16
Luca
—Pues vas a tener que explicármelo.
Su desafío me golpeó de lleno en la boca del estómago.
No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo, por esa firmeza que comenzaba a mostrar y la manera en la que me sostenía la mirada como si ya no estuviera dispuesta a seguir escondiéndose.
Era como si hubiese decidido plantarme cara, aunque eso implicara romperse por dentro.
No debería haberme gustado, pero lo hizo.
Apreté la mandíbula con fuerza, notando como el pulso me palpitaba en las sienes, y antes de que pudiera pensarlo dos veces, la agarré de la mano con más brusquedad de la que pretendía y tiré de ella hacia mi habitación.
Cerré la puerta tras nosotros con un golpe seco que retumbó en toda la estancia. No sabía qué demonios estaba haciendo, ni qué pretendía decirle, pero sí tenía claro que no podía permitir que continuase provocándome de esa forma, no cuando apenas era capaz de controlarme.
—No puedes ir por ahí jugando con fuego, Eve —gruñí nada más girarme hacia ella.
La vi tensarse, cómo su respiración se alteraba al mismo tiempo que su mirada se llenaba de algo que no supe descifrar, y antes de que pudiera anticiparlo, su mano impactó con rabia contra mi pecho.
—No lo estoy haciendo —me rebatió, y aunque no alzó demasiado la voz, la intensidad con la que lo dijo fue suficiente para hacerme perder un poco más el control—. Estoy harta de esconderme.
Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, brillando sin llegar a caer, y eso me descolocó más de lo que debería, porque durante un segundo vi reflejados en ellos algo que no supe cómo manejar, algo que iba mucho más allá del miedo o la frustración.
Se estaba rompiendo.
Y, aun así, continuaba de pie.
Di un paso más hacia ella, casi por inercia, tomándola por la cintura, acercándola hacia mí, hasta que nuestros cuerpos quedaron prácticamente pegados, como si esa proximidad fuese la única manera de mantenerla bajo control, o tal vez, la forma de no perderla del todo.
Iba a terminar con lo que había empezado, ya no solo por ella, sino por mi familia. No permitiría que mi padre nos arrastrase a todos a su agujero de mierda, ese en el que llevaba tantos años metido que ni siquiera nos habíamos percatado de ello.
—Luca —interrumpió la voz de Dante por el pinganillo que siempre llevaba—, parece que lo que has hecho está funcionando —añadió—, pero hay algo con lo que no contábamos.
Cerré los ojos durante un instante, maldiciendo por dentro.
—Voy para allá.
Le respondí. Me pasé una mano por el cabello mientras intentaba recomponerme, aunque en cuanto volví a mirarla, supe que no iba a ser tan sencillo. No lo sería porque me miraba como si fuese una despedida, como si en lo más profundo de su alma supiese que lo que ocurría entre ambos no era correcto.
—No —susurró.
Ese simple sonido fue suficiente como para tensarlo todo en mi interior.
Sus manos temblaban, su respiración era irregular y sus ojos… joder, sus ojos estaban llenos de algo que no quería nombrar, pero que conocía demasiado bien.
Miedo.
Pero no era por ella.
Sino por mí.
Por lo que pudiera pasarme.
—Eve, tengo que marcharme —musité.
Di un paso atrás, intentando poner distancia antes de que fuera demasiado tarde, pero no me lo permitió.
Su mano encontró la mía y me detuvo.
La forma en la que me agarró, como si se estuviera aferrando al borde del precipicio, me atravesó más de lo que cualquier bala habría podido hacer.
—Por favor —rogó—. No tenemos demasiado tiempo.
Las lágrimas seguían ahí, contenidas, resistiéndose a caer, y por primera vez en mucho tiempo dudé.
De verdad.
Porque sabía que tenía razón, que el tiempo no jugaba a nuestro favor y que aquello podía acabar en cualquier momento.
—Lo siento —murmuré al final, aunque ni siquiera yo estaba convencido de mis propias palabras.
Me giré, encaminándome hacia la puerta. Un fuerte nudo se creó en mi pecho, inundándome de una rabia de la que creí haberme deshecho.
No la merecía, y jamás lo haría.
Llevaba repitiéndomelo como un jodido mantra desde el momento en el que empezó a importarme, intentando convencerme de que alejarla era lo correcto, que debía dejarla marchar para que pudiera tener algo parecido a una vida normal, lejos de la mierda en la que yo estaba metido hasta el cuello.
Pero no funcionaba, nada de eso lo haría jamás.
Porque por mucho que lo intentara o deseara, por muchos demonios que llevara dentro, todos y cada uno de ellos se arrodillaban ante ella, venerándola de una forma que empezaba a resultarme peligrosa.
Pensar que podría estar con otro hombre, alguien que sí fuera digno de ella, hizo que la sangre me hirviera en las venas de una forma que nunca había sentido.
No me consideraba celoso, jamás lo había sido, pero con ella… Todo era diferente.
Giré sobre mis talones, encontrándome con su mirada. Seguía ahí parada, con los ojos enrojecidos, brillantes, intentando mantenerse entera mientras todo en ella gritaba lo contrario.
Caminó hacia mí con cautela, como si temiera lo que pudiera hacer, y, aun así, no se detuvo, plantándose frente a mí con una valentía que me desarmó por completo.
Por un instante dejé de escuchar a Dante, que continuaba hablándome por el pinganillo.
Solo existía ella.
—He estado en sitios muy oscuros, Eve —siseé, notando como el control volvía a escaparse entre mis dedos.
Apreté las manos en puños, bajando la mirada, buscando una salida para todo lo que nos rodeaba, una solución para escapar, pero cada intento, cada pensamiento, solo conseguía hundirme aún más.
Entonces sentí sus manos.
A ambos lados de mi rostro.
Cálidas, firmes y reales.
Me obligó a mirarla, y yo obedecí. Lo hice a sabiendas de que si me pedía que me arrodillase a sus pies lo haría sin dudarlo.
—Encontraremos la forma de salir de todo esto —aseguró, y su convicción me resultó incluso absurda.
Negué con la cabeza.
—Ni siquiera sé si eso es lo que deseo —añadí, dejando que la verdad se colara entre esos pensamientos vacíos.
Porque lo que deseaba era mucho más simple, pero también peligroso.
—¿Y qué es lo que quieres de verdad? —preguntó confusa.
—Quiero aniquilar a cualquiera que te haya puesto una mano encima —respondí sin dudar—, quiero acabar con todos ellos… sobre todo con mi padre.
El silencio fue denso, pero no incómodo, decisivo, como si estuviese pensando en lo que acababa de decirle.
—No pienso permitir que vuelva a por ti, ángel —juré.
—Hazlo —musitó, alzando la vista y fijándola en la mía—. Mátalos a todos.