La obsesión del jefe 13
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Eve

Mi cuerpo comenzó a flojear y fue entonces cuando los sanitarios llegaron, llevándome de nuevo a la consulta.

Me administraron algo para estabilizarme y Janeth se quedó a mi lado el tiempo que fue necesario.

Sin embargo, sabía que ningún medicamento iba a calmar lo que de verdad me desgarraba por dentro.

Mi malestar no desaparecería hasta que Luca estuviera de vuelta. Solo de imaginar lo que podía estar viviendo hacía que el estómago se me revolviera.

Alessia me aseguró que Dante ya estaba coordinando un operativo para localizarlo, pero el proceso estaba siendo más complejo de lo previsto. Giovanni no era un hombre que cometiera errores dos veces, y el equipo no iba a precipitarse después del episodio que yo misma acababa de protagonizar.

—Debes apartar esos pensamientos —me dijo Janeth con suavidad—. No puedes permitir que te consuman.

—No sé cómo hacerlo, Jan.

Mi cabeza no dejaba de calcular los tiempos.

Recordaba demasiado cuánto solía retener La Mort a sus prisioneros, igual que lo hacía Giovanni, cuánto tardaba en quebrarlos, qué métodos utilizaba cuando quería enviar un mensaje.

No sabía cuántas horas llevaba Lucas en sus manos, ni si seguiría con vida en el momento en el que el equipo llegase.

—Sé que es difícil —continuó—, pero necesitas distraerte. Lo que imaginas ahora mismo solo alimenta esa ansiedad que te consume —aseguró—. Van a sacarlo de esta.

—Eso lo dices desde aquí —murmuré, notando cómo la voz se me quebraba a la vez que alzaba las manos—. Desde un lugar seguro donde no puedes imaginar lo que él puede estar soportando.

Janeth no se ofendió, no lo había hecho en ningún momento, hablándome con una tranquilidad que me hacía sentir envuelta en una nube mullida.

—¿Quién es Luca en tu vida, Eve?

La pregunta me dejó en blanco, sin palabras, y se repitió en mi mente como un eco que no dejaba de retumbar en mi interior.

No éramos nada, no había promesas. Él me había comprado, sí, pero al mismo tiempo se había preocupado de mí, había estado a mi lado. Había silencios que decían demasiado.

Luca se había convertido en mi lugar seguro. El único capaz de acallar el ruido constante de mi cabeza. No le necesitaba para existir, pero sí para respirar sin sentir que me ahogaba.

—No lo sé —admití.

—Eso no es verdad.

Suspiré, dejándome caer en la camilla.

—Sé que forma parte de mi vida, pero no sé hasta qué punto.

Durante años había escuchado hablar del síndrome de Estocolmo.

Llegué a pensar que quizá lo que sentía era una deformación emocional, producto del trauma, que todo lo vivido me hacía creer que Luca no era tan malo en comparación con La Mort.

Pero lo cierto era que a pesar de que el italiano me había comprado, jamás me había obligado a nada.

Lo nuestro era otra cosa.

—¿Qué sientes cuando está cerca? —insistió.

Cerré los ojos.

—Las manos me cosquillean —susurré, rozándome la palma con los dedos—. El corazón se me acelera, cuando me mira es como si el mundo se parase, con él no existe el miedo... Y sé qué no debería ser así.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque él me compró.

—Lo hizo —claudicó—, pero no por lo mismo que lo hacían los otros hombres —añadió Janeth—. Él lo hizo para darte la libertad que tanto merecías.

Las lágrimas me nublaron la vista.

—Necesito que vuelva.

Janeth apuntó algo en la libreta que siempre portaba consigo, y tomó una de mis manos con cariño.

—Volverá —me prometió—. Este equipo no abandona a los suyos.

Aquella respuesta me revolvió por dentro, porque yo jamás había pertenecido a ningún lado y, en cierto modo, envidiaba que Luca pudiera tenerlo y yo no.

Me limpié las lágrimas traicioneras que ya me habían empapado el rostro e intenté recomponerme. Una parte de mí temía que fuese demasiado tarde como para poder dar con él. No sabía de qué sería capaz Giovanni con su propio hijo, pero sí sabía lo que había hecho decenas de veces antes.

—Luca sabe sobrevivir —apuntó Janeth al verme cavilar—, se ha entrenado para eso.

—Su padre también.

