La obsesión del jefe 23
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Luca

—¿Por qué no teníamos ese sistema de seguridad detectado? —bramé, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta con una fuerza que apenas podía contener.

El zumbido metálico seguía sobre nuestras cabezas, constante, invasivo, como una jauría esperando el momento exacto para lanzarse sobre nosotros.

—No tengo ni idea —respondió Andrei al otro lado, demasiado calmado para la situación en la que estábamos.

Seis drones nos rodeaban, preparados para disparar.

—No me vengas con esa mierda —escupí, sin bajar el ritmo—. Se suponía que teníamos el perímetro controlado.

—Estoy intentando interceder —añadió, pero su voz sonó lejana, inútil.

—Romanov… —bisbiseé entre dientes.

Andrei no perdió la paciencia y mucho menos se molestó en responderme, porque sabía bien que su trabajo era acabar con aquellos malditos drones antes de que ellos nos matasen a nosotros.

—Más te vale hacerlo rápido —añadí—, porque como esto se vaya a la mierda, el siguiente al que voy a matar es a ti.

La adrenalina corría por mis venas como un veneno, afilando cada uno de mis sentidos hasta el extremo.

Sujeté con firmeza a Valentino, mientras avanzábamos por los olivos, esquivando la línea de fuego que nos marcaban desde el aire.

Por suerte, las ramas eran lo suficientemente frondosas para impedir que nos viesen con claridad, o al menos para que las balas no nos alcanzaran.

A mi lado, Dante se movía rápido, cubriendo cada ángulo como podía, disparando sin perder el control ni la sujeción de mi hermano.

—¿Cuánto te falta? —preguntó Dante, sin dejar de moverse.

—Cinco minutos —respondió Andrei.

Negué con la cabeza, escupiendo al suelo.

—Tienes dos —mascullé—, o te juro que cuando vuelva a verte pienso reventarte la cabeza contra un puto bordillo.

—Baja dos tonos, Moretti. —Oí como decía Nikolai.

No hubo más respuesta, por lo que continuamos avanzando.

Vi el coche en la lejanía, pero entonces, un sonido llamó mi atención.

Un pitido agudo y constante, fuera de lugar.

Fruncí el ceño, reduciendo la velocidad apenas un instante, intentando localizar de dónde demonios venía aquello mientras los drones seguían cerrando el cerco.

—¿Lo oyes? —murmuré.

Dante no respondió, disparó a uno de los drones, que acabó cayendo envuelto en chispas, pero el resto no se detuvo.

El pitido aumentó, volviéndose cada vez más rápido e insistente.

—Joder… —empecé a decir, girando la cabeza hacia mi hermano, percatándome de que algo que no habíamos visto iba a ser nuestra condena.

—¡Corre! —rugió Dante, colocándose delante de mí—. ¡No te pares!

—Lleva un puto localizador —mascullé, sintiendo cómo algo mucho peor que la rabia comenzaba a abrirse paso en mi pecho.

—No es un localizador —replicó Dante.

—Es una cuenta atrás… —musité.

El mundo pareció detenerse durante una fracción de segundo. Miré hacia atrás, a la casa, y después a Valentino, quien seguía inconsciente, y entonces lo entendí.

—Si él se aleja, todo vuela por los aires.

El pitido se volvió frenético, igual que lo hizo mi corazón al pensar en que nos habíamos metido en la boca del lobo, y yo era el culpable de que Dante estuviese allí.

—Van a reventar la puta casa —bramó mi compañero.

—Lo siento…