La obsesión del jefe 15
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Luca

Estaba al límite, completamente al límite, era como si toda la tensión que llevaba acumulando durante días se hubiese concentrado en mi pecho hasta el punto de no dejarme respirar con normalidad.

Eve no se apartaba de mi mente, era como si estuviese grabada en mi cabeza con una claridad que resultaba una obsesión enfermiza.

Cerrar los ojos era verla, escucharla, recrear la forma en la que se acercaba a mí como si no entendiera el peligro que suponía que lo hiciera, o peor aún, como si lo supiera, pero decidiera ignorarlo.

Apreté la mandíbula con fuerza, y sin pensarlo demasiado golpeé la pared del pasillo con una violencia que dejó un boquete en el yeso, aunque ni siquiera eso fue suficiente como para aliviar la presión que se había instaurado en mi pecho.

—Eh, tío…

La voz de Dante llegó a mí, sacándome de ese estado en el que todo empezaba a volverse peligroso incluso para los que quería.

—¿Qué coño te pasa? —cuestionó sin comprender lo que estaba ocurriendo.

Giré despacio, clavándole la mirada, sabiendo que no hacía falta que le explicara nada, porque él ya lo sabía.

Nos conocíamos demasiado bien como para fingir, y era evidente que entendía a la perfección lo que sucedía, lo que esa mujer significaba para mí y lo que estaba empezando a hacerme perder el control de una forma que no me podía permitir.

—¿Ha ocurrido algo? —insistió, acercándose.

Negué con la cabeza, pasándome una mano por el cabello, recolocando alguno de los mechones que habían caído sobre mi rostro, mientras soltaba el aire con esa rabia que contenía.

—No —gruñí—, ese es el puto problema.

Dante exhaló despacio, observándome con esa calma que siempre tenía, incluso cuando todo se iba a la mierda.

—Tienes que hablar con ella.

Una risa seca se me escapó, a la vez que me giraba como si su propuesta fuese lo más absurdo que había escuchado en todo el día.

—¿Hablar con ella? —repetí, con incredulidad—. ¿Cómo cojones quieres que haga eso cuando estamos escondidos en este palazzo como ratas por culpa de mi padre? —cuestioné—. Ni siquiera sé si puedo sacarla de todo esto sin arrastrarla conmigo.

Me pasé ambas manos por la cara, intentando ordenar el caos que me mataba por dentro, aunque sabía que jamás lo conseguiría, no si él seguía vivo.

—Antes me arranco los huevos que ponerla en peligro otra vez —añadí en voz baja—. No voy a permitir que vuelva a sufrir, ni por mí ni por nadie.

—Eso no es decisión tuya.

—Claro que lo es —sentencié con tanta rabia que hasta yo mismo me sorprendí.

El silencio que siguió fue pesado, de esos que no necesitan más palabras porque la verdad ya está sobre la mesa.

—Esto no va a durar siempre —dijo al final Dante, apoyando una mano sobre mi hombro.

Negué con la cabeza mientras una mueca amarga se dibujaba en mis labios.

—Ni su amor por mí tampoco.

Sabía que era verdad, por mucho que me jodiera admitirlo.

—Deja de castigarte así, piccolo.

Pero no podía hacerlo, porque cada vez que la miraba sentía que todo lo que había sido hasta ese momento empezaba a tambalearse, como si ella tuviera la capacidad de desmontarme pieza a pieza sin siquiera tener que intentarlo.

—Joder… —solté, apoyándome contra la pared—, cada vez que la tengo cerca se me va la puta cabeza, y lo único que quiero es encontrar a todos los hijos de puta que las tocaron y hacerles pagar.

Dante esbozó una sonrisa peligrosa, de esas que solo aparecían cuando la violencia dejaba de ser una opción para convertirse en un plan.

—Pues vamos a hacerlo.

