27
Eve
Una fuerte alarma comenzó a resonar en la sala de ordenadores, alertándonos de que alguien estaba entrando en el perímetro de la casa. Una alarma que solo Luca o Dante podían detonar.
Comencé a caminar hacia la salida, sintiendo como el aire se volvía más denso a cada paso que daba, cargado de una tensión que no necesitaba explicación para avisarnos de que algo había salido mal, o tal vez demasiado bien.
Contuve el aliento cuando vi como el coche se detenía en la entrada del palazzo. Durante unos eternos segundos creí que todo se había desmoronado, y entonces, la puerta del piloto se abrió.
Luca.
Salió del vehículo como si nada, con esa calma que siempre llevaba encima, como si nada pudiera tocarle, como si todo lo que acababa de ocurrir no hubiese sido más que otro movimiento dentro de su maldito juego.
Ni siquiera me lo pensé.
Aparté a todo el mundo, atravesando el porche, hasta que llegué a él.
—¿Dónde habéis estado?
Mi voz salió más firme de lo que me sentía, pero no me importó. Necesitaba una respuesta, aunque solo fuera una.
Su mirada se deslizó hacia mí apenas un segundo antes de desviarse hacia la parte trasera de donde dos de los chicos sacaban a Valentino.
El mundo pareció dejar de girar, y entonces, vi como Luca carraspeó intentando llamar mi atención, sacándome de ese estado en el que me encontraba.
—Creo que queda bastante claro —respondió sin inmutarse.
Ese tono… Frío, distante, como si no hubiese pasado la noche en sus brazos.
Sentí cómo algo se rompía dentro de mí.
—Ni siquiera has sido capaz de despedirte —murmuré dolida, sintiendo como toda esa seguridad se venía abajo—. ¿Sabes lo que podría haber pasado?
No contestó.
Continuó caminando, y eso fue lo que terminó de encenderme.
—Estoy hablando contigo.
Aceleré su paso hasta ponerme a su altura, obligándole a mirarme.
—No sé qué te pasa, pero tú no eres así —sentencié—. Eres un maleducado.
Se detuvo de golpe, como si hubiese pisado el freno, y giró la cabeza despacio, clavando sus ojos en los míos con una intensidad que me hizo contener la respiración.
—No tienes ni puta idea de cómo soy —aseguró con la voz tan firme y baja que pude sentir como un escalofrío me recorría de pies a cabeza.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró alrededor de mi brazo y tiró de mí hacia el pasillo, alejándome del resto sin molestarse a disimular. Me arrastró hasta las escaleras, obligándome a subir a trompicones.
El corazón me iba a estallar en el pecho, me latía con una intensidad que apenas podía escuchar siquiera nuestros pasos.
—¡Suéltame! —protesté, intentando zafarme—. Me haces daño.
Hizo caso omiso a mis palabras, apretando aún más.
—Y más daño te haré si no empiezas a hacer caso —murmuró sin mirarme.
La rabia me subió por la garganta, hasta instaurarse en lo más profundo de mi pecho, como un golpe seco.
—¿Perdona?
Probé a soltarme de nuevo, moviéndome con más fuerza, pero fue inútil.
—Te vas a quedar aquí —añadió, abriendo la puerta de la habitación de un tirón—. Y me da igual cómo tenga que hacerlo.
Antes de que pudiera reaccionar, me empujó dentro.
No caí de bruces al suelo, pero estuve cerca de hacerlo.
—¡Estás mal de la cabeza! —exclamé, girándome hacia él con la respiración agitada, y le golpeé con fuerza en el pecho, empujándolo—. ¿Es que no te das cuenta? ¡Podrías haber muerto!
Cerró la puerta tras él.
El sonido seco retumbó en la habitación, provocando que todo mi cuerpo se estremeciese del susto.
—Lo he hecho por ti.
Solté una risa sin gracia.
—Ah, ¿sí? —Crucé los brazos, mirándole con incredulidad—. Permíteme que no te crea, disfrutas más de esto de lo que quieres admitir —Me acerqué, retándole—, es más, a mí solo haces que tratarme como si fuese un problema.
Sus ojos se oscurecieron.
—Lo eres.
Sentí como mis ojos ardían, pero me negué a derramar ni una sola lágrima, no cuando me estaba hablando de aquella manera. Tragué el enorme nudo que se había creado en mi garganta y carraspeé.
—Eres igual que tu padre —musité, sintiendo como toda mi realidad se venía abajo.
Su mandíbula se tensó.
La vena de su sien palpitó.
Había confiado en un hombre con el mismo apellido del que seguía siendo mi condena, creyendo que podría ser diferente. Cuánto me equivocaba.
—No hables de lo que no entiendes.
—Claro que lo entiendo. —Di un paso hacia él, sin apartarle la mirada—. Entiendo que te estás destruyendo… y que esperas que yo me quede mirando.
Eso sí que le afectó, y lo vi, ese segundo en el que su control se tambaleó.
—No necesito que me salves.
—Pues deja de comportarte como si tuviera que hacerlo —repliqué—. Porque a este paso tendrás que darme la razón, porque antes de que te des cuenta te habrás convertido en lo que tanto temes —añadí—, en la misma escoria que tu padre.
Luca me sujetó con fuerza, tanta que noté el crujir de mis muñecas entre sus dedos.
—Te he dicho que me estás haciendo daño.
—Y más daño te haré como no hagas lo que yo diga —bisbiseó entre dientes.
Le golpeé en el pecho, sintiendo como la rabia empezaba a tomar el control de todo. Volví a hacerlo. Estaba tan cabreada que ni siquiera pude pensar ni un solo segundo. Le di un bofetón que resonó en toda la estancia e hizo que se callase, cogiéndolo desprevenido.
—No vuelvas a ponerme una mano encima —sentenció, con la voz tan baja que sentí como un escalofrío me recorría.
Tragué saliva, pero no bajé la mirada.
—¿O qué? —lo desafié, a sabiendas de lo que provocaba.
Busqué esa reacción, la misma que era capaz de hacerle salir de ese estado de mierda en el que se encontraba. Sus ojos descendieron un segundo a mis labios para volver a subir, y entonces lo vi.
No era solo rabia, era algo mucho peor.
—O perderé el control —murmuró.
El corazón me latió frenético, como si quisiera escapar de allí.
—Ya lo has perdido —aseguré.
El aire entre nosotros se volvió más denso y pesado. Su agarre se tensó un instante antes de inclinarse lo justo, lo suficiente para que sus labios quedaran a escasos centímetros de los míos.
—No me provoques, Eve —susurró.
Las piernas me cimbrearon.
—¿Por qué? —murmuré—. ¿Qué vas a hacer?
Sonrió ladino, como un jodido gato, y entonces, me di cuenta de que estaba más perdida en él de lo que creía.
—Voy a follarte hasta que no te queden fuerzas ni para discutir conmigo.