La obsesión del jefe 19
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Eve

Nada más salir de la sala, Luca desapareció.

No fue algo evidente, no hubo un portazo ni una orden que anunciara su marcha, simplemente dejó de estar, como si nunca hubiera ocupado aquel espacio junto a mí, como si su presencia se hubiese disipado entre las paredes del palazzo sin dejar rastro alguno.

Me quedé unos segundos quieta, observando el pasillo, esperando verle aparecer en cualquier momento, apoyado contra una pared o dando órdenes en voz baja como solía hacer, pero no ocurrió.

Dante tampoco estaba.

Y eso fue lo que terminó de inquietarme.

—¿Has visto a Luca? —pregunté a uno de los hombres que se cruzó conmigo.

Negó con la cabeza sin detenerse, demasiado centrado en lo suyo como para darle importancia a mi pregunta. Ese simple gesto fue suficientemente incómodo como para que algo que no me gustaba se instalara en mi pecho.

No me gustaba no saber dónde estaba, ni sentir que se me escapaba.

Apreté los labios, sintiendo como la inquietud comenzaba a abrirse paso en mi interior, y sin pensarlo demasiado, eché a andar en dirección a la salida, siguiendo ese instinto que desde hacía tiempo me empujaba hacia él, incluso cuando no tenía sentido hacerlo.

Atravesé el pasillo, descendí los últimos escalones y avancé hasta la puerta que daba al exterior, notando cómo el aire impactaba en mi rostro, frío, real… Una sensación que parecía haber olvidado.

Y en cuanto la abrí… lo sentí.

Frente a mí había un enorme camino que llegaba al final de la finca, rodeado por hermosos olivos que se erguían a ambos lados del mismo. Cerré los ojos, permitiendo que el olor a la lavanda que había plantada junto a las puertas de entrada me embriagase.

Ese olor…

Era el mismo que una vez me llenó.

***

Meses antes en la casa del bosque.

El frío me calaba hasta los huesos.

Notaba cómo me temblaban las manos mientras rebuscaba en el bolsillo del pantalón, incapaz de pensar con claridad. Apenas podía sostener el peso de todo lo que llevaba dentro, como si cada recuerdo, cada voz, y cada mirada se hubiesen acumulado en mi pecho hasta asfixiarme.

Las amargas lágrimas empañaron mis ojos.

Saqué la pistola.

La sostuve unos segundos, observándola, sintiendo cómo el metal frío se adaptaba a mi piel como si siempre hubiera estado destinada a acabar así.

Sin darme tiempo a dudar, la llevé hasta mi barbilla.

Cerré los ojos, escuchando como el latir de mi corazón se tornaba pausado, como si supiese que la liberación estaba a golpe de click. En cierto modo tenía razón.

Era fácil.

Demasiado.

Solo tenía que apretar.

—¡Eve!

El grito llegó a mí desde la distancia, rompiendo el silencio, y durante un segundo dudé, lo justo para que el arma temblara entre mis manos. Creí que me lo había inventado, que era mi mente la que luchaba por apartarme del precipicio en el que estaba asomada.

No quería escucharle.

No quería que nadie me sacara de ahí… Porque por primera vez, todo parecía tener sentido.

—¡Eve! —repitió, desgañitándose.

Sus pasos resonaron cada vez más cerca, fuertes y decididos, hasta que lo sentí detrás de mí. Sus manos se posaron en mis hombros con fuerza, sujetándome, arrancándome de ese instante antes de que pudiera hacer algo de lo que ya no habría vuelta atrás.

El arma desapareció de mi mano.

Ni siquiera supe en qué momento.

Solo sentí cómo me giraba hacia él, cómo mi cuerpo cedía sin fuerzas, rompiéndose por completo contra su pecho mientras un llanto desgarrado se abría paso desde lo más profundo de mi garganta.

No dijo nada.

No intentó frenarme ni entenderme.

Solo me sostuvo.

Su brazo rodeó mis hombros con firmeza, acercándome a él, cubriéndome sin invadir, como si supiera exactamente hasta dónde podía llegar sin romperme más, y por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentir que estaba sola.

Lloré.

Sin control.

Me aferré a su ropa como si fuese lo único real en un mundo que llevaba demasiado tiempo desmoronándose bajo mis pies. Mi vida había desparecido, si es que alguna vez había tenido una vida.

Sentí su respiración agitada contra mi cabello, el lado firme de su pecho bajo mi mejilla, y entonces lo hizo.

Se quitó la chaqueta.

La colocó sobre mis hombros con cuidado, envolviéndome en su calor, en ese olor que me embriagaba, meciéndome en una nube de la que nadie podía bajarme. Porque a pesar de todo, esa sensación de protección que no sabía que necesitaba era lo único real que me ayudaba a estar anclada a la tierra.

Contuve el aliento.

No me hizo preguntas, ni me juzgó, no intentó arreglarme.

Y eso fue lo que me salvó.

***

Parpadeé, volviendo al presente, notando como una amarga lágrima descendía por mi rostro.

El aire entró de golpe en mis pulmones, como si hubiese estado conteniendo la respiración todo ese tiempo, y entonces lo vi.

De pie, a unos metros de la entrada, de espaldas a mí.

Inmóvil.

La noche caía sobre Calabria, cubriéndolo todo de una oscuridad densa, apenas rota por la tenue luz que escapaba desde el interior del palazzo, dibujando su silueta con una claridad que me hizo detenerme.

No parecía perdido, ni alterado… Solo contenido.

Como si todo lo que llevaba dentro estuviese a punto de desbordarse, pero él se negara a permitirlo.

—¿Qué haces aquí?

Su voz llegó a mí sin necesidad de girarse, grave, controlada, con ese tono que no dejaba espacio para respuestas fáciles.

Di un paso hacia él.

—He venido a buscarte —respondí con tranquilidad.

Giré sobre mis talones, encontrándome con él.

Llevaba un cigarrillo entre los dedos. Le dio una larga calada y su mirada se clavó en la mía con una intensidad que me obligó a detenerme firme, aunque por dentro todo se tambaleara. Durante un segundo no dijo nada, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo.

—No iba a perderme.

—Yo tampoco —aseguré, intentando que una sonrisa se dibujase en mis labios, aunque acabó siendo más una mueca triste.

—Tú ya estabas perdida.

Negué despacio.

—Es posible.

Una leve sonrisa cruzó su rostro, fue fugaz, casi imperceptible, pero suficiente como para que el aire entre nosotros cambiase.

Se acercó despacio, sin prisa, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, alzó la mano para apartar un mechón de mi rostro. Tomé aire, mientras él lo colocaba tras mi oreja con un cuidado que contrastaba demasiado con todo lo que era.

Luca era el hombre de hielo, siempre vestido con sus trajes de lujo, cubierto de tatuajes y con ese cigarrillo en la boca.

Bajé la mirada, porque sabía que, si se la sostenía, no habría vuelta atrás.

Sentí sus dedos bajo mi barbilla, obligándome a alzar el rostro, y cuando nuestros ojos se encontraron, el mundo pareció dejar de girar, como si todo lo demás dejara de importar.

Su otra mano se posó en mi cintura, atrayéndome hacia él, hasta que el espacio que había entre nosotros desapareció. El calor de su cuerpo se traspasó al mío, su respiración calmó la mía, y nuestro latido se acompasó.

—Ojalá te hubiera encontrado en otra vida, Eve —susurró.

Y en su voz… no había duda.

Solo verdad.

Y eso fue lo que más me asustó.