Solté el aire despacio, sabiendo que eso iba a pasar, que no iba a parar hasta que todos y cada uno de ellos pagaran, pero antes tenía que asegurarme de no perder el control de lo único que de verdad me importaba.

—Reúne al equipo.

Asintió, dándome una palmada en el hombro antes de marcharse, dejándome solo en el pasillo que daba al despacho.

Me apoyé de nuevo contra la pared y cerré los ojos, algo que no debería de haber hecho, porque en cuanto lo hice, apareció ella, tumbada entre las sábanas blancas de su habitación, con el pelo cayéndole sobre la almohada y esa expresión tranquila que solo tenía cuando dormía.

Era como si su cuerpo supiese que en ese momento nada la podría herir.

Escuché la puerta del final abrirse despacio y me giré lo justo para verla, de pie en el marco de la puerta, envuelta en esa bata clara que apenas cubría su piel.

El cabello le caía sobre los hombros, y por un instante creí ver a un ángel, uno con una expresión que no esperaba, más firme, como si hubiese tomado una decisión.

Había dejado de esconderse.

Y eso la hacía todavía más peligrosa para mí.

—Necesito que hablemos —dijo, avanzando hacia mí sin detenerse.

No me moví, porque no confiaba en lo que haría si lo hacía.

—No es buen momento —respondí.

No se detuvo.

Nunca lo hacía.

—¿Cuándo lo será? —insistió, acercándose más.

Apreté la mandíbula, notando el latir de mi corazón en las sienes.

—Puede que nunca.

Vi perfectamente el momento en el que mis palabras le hicieron daño, cómo algo en su mirada se quebraba, aunque intentara sostenerlo, y, aun así, no retrocedió, se mantuvo frente a mí como si estuviera dispuesta a plantarme cara.

Eso me encendió.

—Estoy harta —comenzó a decir, alzando la voz—. ¡Harta de que me ocultéis información, de estar metida en cualquier lado!

—Baja la voz —le ordené con frialdad.

—No me da la gana —sentenció con una rudeza que no había visto jamás.

Una chispa de orgullo se prendió en mi pecho, al mismo tiempo que el enfado iba a más.

Dejé que una mueca se esbozase en mis labios al mismo tiempo que una risa seca se me escapaba. Di dos pasos hacia ella, provocando que retrocediese, hasta que su espalda tocó la pared del pasillo.

Todo ocurrió demasiado deprisa, tanto que no supe en qué momento coloqué mi mano en su cuello, estrangulándola.

Mi pecho subía y bajaba frenético, casi tanto como lo hacía el suyo.

El corazón me latía con tanta fuerza que apenas podía escuchar sus súplicas, la manera en la que me pedía que la soltase, tan agónica como entristecida.

—Ni se te ocurra decir una puta cosa más —mascullé entre dientes—.

Si no fuese por mí, estarías por ahí drogada, siendo follada por cualquiera —bufé con rabia, como si fuese un jodido animal—, incluso por mi padre —añadí ido—, ¿o es que acaso no te acuerdas?

—escupí—. Te he salvado de tu maldita ruina, Eve.

—Luca… —susurró, con la voz rota.

—No me toques la puta polla, Eve.

Apreté los dientes, sintiendo como todo mi sistema nervioso estaba encendido, sobrecargado y a punto de hacerme estallar por los aires.

—Será mejor que te marches —siseé entre dientes.

Solté el agarre, dando un paso hacia atrás, esperando a que se apartase de mí para marcharse, pero entonces, algo cambió en ella, volvió esa seguridad que había mostrado tornándose tan terca que solo pude suspirar.

—¿Y si no quiero?

Sonreí ladino, sabiendo que el poco control que me quedaba se estaba escapando entre mis dedos como lo haría la arena de la costa.

Volví a acercarme a ella, reduciendo el espacio hasta casi eliminarlo, notando el calor de su cuerpo contra el mío, respondiendo ardiente a cada uno de mis movimientos.

—Entonces tendré que explicártelo en privado.