La obsesión del jefe 17
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Eve

Había decidido inmiscuirme, estar presente en todo lo que nos rodeaba, porque a pesar de que ese no era mi mundo, él sí que lo era.

—¿Qué hace esta aquí? —inquirió uno de los hombres con desprecio, mirándome como si mi sola presencia le resultase insoportable.

No llegué ni a reaccionar.

Luca lo fulminó con la mirada antes de detenerse, cerró las manos en puños mientras avanzaba y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, dejó que una mueca peligrosa se dibujase en sus labios al mismo tiempo que alzaba el arma y la encajaba contra su sien sin el más mínimo titubeo.

—¿Quién cojones lo pregunta? —cuestionó con una calma que helaba la sangre.

El hombre se quedó rígido, como si el simple contacto del cañón contra su piel lo hubiese paralizado. Pude ver cómo tragaba saliva, cómo el miedo le recorría el cuerpo sin que se atreviera siquiera a moverse, consciente de que cualquier movimiento podría costarle la vida.

Mi cuerpo se tensó, pero no por lo que pudiera ocurrirme a mí, sino por lo que estaba en juego.

Había algo en Luca en ese momento, algo que conocía demasiado bien.

La vena de su sien se marcaba con fuerza, su respiración era contenida, medida, pero podía intuir la ira en sus ojos como una bomba a punto de estallar.

El silencio se volvió denso, incómodo, cargado de una tensión que parecía capaz de romperse en cualquier momento. Tragué saliva, sin apartar la vista de ellos.

Lo observó unos segundos más, escrutándolo como si estuviera valorando si merecía seguir respirando, y entonces inclinó ligeramente la cabeza, dando una orden seca y dura, consiguiendo que el corazón se me acelerase.

—Estás en mi puto sitio —sentenció—. Fuera de aquí.

El hombre obedeció al instante, atropellándose en disculpas, torpe, asustado, como lo haría un animal acorralado. Se apartó de la mesa con rapidez, casi tropezando en su intento por salir de la sala, y no se detuvo hasta perderse por completo en el pasillo.

Solo entonces fui consciente de que había dejado de respirar.

—¿Quién era? —Quiso saber Luca, sin apartar la vista de la puerta.

—Loui —respondió Dante.

Asintió despacio, dejando el arma sobre la mesa, con un gesto aparentemente tranquilo, y esbozó una sonrisa que no fue para nada amable.

No era el mismo.

O tal vez sí, y yo solo había visto una parte de él.

Frente al equipo era distinto: más frío, calculador y peligroso.

Y sin quererlo, mi mente se deslizó hacia un recuerdo que me atrapó sin previo aviso.

***

Día después de la extracción, refugio provisional.

Me temblaban las manos solo de mirarle.

Había algo salvaje en él, algo que no podía contener, era como si toda su rabia hubiese encontrado por fin una grieta por la que escapar, y lo peor de todo era que esa grieta había sido yo.

Escuchar la voz de Giovanni al otro lado del teléfono había conseguido que el miedo se instaurara en mi pecho de una forma tan brutal que por un instante quise desaparecer, esconderme, dejar de existir si eso significaba que no volvería a encontrarme.

No llevábamos más de un día en una casa de campo, todo estaba patas arriba. Me habían dicho que ese iba a ser nuestro refugio durante un tiempo, hasta que todo se calmase, pero lo cierto era que parecía más una casa abandonada que una casona lujosa italiana.

Sentía cómo mis dedos se clavaban en mis propios brazos mientras me abrazaba, cubriéndome como si pudiera protegerme de algo que sabía que nos superaba a todos.

—Creo que tienes algo que me pertenece. —Escuché al otro lado de la línea.

El aire se me quedó atrapado en los pulmones, y por un instante creí que me desmayaría allí en medio.

—No hables así de ella —gruñó Luca, con la voz tan baja y cargada de una furia contenida que hacía temblar todo a su alrededor.

—Vaya… —musitó con fingido pesar—. Parece que mi dulce caramelo te la pone tan dura que ni pensar con claridad puedes.

Una arcada subió a mi garganta cuando la mirada de Luca se clavó en mí.

