destrozar cualquier resto de control que quedase en mi interior.
Se levantó, acercándose.
Sus dedos recorrieron mi pecho con una lentitud delirante, que no ayudaba en absoluto, que me torturaba.
Vi como se mordía el labio inferior al mismo tiempo que se ponía de puntillas para besarme, y esta vez fue ella quien tomó el control, quien marcó el ritmo, desarmándome por completo con esa seguridad que no encajaba con la Eve que creía conocer.
Apreté la mandíbula.
Joder.
—¿A qué esperas? —susurró contra mi boca, con una sonrisa lujuriosa.
La agarré de la cintura con firmeza, atrayéndola a mí, sintiendo su cuerpo encajar con el mío como si hubiesen sido hechos del mismo molde.
Como si siempre hubiese sido mía.
—A que dejes de pensar que puedes controlarme —respondí, sonriendo ladino.
Mi mano subió despacio por su espalda, hasta su cuello.
No apreté, pero tampoco la solté.
—Porque cuando cruce ese límite… —Me incliné, permitiendo que nuestras bocas se rozasen—. No voy a parar.