20
Luca
Apoyé mis labios contra su frente, deteniéndome apenas unos segundos más de lo necesario, como si ese simple contacto fuese lo único que me mantenía anclado a la realidad.
Ella era un oasis en el caos que me rodeaba.
La abracé con una firmeza que no buscaba retenerla, sino asegurarme de que seguía ahí.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba contra el mío, cómo su respiración se descompasaba levemente, y supe que estaba conteniéndose, que había algo en ella que quería romper esa distancia que yo mismo estaba marcando… pero no lo hizo.
O tal vez sí.
Porque cuando alzó el rostro lo hizo con una determinación que no esperaba. Me sostuvo la mirada como si no existiera nada más allá de nosotros, como si todo lo demás, mi apellido, mi sangre y la guerra que nos perseguía, fuese irrelevante.
—¿Por qué es tan malo habernos encontrado en esta? —preguntó en voz baja.
Contuve el aliento, porque esas simples palabras pesaban sobre mí más de lo que me habría gustado admitir.
Deslicé los dedos por su mejilla con una lentitud calculada, como si necesitase memorizar cada detalle de su rostro antes de perderla, y dejé que el silencio se instalara entre ambos antes de hablar.
—Porque nunca seré digno de amarte.
Lo dije en voz baja, sin dureza, pero sin suavizarlo.
Porque era la verdad, y merecía saberlo. Entender que nunca sería suficiente para formar parte de su vida, no cuando mi familia la había condenado al mismísimo infierno.
Vi cómo algo cambiaba en su expresión, cómo esas palabras se abrían paso en su cabeza, removiendo algo que no supe si era duda o miedo, y por un instante, tuve la certeza de que estaba a punto de perderla, incluso teniéndola entre mis brazos.
Negó con la cabeza.
Y cuando volvió a hablar, lo hizo con esa firmeza que empezaba a reconocer como una de las cosas más peligrosas de ella.
—Nunca vas a ser feliz si siempre vives con miedo.
Su mano se alzó hasta mi rostro, acariciándolo con una delicadeza que contrastaba demasiado con todo lo que yo era, con lo que había hecho, y, aun así, no me aparté.
No pude.
Cerré los ojos un segundo, lo suficiente como para contener todo lo que provocaba en mí, antes de volver a mirarla.
—El único miedo que tengo —murmuré, inclinándome hacia ella— es a perderte.
Y esa sí fue la verdad más dolorosa de todas.
Porque en el momento en el que la pronuncié, supe que ya no había forma de deshacerlo. Vi como su respiración se detenían, cómo sus labios se entreabrían apenas un instante, y antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, se puso de puntillas y rodeó mi cuello con los brazos.
Sus labios se estamparon contra los míos.
No fue suave, sino todo lo contrario.
Ese beso fue desbordado, lleno de una necesidad que nos arrastraba.
Como si ambos hubiéramos estado conteniéndolo demasiado tiempo.
Respondí sin dudar, profundizando en él con una intensidad que no intenté ocultar, sujetándola con firmeza para acercarla más a mí.
Podía sentirla temblar contra mi cuerpo, la manera en la que su respiración chocaba contra la mía mientras nuestras bocas no dejaban de moverse.
Eve se aferró con firmeza a todo mi cuerpo, como si fuese la única cosa estable en su mundo, y eso me desarmó más que cualquier bala.
Tal vez solo fuese ego, pensar que podría salvarla de todo y todos.
O puede que realmente me hubiese obsesionado tanto con ella que apenas podía pensar en otra cosa que no fuese acabar con todo el que una vez le hirió.
Había estado observándola durante tanto tiempo que una parte de mí creía conocerla, saber el significado de cada una de sus muecas, de sus decisiones, pero lo cierto era que me equivocaba.
Eve era un jodido misterio, uno al quie me había vuelto adicto sin querer, y del que no podía olvidarme.
Había intentado mantenerme al margen, trabajar en todo lo que habíamos descubierto de mi padre, en ayudar a Andrei a sacar a la luz esa lista de magnates que fingían ser respetables cuando en realidad tenía el alma más que podrida.
Mi familia tampoco era la mejor, ni siquiera yo mismo, que me había encargado de extorsionar a decenas de familias, había traficado con cocaína, pero jamás le habría puesto una mano encima a una mujer, ni había comerciado con ellas.
—Deja de temer algo que jamás ocurrirá —susurró, aún pegada a mí.
No respondí, porque no podía prometer algo que no dependía al cien por cien de mis actos.
Pero lo que sí hice fue besarla de nuevo, con pausa y profundidad, como si quisiera grabar ese momento en la memoria, como si supiera que todo lo que vendría después intentaría arrebatármela de entre los brazos.
Deslicé la mano hasta su nunca, sujetándola con firmeza, no para dominarla ni obligarla, sino para asegurarme de que no se apartaría, de que seguiría ahí, conmigo, aunque todo lo demás se viniera abajo.
Estaba perdido.
Completamente.
Y por primera vez en mi vida, no quería encontrar la salida. Porque si eso significaba renunciar a ella, preferiría arder con todo.
Separé apenas nuestras bocas, lo justo para poder mirarla, para perderme en esos ojos verdes que habían conseguido hacer lo que nadie más había logrado en años.
Romperme.
—Prométemelo —le pedí en voz baja.
No fue una orden, sino que se me antojó más a una súplica, porque si alguien podía hacerme caer de rodillas era ella.