18
Eve
—El plan ha funcionado —empezó Dante, apoyando ambas manos sobre la mesa.
Su mirada recorrió a todos los presentes, observándolos con esa calma tensa que parecía no romperse nunca.
—Pero no del todo como esperábamos —añadió.
El murmullo que había llenado la sala unos segundos antes se apagó al instante, como si todos entendiéramos que lo que venía a continuación no iba a ser bueno. Permanecí en silencio, intentando encajar cada pieza, siendo consciente de que aquel no era mi mundo, pero sí el suyo.
—Luca dejó que se llevaran su teléfono —continuó—, uno limpio, sin información relevante, pero sí con un sistema de rastreo y escucha que nos ha permitido acceder a varias conversaciones internas. Hemos podido localizar movimientos, contactos… e incluso escuchado reuniones entre Vanko y Valentino.
El nombre de Vanko me golpeó por dentro como un eco desagradable, recordándome quién era en realidad y todo lo que representaba dentro de aquel entramado en el que estábamos metidos. Se me revolvió el estómago, y solo pude tragar saliva, intentando evitar que las arcadas subieran hasta mi garganta.
—Entonces ha salido bien, ¿no? —intervino Alessia, aferrándose a esa idea con una esperanza que no terminaba de sostenerse del todo.
Dante negó con cuidado, manteniendo esa expresión seria.
—En parte —matizó—, porque hay algo en las últimas grabaciones que no encaja.
El silencio volvió a instalarse, tornándose aún más denso, más pesado, como si todos supiéramos que aquello era justo lo que no queríamos escuchar.
—Habla —le instó Luca.
No alzó la voz, no hizo falta, porque bastó con eso para que el aire cambiara, para que todo el mundo se centrara en él sin necesidad de que nadie más interviniera.
—Parece que han empezado a sospechar —continuó Dante—, no tenemos confirmado que hayan detectado el dispositivo como tal, pero sí hay indicios claros, y en una de las últimas conversaciones se escucha a una mujer.
Dante le dio play a la pista de audio, permitiéndonos escuchar lo mismo que Andrei había captado desde el teléfono hackeado.
—La he oído antes —murmuré, casi sin darme cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Varias miradas se giraron hacia mí, pero la única que me sostuvo fue la de Luca, fija, directa, como si quisiera arrancarme la respuesta antes siquiera de que pudiera dudar en si contárselo o no.
—¿Dónde? —cuestionó.
Tragué saliva, obligándome a mantenerme serena y firme.
—En casa de La Mort —respondí, intentando reconstruir el recuerdo que me mataba por dentro—. No la vi con claridad, pero ella estaba allí, dando órdenes. No era una más, eso lo tengo claro.
El tic de mi pierna se volvió más visible, tanto que vi como el vaso de agua que había sobre la mesa se movía al mismo son.
—¿Nombre? —insistió.
Negué con la cabeza, frustrada, a sabiendas de que no estaba ayudando nada.
—No me acuerdo—musité—. Tal vez algo como Bellona, Francesca… No soy capaz de recordarlo.
No apartó la mirada.
—Lo harás —aseguró.
No fue una sugerencia, ni una suposición, fue una certeza dicha con tal frialdad que no dejó espacio para la duda, y por algún motivo supe que acabaría haciéndolo, que de una forma u otra iba a encontrar ese nombre.
—Quiero todo lo que sepáis de ella —ordenó al final, desviando la atención hacia el resto—. Movimientos, contactos... Cualquier cosa. Si está dentro, quiero aplastarla como a una mosca.
Todos asintieron sin cuestionarlo, sin discutirlo y fue entonces cuando terminé de entenderlo. Aquello no era un grupo, era una estructura, un clan, y él estaba por encima de todos.
—Sigue —añadió después, volviéndome a mirar.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones. No quería volver ahí, a esos recuerdos, a cada uno de los instantes en los que deseé morir a manos de alguien de la casona. Pero lo hice, por él, por acabar con todo lo que me había obligado a vivir a mí de aquella manera.
