26
Luca
Unas semanas después de la reunión en Il Santuario.
El ambiente estaba cargado, tanto que podía distinguir el olor a licor caro, a perfume dulce y a sudor contenido bajo trajes que pretendían aparentar algo que ninguno de los presentes realmente era.
La música golpeaba con fuerza desde el fondo del salón, mezclándose con las risas huecas y las conversaciones a media voz que siempre acompañaban a ese tipo de reuniones donde el dinero lo compraba todo… o al menos eso creían.
Yo no estaba allí por placer.
Nunca lo estaba.
Me mantuve apartado, apoyado contra una de las columnas, con una copa que no había probado entre los dedos. Observaba con calma a la gente de quien ya había aprendido a leer cada gesto, cada maldita mirada, todas y cada una de las intenciones que se encontraban tras una sonrisa falsa.
Y entonces la vi.
No fue de inmediato, como en otras ocasiones, donde su presencia arrasaba con todo sin previo aviso.
Esta vez fue más lento.
Apareció entre la gente como si no perteneciera a ese lugar, desplazándose con una bandeja entre las manos, ofreciendo bebidas con una educación que no encajaba con lo que la rodeaba.
Su vestido era discreto, demasiado para aquel ambiente, casi angelical, pero, aun así, no lograba ocultar lo evidente.
Todos la observaban como un trofeo al que conquistar.
Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí, cómo una presión incómoda se instauraba en mi pecho y que al principio no supe identificar. Apreté la mandíbula con fuerza, tanta que creí que en cualquier momento las muelas me estallarían.
Avancé un paso, lo justo como para no perderla de vista mientras se movía entre ellos.
Todo ocurrió rápido, incluso pareció que el mundo dejaba de girar para que solo yo pudiese darme cuenta de lo que estaba a punto de pasar, y cuando quise darme cuenta, uno de los hombres ya le sostenía de la muñeca más tiempo del necesario al coger la copa.
Otro dejó que sus dedos descendieran por su espalda al pasar junto a él.
Y un tercero se inclinó demasiado cerca, susurrándole algo al oído que provocó que ella se tensara y por un microinstante mostrase un gesto que no me gustó nada.
La sangre me hirvió bajo la piel.
No fue algo progresivo.
Fue inmediato y brutal.
Sentí cómo los dedos se cerraban alrededor del cristal con tanta fuerza que por un segundo pensé que iba a romperlo entre las manos, pero no lo hice, porque si lo hacía no habría vuelta atrás.
Y, aun así, ya era tarde.
Eve alzó la vista por un instante.
Nuestros ojos se encontraron por un segundo.
Uno.
Pero fue lo suficiente como para que todo lo demás desapareciera, solo esa mirada y ella.
Algo que no supe si era miedo, resignación o una súplica que no estaba dispuesta a pronunciar en voz alta.
Cerré las manos en puños, y antes de que pudiera decir nada, desapareció entre la multitud sin que pudiera reaccionar.
Entonces lo supe.
Estaba jodido, pero bien.
Dejé la copa sobre la mesa, sin querer siquiera mirarla, y avancé entre la gente sin molestarme en disimular, apartando a quienes se cruzaban en mi camino con la misma frialdad con la que había aprendido a moverme en ese mundo.
No la seguí a ella, no me interpondría en lo que se suponía que era su trabajo.
Los seguí a ellos, a los tres, los mismos que no habían sabido mantener las manos alejadas de ellas.
No supe por qué, pero aquella simple escena había provocado que algo animal naciese en mí. Iba aplastarle la puta cabeza a cada uno de ellos, a cortarle las pelotas y a hacer que se las comieran.
Los vi desaparecer por el pasillo que llevaba a los baños, riendo entre ellos, ajenos a todo lo que acababan de provocar sin ser conscientes de ello.
Empujé la puerta, y el sonido seco contra la pared hizo que uno de ellos se girara, frunciendo el ceño para verme. Me deshice de la americana que vestía, colgándola sobre el picaporte de la entrada. Eché el seguro y comencé a arremangarme la camisa con una tranquilidad desesperante.
—¿Te has perdido? —preguntó, con esa prepotencia que solo tienen los hombres que creen que nadie va a tocarles.
Saqué un cigarro, me lo coloqué en los labios y lo encendí, para acto seguido darle una larga calada.
No respondí, tampoco hizo falta.
Avancé hacia él, dejándole ver exactamente lo que iba a pasar, dándole ese segundo que muchos consideran una oportunidad.
No lo era.
Fue un maldito aviso.
El primero en reaccionar fue el más cercano, que intentó empujarme. No llegó siquiera a tocarme, porque mi puño impactó contra su mandíbula con una fuerza seca, limpia. Su cuerpo se desplomó antes de que pudiera entender qué había pasado.
El segundo se lanzó sobre mí.
Y eso fue aún peor decisión.
Lo agarré por la camisa, tirando de él hacia delante para estrellar su rostro contra el mármol del lavabo. Escuché el crujido antes de ver la sangre, notando como su cuerpo se debilitaba entre mis manos mientras intentaba zafarse de mi agarre.
—¿Te ha gustado tocarla? —murmuré, acercándome lo suficiente como para que pudiera oler el tabaco en mi aliento.
No respondió, tampoco podía. Lo solté, dejando que cayese de bruces contra el suelo. Un alarido salió de lo más profundo de su garganta cuando apagué el cigarrillo en su ojo derecho.
El tercero dudó, y eso fue lo único inteligente que hizo en toda la noche.
—No… no sabía que era tuya —balbuceó, levantando las manos.
Sonreí ladino, y Dios sabe que tuve que coger una bocanada de aire para dejarlo ir a modo de suspiro.
—No lo es —respondí.
Y eso fue lo peor, porque si no lo era… ¿por qué cojones me comportaba como si lo fuera? La rabia me atravesó de nuevo, de una manera más intensa, más sucia y difícil de contener.
Lo golpeé, haciendo que cayese de espalda al suelo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Hasta que dejó de intentar cubrirse. La sangre me empapó el rostro, salpicándome con cada uno de los puñetazos.
—Va a ser la última vez que toques una mujer —le bisbiseé al oído, y entones, me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin moverse.
El silencio se instauró en el baño, rompiéndose únicamente por mi respiración y el goteo lento de la sangre sobre el suelo.
Me quedé quieto, observando lo que había hecho, sintiendo cómo esa rabia no desaparecía, matarlos no era suficiente.
Porque no, no eran ellos, nunca lo había sido.
Pasé la lengua por los dientes, notando el sabor metálico mezclarse con el humo que aún me quedaba en los pulmones.
Estaba perdiendo el control, y lo peor de todo era saber exactamente por qué.
Me incorporé despacio, recolocándome las mangas de la camisa y después, me puse la americana, como si nada hubiese ocurrido, como si no acabara de dejar a tres hombres destrozados en el suelo por algo que ni siquiera me pertenecía.
Eve.
Ese era el único problema. Porque sí, había dejado de ser un encargo, un simple trato con mi hermana, para convertirse en algo mucho peor.
Una debilidad.