14
Luca
Mi pecho subía y bajaba frenético. Ya no sabía cómo demonios tranquilizarme.
Estaba de los malditos nervios desde que habíamos sacado a Eve de la casa.
Era como si mi cuerpo estuviera en constante alerta, tanto que ni siquiera me dejaba pensar con claridad.
Suspiré hondo, perdido, y cerré los ojos.
Solo la veía a ella, era como un puto oasis en medio del desierto, la diferencia era que ella era el mío en toda la oscuridad en la que estaba sumido.
Todo lo que habíamos tenido que vivir a lo largo de los últimos meses me traía de cabeza, ni siquiera era capaz de pensar con claridad, no cuando sabía que mi padre formaba parte de algo tan aberrante como lo era el negocio de La Mort.
En nuestra familia nunca habían existido los secretos, no cuando se trataba de mí y mi padre.
Se suponía que yo era su mano derecha, el único capaz de estar a su lado, el puto heredero de su apellido.
Mi mente no dejaba de cavilar, pensando en qué demonios me habría estado ocultando durante los últimos años.
A mi hermana la habían vendido como si no fuese más que ganado, entregándola por un maldito pacto que aún desconocía. ¿Cómo había podido dar a su propia sangre de aquella manera? Me pasé una mano por la cara y le di una larga calada al cigarrillo que se consumía entre mis dedos.
Me sentía sucio al pensar que alguien con mi misma sangre pudiese haber hecho tanto daño a mujeres y niñas, a Eve, porque una parte de mí solo deseaba cerrar cada una de sus heridas a besos, curar su alma rota, mientras que otra me gritaba que prendiese el mundo en llamas y persiguiese a cada uno de los hijos de puta que la habían tocado.
Tomé una bocanada de aire y suspiré.
Estábamos metidos en un puto embrollo de cojones, y lo peor era que no tenía ni idea de cómo iba a sacar a Eve de todo esto. El maldito imperio de los Moretti se venía abajo, toda mi realidad había cambiado en el preciso instante en el que Elisa me explicó todo lo que estaba ocurriendo.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me crujió hasta el cerebro.
Un click a mi espalda llamó mi atención al instante. Sin pensarlo ni un momento, saqué el arma y directamente apunté hacia la entrada.
—Luca…
Verla allí plantada, bajo el marco de la puerta, provocó que algo en mí se moviese. Guardé el arma de nuevo en su funda, y tomé el vaso de whisky que seguía bebiendo. Apagué el cigarrillo y deseé lanzarme a por ella, estrujarla entre mis brazos. Pero eso no iba a ocurrir, al menos por el momento.
Dio un paso más, entrando en la habitación y cerrando a su espalda.
Su rostro quedó iluminado únicamente por las pocas llamas de la lumbre, dándole un tono cálido y casi irreal.
Creí estar soñando. Era la mujer más hermosa que había visto en toda mi vida, la única que sería capaz de hacer que me postrase a sus pies.
Nuestra relación había empezado de una manera peculiar, o al menos eso pensaba. El juramento de la ‘ndrina, el contrato, la casona aislada… Todo con tal de protegerla del mundo en el que estaba metida, y, aun así, no lo había conseguido.
Pero lo haría.
—Estás vivo —susurró.
—Eso parece —musité.
Una tímida mueca se esbozó en sus labios al mismo tiempo que sus ojos se bañaban en un brillo que no supe descifrar de qué era.
Me puse en pie, acomodando la camisa que ya llevaba a medio abotonar.
Carraspeé, y pude percibir los nervios emergiendo de mi vientre, subiendo hasta mi garganta, obligándome a tragar ese nudo que comenzaba a crearse.
—Eve —la saludé.
Antes de que pudiese decir nada, se lanzó a mis brazos, esperando que la cobijase, mientras ella escondía su rostro contra mi pecho. Joder. Podría haber descongelado el mismísimo Polo Norte con ese simple gesto.
La rodeé con mimo, permitiéndome el lujo de, por una vez en mi vida, sentirme en una paz extraña de la que no iba a querer salir.
—Dios, tenía tanto miedo... —admitió—. Creía…
Se apartó un segundo de mí, y pude ver el pánico en sus ojos, cómo la oscuridad había vuelto a ella, y por un instante, había sido el terror quien la había controlado.
Eve era un puto ángel en medio del caos, uno al que habían condenado a vivir en la tierra para mostrarle al mundo lo que era la pureza, y en vez de aprender de ella, lo único que habían hecho era intentar corromperla.
—Ya no tienes que preocuparte —aseguré.
—Solo de pensar que podrían hacerte daño…
Verla de aquella forma me descolocaba. Sí, a mí. Al maldito Luca Moretti. Al mismo hombre que no temía nada. O al menos, no había temido nada hasta aquel instante, porque si había algo que no podía permitirme era perderla.
—No lo pienses más —le pedí.
Sentí como la punta de los dedos me ardió al notar su cuerpo bajo mis manos. Apreté la mandíbula, y la aparté con cuidado, huyendo de esa sensación que tanto me desesperaba.
—¿Q… Qué haces aquí? —titubeó, confusa—. ¿Cómo has conseguido escapar?
—Ahora eso no es algo por lo que tengas que preocuparte —comenté, sujetándola por los hombros.
—Pero… —comenzó a decir.
—No hay peros que valgan, Eve —le contradije.
Apreté la mandíbula cuando me percaté de la forma en la que miraba mis labios, en cómo todo su cuerpo permanecía casi pegado al mío. Quería tomarla, olvidarme de la mierda en la que estábamos metidos y perderme en ella, en esa forma que tenía de observarme con una mezcla de delirio y devoción.
Fijé mis manos en su cadera, a la vez que en mi interior me debatía sobre cómo demonios afrontar lo que tenía delante. No quería herirla, ni que se involucrase más en mi mundo. La deseaba lejos del dolor, en una vida tranquila donde pudiese ser ella misma sin tener que pedir permiso.
—Creo que nos debemos una conversación —musitó sin apartar la vista.
Mi miembro se endureció al instante, me enloquecía verla de aquella manera, tan inocente, dulce y dispuesta.
Porque sí, no necesitaba que dijese nada para saber que lo deseaba tanto como yo.
Entre ambos había algo que no se podía explicar, una conexión capaz de hacer que perdiese la poca cordura que me quedaba.
Eve se puso de puntillas, uniéndonos en un dulce y casto beso que me dejó completamente mudo.
—Ahora no.
Aquellas dos palabras fueron como empujarla lejos, no en el plano físico, pero sí en el emocional. Porque a pesar de todo, no podía permitir que la situación continuase en esa dirección, no cuando teníamos una maldita guerra entre manos, no cuando había sido mi padre parte de su condena.
—Luca, por f… —comenzó a decir.
—Lo siento.