—Un día —empecé a decir, notando como la voz me pesaba más de lo que hubiese deseado—, me obligaron a acompañar a Giovanni y a Alessandro a lo que ellos me dijeron que era una reunión.
Hice una pequeña pausa, sintiendo como el recuerdo se abría paso en mi mente con una claridad que me resultaba insoportable.
—Pero no era una reunión —añadí—, era un castigo.
El silencio se volvió absoluto.
—Alessandro era su mano derecha —apunté—, llevaba años trabajando para él, le era completamente leal… o eso creía.
Bajé la vista un segundo, reuniendo fuerzas para continuar.
—Le dio una orden —seguí—, una sencilla para alguien como ellos.
Tragué saliva, sintiendo como un enorme vacío se apoderaba de mi interior. Mis ojos se llenaron de lágrimas al recordar cómo me arrancaron a mí misma de mi casa, en mitad de la noche, sin que nadie hiciese nada por evitarlo.
—Tenía que matar a una niña —musité, sintiendo como la voz me salia estrangulada.
Sentí como el ambiente se crispaba, cómo el peso de las palabras caía sobre todo como una losa imposible de soportar.
—No pudo hacerlo —añadí—, dudó… y eso fue suficiente.
Apreté los dedos con fuerza, notando cómo el recuerdo me atravesaba.
—Giovanni no esperó —les expliqué—, le quitó el arma y lo hizo él mismo… delante de todos, como si no significara nada.
El silencio era insoportable.
—Después mandó traer a su familia —continué, notando como las palabras se desvanecían como si nada—, a todos… sin excepción.
Podía verlo.
Todo, rememorar cada segundo que había durado ese momento.
—Se los llevaron al Salón Negro —murmuré—, lo sentaron en una silla, atado y lo obligaron a mirar. —La voz se me deshizo, las imágenes se sucedían sin control, una tras otra—. Su mujer no dejaba de suplicar, sus ojos lloraban… y él sabía exactamente lo que iba a pasar.
Cerré los ojos un instante, pero no sirvió de nada. A mi mente vino el recuerdo cómo la madre se abrazaba a cada uno de sus hijos, rogándole a Giovanni que no hiciese nada, que no los tocase, y, aun así, lo hizo.
—El primero fue el niño —dije en voz baja, notando como un enorme nudo se creaba en mi garganta—, no tendría más de trece años. Lo hicieron desangrarse frente a él.
Las amargas lágrimas llenas de dolor comenzaron a caer por mis mejillas, empapándolas, creando un reguero de pesar que jamás olvidaría.
—Después obligaron al mayor a disparar a su propia madre, mientras ella le imploraba al líder de los Moretti que no lo hiciese. Y cuando ya no quedaba nada…
Mi voz se rompió por completo.
—Le hicieron matar al padre.
El silencio que siguió fue devastador, pesado, tanto que se me antojó que el aire se volvía irrespirable.
—Giovanni no castiga —añadí en voz baja—, arrasa por donde pasa.
Nadie se atrevió a moverse, ni a hablar, y entonces lo sentí. La mano de Luca cubrió la mía bajo la mesa, firme, inamovible, como si no estuviera intentando consolarme, sino sostenerme para que no me desmoronara del todo.
Alcé la vista, y lo vi, encontrándome con esa mirada verde, fría, controlada e incluso peligrosa, pero no rota.
—Entonces ya sabemos cómo juega —dijo al final Dante, con una calma que resultó incluso más inquietante.
—Vamos a hacerle pagar con su propia moneda —sentenció Luca.
Se inclinó hacia delante, recorriendo la mesa con la mirada, asegurándose de que todos entendieran lo que estaba a punto de decir.
—Si ha detectado algo, va a moverse rápido —continuó—, y cuando alguien lo hace, comete errores.
El ambiente cambió de nuevo.
—Quiero todos los accesos controlados —ordenó—, rutas, contactos, puntos de entrada… Si pisan Calabria sin que lo sepamos, será porque alguien aquí ha fallado.
Nadie respondió.
No hacía falta.
Y en ese momento lo entendí, aquello no era una huida, era una maldita guerra, y Luca ya había decidido cómo jugarla.