Y por primera vez, tuve miedo de él.

No porque fuese a hacerme daño, sino porque no sabía si sería capaz de detener lo que estaba a punto de desatarse en su interior.

Las piernas me cimbreaban, mientras las lágrimas lo empañaban todo. El pánico comenzó a asfixiarme, impidiéndome respirar con normalidad.

Sabía a la perfección lo que significaba volver con Giovanni, o incluso con La Mort.

No habría salida, ni descanso… solo dolor.

—Voy a llevármela, Luca —sentenció—, aunque tenga que arrancártela de tus inertes brazos.

Sentí como algo se rompía en mí. La cabeza comenzó a darme vueltas, y tuve que sujetarme en una de las sillas junto al escritorio de Luca para no caerme rendida al suelo.

—Esa puta me debe demasiado —aseguró—, y aún tiene servicios que atender.

Luca dejó ir un profundo grito que me atravesó, llevándome al llanto, arrancándome las decenas de amargas lágrimas que se agolpaban en mis ojos.

Sin dudarlo un solo instante, lanzó el teléfono contra la pared con una violencia brutal, haciéndolo añicos, mientras yo solo podía llorar sin control. Todo él se volvió oscuro, peligroso e inestable.

Incluso sus ojos lo habían hecho.

Eran puro caos.

—¡Fuera! —ordenó sin apartar la mirada de la mía.

—Luca… —comencé a decir, intentando acercarme para calmarle.

—¡Largo! —bramó, ido por completo, y el escalofrío que me recorrió fue tan intenso que apenas pude mantenerme en pie.

Entonces lo entendí todo… Era su hijo, sangre de su sangre, había la misma rabia en él, la misma oscuridad y esa capacidad de destruir que Giovanni tenía.

Noté cómo alguien me agarraba del brazo y tiraba de mí hacia la puerta. Me giré lo suficiente como para poder vislumbrarlo por el rabillo del ojo.

Dante.

—Vamos, sal de aquí —me pidió.

—No… Luca… —balbuceé, incapaz de apartar la mirada de él.

—Me quedo yo —aseguró—. Confía en mí.

****

Esa fue la última vez que le vi. Después de ese episodio, me dejaron sola en esa casa apartada del mundo, rodeada de árboles y de la inmensidad del bosque.

Suspiré, notando como el aire ardía en mis pulmones.

Bajé la vista a la mesa, perdida en mis pensamientos, porque a pesar de todo, había decidido quedarme con él.

A pesar de lo que era y de lo que podía llegar a ser.

Porque había visto algo en Luca que nadie más parecía ver: bondad. Estaba oculta, encerrada bajo capas de rabia, de dolor y odio, pero ahí estaba, y yo no podía ignorarlo. No después de todo lo que había hecho por mí.

Cogí una bocanada, y lo dejé ir con calma, intentando calmar el desasosiego que había provocado en mí ese maldito recuerdo que tan guardado tenía.

Entonces lo sentí.

Su mano buscándome bajo la mesa.

Alcé la vista de inmediato, encontrándome con la suya, y mi corazón se desbocó con una intensidad que me dejó sin aliento. Entrelazó sus dedos con los míos con naturalidad, como si fuese lo más normal del mundo, como si allí no hubiese nadie más, y como si aquello no tuviera consecuencias.

Pero sí las tenía, claro que las tenía.

Estaba hecha un maldito lío, no comprendía qué quería, ni qué éramos, ni qué demonios significaba aquello. Pero sí que había algo que conocía con certeza: él me hacía sentir segura y al mismo tiempo al borde del abismo.

Escuchaba voces a mi alrededor, planes, estrategias, nombres… pero nada de eso importaba. Porque lo único que podía sentir era su mano sujetando la mía, y el latido ensordecedor de mi corazón.

Observé de reojo como hablaba con el resto, calmado, imponente, como si el hombre que había entrado arrasándolo todo no existiera. Pero yo sí lo había visto, y, aun así, había decidido quedarme.

Con él.

Dentro de su mundo y de su guerra.

Y esta vez no pensaba echarme atrás, porque si había que arder, lo haríamos juntos.