El silencio que siguió fue un bálsamo, porque en cierto modo ya no podía abrirme más con ella, no quería continuar pensando en lo ocurrido, y mucho menos en lo que podría estar viviendo él. Me mataba hacerlo.

—No puedo prometerte nada —dijo finalmente—, pero sí puedo asegurarte que harán todo lo posible por traerlo de vuelta.

No era suficiente, pero era lo único a lo que podía agarrarme.

—Le quieres —apuntó con suavidad.

***

Unos meses antes, día de la compra de Eve.

La furgoneta avanzaba por la carretera envuelta en una oscuridad espesa. Apenas se filtraba algo de luz desde el exterior cuando algún coche pasaba en dirección contraria, iluminando el interior del vehículo antes de que volviera a sumirse en la penumbra.

Estaba sentada en el suelo metálico, con la espalda pegada al lateral, y las rodillas recogidas contra el pecho. Todo mi cuerpo temblaba por el frío, pero no solo eso, sino por la maldita adrenalina que aún corría por mis venas.

No dejaba de mirar las puertas traseras, como si en cualquier momento alguien fuese a abrirlas para arrastrarme de nuevo a casa de La Mort, de Giovanni o a saber de quién.

Las muelas me chasqueaban unas contra otras.

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima cayó sobre mis dedos.

Todo había ocurrido demasiado rápido. La discusión, las balas, los hombres, el contrato, los gritos… y después él.

Luca.

Le tenía frente a mí, apoyado contra el otro lado de la furgoneta. Permanecía en silencio, observándome con esa mirada verdosa que parecía verlo todo sin necesidad de hacer preguntas.

No dijo nada, ni una palabra.

Solo se inclinó hacia uno de los asientos y cogió una manta doblada. Se acercó despacio, como si temiera asustarme más de lo que ya estaba, y la dejó caer sobre mis hombros con cuidado.

Aquel gesto me descolocó.

Alcé la vista hacia él sin entender qué estaba pasando. No esperaba nada parecido a la amabilidad después de todo lo que había vivido. Contuve el aliento cuando el repiqueteo de mi corazón se volvió ensordecedor.

Durante unos segundos permanecimos así, mirándonos.

Entonces, Luca se sentó a mi lado, pasando un brazo por encima de mis hombros.

No me obligó, ni me atrajo hacia él.

Simplemente me cubrió.

Mi cuerpo cedió casi sin darme cuenta. Me incliné hacia su pecho, como si llevara horas esperando ese gesto, y las lágrimas comenzaron a sacudirme con más fuerza.

Lloré contra su camisa, sin poder detenerme, como una niña al borde del colapso, esa a la que una vez arrancaron de su propia casa para llevarme al mismísimo infierno.

El italiano permaneció callado, no intentó calmarme con palabras ni hacerme preguntas. Solo me sostuvo, lo hizo como nunca nadie lo había logrado.

Su pecho subía y bajaba con calma bajo mi mejilla, mientras la furgoneta continuaba avanzando por la carretera oscura. Podía sentir su calor, cómo nuestra piel se unía, a pesar de la ropa, y cómo, poco a poco, mi cuerpo dejó de temblar.

Por primera vez desde que salí de aquella mansión, dejé de sentir que alguien iba a abrir la puerta. Y aunque Luca no había emitido sonido alguno, en ese momento lo supe con una certeza que me sorprendió incluso a mí misma.

Con él, al menos por ahora, estaba a salvo.

***

Janeth tocó mi mano con un simple roce, sacándome de esa burbuja de recuerdos en la que estaba sumida, la misma que me había traído al presente esa sensación de estar en casa. No quería perderle.

—Será mejor que vayas a descansar —me propuso con amabilidad—. Luca estará a punto de volver, y creo que os debéis una conversación.

Asentí un par de veces, le di las gracias en silencio y me encaminé hacia la puerta que daba al largo pasillo. No sabía cuánto rato había estado adormilada, ni qué había ocurrido durante todo ese tiempo, pero lo único que deseaba era que pasase lo más rápido posible y que Luca volviese.

Cerré los ojos, tomando una bocanada de aire, intentando calmar ese nerviosismo que me corroía, porque sí, a pesar de que quería dejar de pensar en todas esas situaciones catastróficas, una parte de mí no podía dejar de tener miedo.

«Va a estar bien», me dije para mis adentros.

Me detuve frente a la entrada de la habitación que me habían asignado y, cuando giré el picaporte y abrí la puerta, el mundo se me vino abajo.