21
Luca
—¿Estás seguro de esto, hermano?
La voz de Dante atravesó el interior del jeep con una tensión contenida, como si él mismo supiera que aquella no era una conversación que fuera a cambiar nada.
Mantuve la mirada fija en la carretera, observando cómo el asfalto se abría paso entre la oscuridad de Calabria, rodeado de olivos que se mecían con el viento nocturno como vigilantes de lo que estaba a punto de ocurrir.
Nos estábamos metiendo en la boca del lobo y no tenía intención de retroceder.
Llevé el cigarrillo a los labios, aspirando con calma mientras dejaba que el humo descendiera despacio por mi garganta, asentándose en mi pecho, como si con ello pudiera apaciguar el ruido constante de mi corazón.
Andrei había sido claro: había un topo. Alguien dentro de los nuestros había abierto la boca y eso no era un error, era una jodida sentencia.
En nuestra ‘ndrina la traición no se discutía, se pagaba con sangre.
No me había despedido de Eve.
La había dejado dormida, acurrucada en la cama después de haberla ayudado a sentirse a salvo, como una niña asustada que necesita su cobijo.
Había pasado la noche hablando de planes imposibles, de futuros que no nos pertenecían y de una vida que jamás iba a existir para nosotros.
Yo me había limitado a observarla, en silencio, memorizando cada gesto, cada palabra, cada pequeño detalle que sabía que iba a echar de menos en cuanto cruzara la puerta.
Porque lo haría.
Eve se había quedado dormida contra mi pecho mientras yo solo podía desearla de una manera sobrenatural.
Joder, amaba ser su lugar seguro.
Apreté la mandíbula, notando cómo el recuerdo se mezclaba con algo más peligroso, algo que no podía permitirme en aquel momento, no cuando cada decisión que tomase a partir de ese instante podía marcar la diferencia entre volver o no hacerlo.
Aplasté el cigarrillo contra la suela de mi bota y lo lancé por la ventanilla.
—Céntrate en la carretera —ordené sin apartar la vista del frente.
Dante resopló, tensando los dedos sobre el volante.
—Luca…
—Dante —le corté, pasándome una mano por el cabello con un gesto que intentaba armarme de paciencia—, hacemos esto y volvemos. No hay más.
—No es ninguna tontería.
Solté una breve risa, sin humor alguno.
—Claro que lo es.
El silencio se instaló entre nosotros durante unos segundos, lo suficiente como para saber que no iba a quedarse así, y que insistiría tarde o temprano, porque siempre lo hacía cuando no estaba de acuerdo con algo.
Encendí otro cigarrillo, llevándomelo a los labios con calma.
—Vas a entrar en el picadero del mayor capo de la ‘ndrangheta —continuó—, y lo vas a hacer prácticamente solo.
Giré un ápice el rostro hacia él.
—Sé a dónde voy —aseguré—, parece que no recuerdes que estás hablando de mi propio padre.
—Deberíamos haber avisado al resto —insistió, más bajo.
—Andrei y sus hermanos lo saben —respondí con tranquilidad—, y si algo se tuerce, ya habrá preparado un dispositivo de extracción o como cojones se llame.
Dejé escapar el humo, despacio.
Él gruñó en desacuerdo con lo que acababa de decirle, pero lo cierto era que poco me importaba, al menos en aquel momento.
—Deja de comportarte como si fuera la primera vez que hacemos algo así —añadí sin ganas de seguir discutiendo.
Dante negó con la cabeza, visiblemente incómodo.
—No es eso, es que esta vez...
—Esta vez tienes algo que perder, ¿no? —le interrumpí sin siquiera mirarle—. Alessia.
El silencio que siguió fue suficiente respuesta.
Volví la vista al frente.
—Entonces no la pierdas —añadí con frialdad—, y ahora conduce.
Dos horas más tarde.
El coche se detuvo en un camino oculto entre olivos, lo suficientemente apartado como para no levantar sospechas, pero lo bastante cercano como para permitirnos entrar y salir sin perder tiempo.
Esos malditos árboles de nuevo, siempre presentes en las casonas de mi familia.
Nos equipamos en silencio.
Chalecos, armas, pasamontañas… Todo en su sitio.
Avanzamos hacia la casa sin hacer ruido, dejando que la oscuridad no envolviera mientras nos aproximábamos atentos a cualquier movimiento que pudiera delatarnos.
Sabíamos que estaba solo, lo habíamos comprobado con un dron que Andrei había lanzado con cámaras térmicas de esas que usaba él en su anterior trabajo.
Pero en este negocio, la certeza absoluta no existía.
Entramos.
Registramos cada estancia, sin prisas, asegurándonos de que no había nadie más antes de avanzar, hasta que al final dimos con él.
Estaba sentado en un butacón, de espaldas a nosotros, observando una grabación en bucle, un vídeo en el que aparecía una mujer jugando con un cachorro en el exterior, como si no hubiera nada más importante en el mundo que aquella escena absurda.
Una mueca se dibujó en mis labios.
Todo estaba demasiado tranquilo, y eso, en cierto modo, me extrañó.
—Os tengo. —Escuché como decía Andrei por el pinganillo.
Apreté el arma entre los dedos, observando cada uno de sus movimientos, cada pequeño detalle, y entonces… El recuerdo volvió.
***
Veinticinco años antes.
Corría sin pensar, con la respiración agitada y la risa escapándoseme entre los labios mientras intentaba arrebatarle el balón a Valentino, chocando con él con la despreocupación de quien no conoce el peso del mundo que le rodea.
No teníamos más de ocho años, íbamos juntos a clase, pasaba eternas tardes en mi casa, donde jugábamos hasta quedar exhaustos.
—Papà —le llamé mientras corría.
Volteé la cabeza y entonces vi que estaba sentado en el banco, junto a la madre de Valentino.
No supe en qué momento dejé de prestar atención al juego, ni por qué aquella escena me atrapó de esa forma. Vi cómo una de su mano descendió con calma, sin prisa, hasta posarse sobre la pierna de ella, apretándola con una familiaridad que no pedía permiso.
La mujer no se apartó, pero tampoco reaccionó.
Bajó la mirada, y yo me quedé observando, sin entender nada, pero sabiendo que algo de aquello no estaba bien.
—¡Luca! —Oí como gritaba Valentino a mi espalda.
Y entonces, el balón golpeó mi espalda.
***
Volví al presente sin apartar la mirada del hombre que tenía delante, y en ese momento me percaté de que estábamos equivocados.
El mundo dejó de girar por un instante, pero no permití que eso me detuviese.
Avancé un paso, levantando el arma con una calma medida, quitándome el pasamontañas con la misma precisión con la que había entrado.
—No sabes cuánto tiempo llevo esperando este momento.