La obsesión del jefe 25
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Luca

Il Santuario, esa misma noche.

No aparté la mirada de ella.

La sostuve entre los dedos unos segundos más de lo necesario, permitiéndome el lujo de reseguir cada rasgo con calma, cada sombra, cada detalle que pudiera decirme algo más de lo que ya intuía, como si en ese gesto pudiera encontrar una explicación lógica.

—Me debes una muy grande, Luca.

Su voz rompió el silencio sin alzarse, firme, directa, cargada de algo que iba mucho más allá de una simple petición.

Alcé la vista despacio.

—Empiezas fuerte —comenté, dejando la fotografía sobre la mesa sin apartar del todo los dedos de esta.

Mi hermana no sonrió, no lo hacía casi nunca, al menos desde hacía unos años hacia acá.

—Es ella —añadió—, la chica que tienes que alejar de las garras de La Mort.

Entrelacé las manos frente a mí, permitiendo que mis codos se apoyasen sobre la mesa mientras la observaba cauto, evaluando no solo sus palabras, sino todo lo que había tras ellas.

Si algo había aprendido con el tiempo era que mi hermana nunca daba un paso sin haber calculado antes las consecuencias.

—¿De dónde sale? —pregunté, sin buscar perder el tiempo—. ¿Y por qué te importa?

El silencio se instauró entre ambos, provocando que todo se volviese más tirante. No porque no tuviera respuesta, sino porque estaba decidiendo cuánto decirme.

—No nació para este sitio —empezó, al final—. Era bailarina de ballet, estaba a punto de entrar en una de las mejores escuelas del mundo.

Fruncí el ceño, por lo que alzó una mano para mantenerme en silencio.

—Su madre murió —continuó—, y a partir de ahí todo se torció. Acabó donde acaban todas las niñas cuando no tienen nadie que las proteja.

No hacía falta que se explicase mejor, sabía a qué se refería, conocía historias como la suya, y, aun así, no pude evitar desviar la mirada de nuevo hacia ella.

—Hay algo más —murmuré.

Porque lo había, y Elisa lo sabía.

Mantuvo mi mirada unos segundos, los suficientes como para dejar claro que no iba a negarlo.

—No es como las demás, Luca —admitió—. Aún no está rota.

Solté el aire despacio, apoyándome en el respaldo del asiento mientras dejaba que esas palabras se asentaran en mi interior.

La Mort acababa con todo que llegaba a sus manos, las vendía, prostituía y mataba en vida sin que nadie se lo pudiese impedir, igual que lo había intentado hacer con ella.

—Te importa —comenté.

Sus dedos se tensaron sobre la mesa, tenía razón.

—Lo suficiente como para que esté aquí pidiéndote esto —respondió sin titubear.

El silencio se instauró entre nosotros, más pesado esta vez, cargado de todo lo que nos estábamos callando.

—No voy a entrar ahí a ciegas —añadí al final—. Quiero saber con quién estoy jugando.

—No estarás solo.

Alcé una ceja.

—Alexei y los Romanov estarán contigo —explicó—. Está moviendo hilos desde hace días, pero necesito que muevas tú los tuyos.

Eso sí que me hizo cambiar la expresión, sorprendiéndome.

—¿Mi cuñado está metido en esta mierda? —cuestioné.

—No, no está dentro —aclaró—. Pero Andrei sí, está intentando encontrar a una chica que salvó hace un tiempo, él podrá ayudarte.

—¿Andrei? —inquirí algo confundido.

—Sí, no hagas más preguntas —respondió—. Solo tiene que interesarte el hecho de que él se encargará de todo lo demás, cámaras, accesos, comunicaciones…

Me quedé en silencio unos segundos, procesándolo.

Los Romanov se encargarían de conseguir que todo fuese limpio.

Volví a mirar la fotografía una última vez antes de dejarla sobre la mesa, con cuidado.

—¿Y qué gano yo?

La pregunta quedó suspendida en el aire, no como una duda, sino como una condición.

Elisa no apartó la mirada de la mía, pude ver cómo se tornaba más dura, igual que lo hacía su gesto, volviéndose serio.

—Es la única forma de que te perdone.

—Sabes que yo no tenía ni idea de lo que padre había hecho contigo —aseguré.

Por mucho que le hubiese jurado mil veces que desconocía los planes de nuestro progenitor, una parte de ella aún retenía ese rencor que se había fraguado por su culpa.

Saqué un cigarro de la cajetilla que guardaba en el bolsillo interior de la americana y me lo llevé a la boca. Iba a tener que armarme de paciencia y, por suerte o por desgracia, en aquel momento era bastante escasa.

Le di una larga calada, dejando que mis pulmones se llenasen, y lo dejé ir con una calma que no sentía.

—Eso solo me lo demostrarás si accedes a lo que te pido.

—No juegues con eso —le advertí, con la voz baja.

—No lo estoy haciendo —respondió sin apartar la vista de mí—, pero estas son mis condiciones —añadió con esa frialdad Moretti que tan característica era en nuestra familia—. O las tomas o las dejas.

Desvié la mirada un instante, pasándome la lengua por el interior de la mejilla mientras el silencio volvía a instalarse entre nosotros, más denso e incómodo.

Ya no era un trato sencillo, era algo más que personal, algo que solo la sangre podía entender.

—Más te vale que merezca la pena —sentencié al final.

Me puse en pie, y cuando pasé por su lado, apreté su hombro derecho con la mano, permitiendo que una mueca se dibujase en mis labios.

—Lo haré.