24
Luca
Unos meses antes, antes de comprar a Eve.
El olor a sangre siempre tardaba más de lo que uno esperaba en desaparecer.
Me froté las manos con una toalla húmeda mientras salía del almacén, notando cómo los nudillos aún me ardían bajo la piel abierta, mientras el escozor se mezclaba con esa sensación de calma extraña que siempre llegaba después de un trabajo bien hecho.
No había placer en ello, pero sí una sensación de orden, de equilibrio.
El tipo había hablado, igual que lo hacían todos.
Tiré la toalla al suelo, sin detenerme, y saqué el paquete de cigarrillos del bolsillo interior de mi americana, llevándome uno a los labios al mismo tiempo que descendía los escalones que daban a la calle trasera.
La noche había caído en Catanzaro, cargada de humedad, con ese silencio que solo existía en lugares donde todo el mundo sabía demasiado y, aun así, nadie decía nada.
Encendí el mechero, llevándolo hacia el cigarro, permitiendo que el chasquido rompiese el silencio que me rodeaba.
Di una larga calada, lenta, profunda, dejando que el humo llenara mis pulmones antes de expulsarlo con calma. Me apoyé contra el capó del coche, como si no acabara de salir de reventarle la cara a un hombre por intentar jugar en un terreno que no le pertenecía.
En nuestra familia no se negociaba el respeto.
Se imponía.
Cerré los ojos, llevándome una mano al cabello, recolocándolo con una calma que se me antojó tan falsa como lo era mi vida en ese momento.
El teléfono comenzó a vibrarme en el bolsillo, por lo que no pude evitar fruncir el ceño, ya que muy pocas personas disponían de ese número.
Lo saqué, y al ver el nombre, algo en mi expresión cambió lo suficiente como para que cualquiera que me conociera supiera que aquello no era una llamada cualquiera.
—¿Sí? —respondí, llevándome de nuevo el cigarro a los labios.
—Tenemos que vernos.
La voz de Elisa llegó clara, sin rodeos, con esa firmeza que siempre había tenido, incluso cuando todo a su alrededor se caía a pedazos.
Exhalé el humo despacio.
—Estoy trabajando —comenté sin ganas.
—Esto es más importante.
Silencio.
Apreté la mandíbula.
—Habla —le insté.
—No por teléfono.
Aparté el cigarro, observando cómo la brasa se consumía con lentitud, igual que lo hacía mi paciencia desde meses atrás.
—¿Dónde? —cuestioné.
—Il Santuario.
Una leve mueca cruzó mi rostro.
No era un sitio cualquiera.
—En una hora —respondí, colgando sin esperar una réplica.
Guardé el móvil y me incorporé, dejando caer el cigarro antes de aplastarlo con la suela del zapato.
No pregunté más, no lo necesitaba. Si había decidido llamarme a mí a pesar de todo era porque se trataba de algo que solo nos incumbía a ambos.
Un trato sellado con sangre, el único que me daría la redención con ella.
El neón del cartel parpadeaba sobre la entrada cuando llegué a Il Santuario en Crotone. No era un local cualquiera, era territorio controlado, un punto de encuentro donde solo entraban los que sabían a qué jugar.
Empujé la puerta.
El sonido de la música me envolvió al instante, grave, constante, acompañado por el murmullo de conversaciones que se apagaban apenas un segundo cuando alguien como yo cruzaba el umbral.
Ni siquiera tuve que mirar a mi alrededor para percatarme de que todo el mundo me observaba. Un Moretti en Crotone. Demasiado tiempo sin pisar aquel territorio.
Avancé entre las mesas hasta el reservado del fondo, donde sabía que me estaría esperando, y allí la encontré, sentada con la espalda recta, observándolo todo como si ya lo hubiese analizado mil veces antes de que yo cruzase la entrada.
Mi hermana.
Siempre un paso por delante.
—Carusa —la saludé, dándole un beso en la mejilla.
—Llegas tarde —comentó, sin molestarse en ocultar su descontento.
Me senté frente a ella. Aún no me había perdonado, pero como una vez juré, conseguiría mi redención y llegaría a límites insospechados con tal de ganarme su favor de nuevo.
—No lo suficiente.
Sus labios apenas ser curvaron.
Dejó un sobre en la mesa, y lo tendió para que pudiese abrirlo.
No hice preguntas, simplemente abrí el sobre con calma, dejando que el silencio se asentara entre nosotros mientras deslizaba las fotografías sobre la mesa y fijaba la vista en la primera de ellas.
La misma chica que en la fiesta.
Tenía el cabello oscuro, labios esponjosos, nariz fina, rasgos delicados… pero no fue eso lo que me hizo detenerme, sino su mirada.
Había visto cientos de rostros como ese a lo largo de los años, mujeres rotas, vacías, consumidas por un entorno que las devoraba sin dejar nada detrás y, sin embargo, en ella había algo distinto, algo que no encajaba con el resto.
Fruncí ligeramente el ceño, sin apartar la vista de la imagen.
—Eve —musité, recordando su nombre.