22
Luca
Sonreí de medio lado al ver cómo me miraba de soslayo, como si mi sola presencia hubiese alterado el equilibrio de todo lo que creía tener bajo control.
Fue un cambio sutil al principio, apenas una contracción en su mandíbula, un parpadeo más lento de lo normal, pero suficiente como para entender que me había reconocido.
La calma desapareció de su rostro y en su lugar quedó algo mucho más interesante, una mezcla entre desafío y rabia contenida.
Solté una profunda carcajada, dejando que el sonido resonase por toda la estancia mientras avanzaba un paso hacia él, disfrutando de ese instante en el que la balanza comenzaba a inclinarse a mi favor.
—Parece que has visto un fantasma, piccolo —comenté con sorna.
—Puede que lo haya hecho —murmuró, sin apartar los ojos de mí.
Noté cómo Dante se tensaba a mi lado, cómo su atención pasaba de Valentino a mí en cuestión de segundos, intentando encajar lo que estaba sucediendo sin terminar de comprenderlo del todo.
—Luca —musitó—. Ese no es Giovanni.
Quise poner los ojos en blanco, a sabiendas de que ese no era mi padre, pero no pude evitar que una sonrisa se dibujase en mis labios, una que estaba cargada de odio, de rencor y de algo que no supe descifrar.
—Obviamente no lo es.
Volví la mirada al hombre que tenía delante.
—Es mi hermano.
Dante no dijo nada, tampoco fue necesario.
Lo vi en su expresión, en ese segundo exacto en el que comprendió que no solo era una misión, y que lo que estaba a punto de ocurrir iba mucho más allá de cualquier operativo que hubiéramos hecho antes.
No negaría que aquello también era una sorpresa para mí. No esperaba que mi padre hubiese sido tan desgraciado como para dejar a su hijo bastardo en la casa, ocupando su lugar con tal de salvarse el culo.
—¿Qué tal, Valentino?
No esperé respuesta.
Saqué el móvil del bolsillo y lo hice girar entre mis dedos con una calma que contrastaba demasiado con la situación, al mismo tiempo que observaba como su mirada descendía al mismo, reconociéndolo al instante, entendiendo cómo lo habíamos localizado.
Valentino no me quitó la vista de encima mientras me veía avanzar con tranquilidad por toda la estancia. Me detuve a su espalda, lo suficientemente cerca como para que notase mi presencia sin tener que tocarlo mientras veía como Dante se reposicionaba.
—Algo me dice que il papà no ha quedado muy contento contigo —añadí con una ligera mueca—. Llámalo intuición… o puede que me lo haya dicho un pajarito.
Valentino intentó llevar una de sus manos a la cinturilla del pantalón, por lo que, sin dudarlo un instante, saqué mi arma para apuntarle directamente a la cabeza.
—Quieto —le ordené.
Entonces vi como sacaba una cajetilla de tabaco para llevarse un cigarro a la boca, con un gesto me instó a que cogiese uno.
Acepté, bajo la atenta mirada de Dante, y fui yo quien sacó el mechero para encender ambos.
Valentino inspiró con fuerza, prendiendo la punta del cigarro, llenándose los pulmones de humo.
Con un movimiento de mi arma, le insté a que se dejase caer en el butacón en el que estaba sentado.
—Ay, hermanito… —comenté al pasar frente a él, antes de sentarme a su lado—. Me parece que te han dejado más solo que la una.
Lo observé con detenimiento, fijándome en la tensión que había en sus hombros, en esa rabia contenida y el latir de su pulso en el cuello.
Quería reaccionar, pero no podía, no delante de mí.
Llevaba tantos años sin verle que me sentí extraño al estar allí.
Valentino tenía demasiado que callar, y me iba a encargar personalmente de que soltase hasta el último resquicio de información que pudiese tener sobre el tráfico de mujeres y mi padre.
Porque si algo tenía Giovanni era que utilizaba a sus hijos como piezas de un tablero que solo él entendía.
Le di una larga calada al cigarro, mientras veía como Dante cerraba las cortinas, aislando la estancia por completo, dejando fuera cualquier posible distracción.
—Tal vez sea una trampa —dijo Valentino, intentando recomponerse.
Solté una risa baja.
—No eres tan inteligente como para tendérmela —aseguré, al mismo tiempo que lo observaba sin siquiera pestañear—. Ni tan valiente.
El silencio se volvió denso, cargado, de esos que hablan de lo que está a punto de ocurrir.
—Puede que nuestro pa…
No terminó la frase.
Mi puño impactó contra su boca con tanta fuerza que provocó que la sangre brotara al instante, deslizándose por su barbilla hasta empapar la tela de su camiseta.
—No vuelvas a llamarlo así —murmuré, con una calma que helaba la sangre—. Ese hombre dejó de ser mi padre hace mucho tiempo.
Me puse en pie, sintiendo como me hervía la sangre solo de imaginar lo que había estado a punto de decir. Giovanni traicionó a su familia, cuando vendió a su propia hija para salvarse el culo de a saber qué.
Aún tenía el dossier de información que Andrei me había proporcionado, pero lo cierto era que ni siquiera lo había mirado. No lo necesitaba. No cuando había roto lo único que amaba: la familia.
—¿Qué queréis de mí? —inquirió con rabia.
Incliné la cabeza y sonreí ladino.
—En realidad tú no eres más que el segundo plato —comenté—, tu padre te ha vendido igual que lo hizo conmigo.
El gesto de Valentino se volvió turbio, oscuro, porque sabía que lo había hecho, que mi padre se había vendido al mejor postor sin importarle su propia estirpe. Igual que lo hizo con él y su madre. Siempre habían sido escoria, y él su perrito faldero.
Dante no le dio margen, antes de que pudiese decir nada, le clavó una aguja en el cuello, inyectándole el sedante que nos habían preparado sin que le diese tiempo a titubear.
Valentino reaccionó al instante, su cuerpo se tensó, y pude ver cómo la confusión se abría paso en su mirada mientras intentaba procesar lo que acababa de pasar.
—¿Qué dem…?
Antes de que pudiese terminar la frase, Valentino cayó rendido.
—Salimos —le informé a Andrei, quien estaba al otro lado del pinganillo.
Lo sujetamos antes de que cayera, arrastrándolo por el pasillo hasta el exterior, donde la noche nos envolvió de nuevo, ahora más densa y llena de una tensión que crispaba el ambiente.
Cerramos la puerta de un golpe, y cuando estábamos a punto de avanzar hacia el camino que nos llevaba a los olivos escuché una interferencia en el intercomunicador.
—Luca… —murmuró Dante.
No pregunté.
No hizo falta.
Abrí los ojos al máximo, le miré y entonces vi el pánico en su mirada. Acabábamos de cagarla, pero bien.
—¡Corre! —ordené con urgencia—. ¡Joder, vamos!