12
Eve
—No puede ser —dije, abriendo la puerta e interrumpiendo la reunión.
Sabía que no debía estar allí, que era un momento reservado entre Dante, quien había asumido el mando en ausencia de Luca, y el resto del equipo, pero no iba a quedarme de brazos cruzados mientras hablaban con esa aparente serenidad.
—Tenemos que sacarlo de donde esté —añadí, alzando la voz, sin poder evitar que me temblara.
Avancé hacia la mesa, pero al pasar junto a Alessia, noté cómo me sujetaba del brazo para impedirme llegar hasta donde se encontraba Dante.
Era un intento torpe de contenerme. Estaba hecha un manojo de nervios, incapaz de ordenar las ideas que se agolpaban en mi cabeza.
No sabía quién tenía a Luca, pero el tiempo jugaba en su contra y lo hacía a una velocidad que me asfixiaba.
—Está en peligro —repetí, al ver que nadie reaccionaba como yo esperaba.
Dante fijó en mí su mirada oscura. No era indiferencia, era un cálculo. Eso me desesperó aún más. Bajé la vista hacia una de las tabletas que descansaban sobre la mesa y comprendí que no estaban esperando, estaban rastreándolo.
—Eve, no podemos… —empezó Alessia.
—¡Claro que podéis! —estallé, notando como las amargas lágrimas ya me nublaban la vista—. Lo habéis hecho antes —apunté—, si no, yo no estaría aquí.
—No —intervino Dante con firmeza.
Se acercó y tomó mis manos para obligarme a mirarlo, pero me solté de inmediato.
—No quiero excusas —espeté—. Quiero que montéis un maldito operativo y lo saquéis de donde demonios esté metido.
—Luca ha dado órdenes claras —replicó él—. Nadie sale del palazzo para ir a por él.
Estaba al borde del colapso, sintiendo como todo a mi alrededor daba vueltas. Luca era el único que se había preocupado por mí, el único que a pesar de todo había hecho lo que estaba en su mano para sacarme de casa de La Mort. Él me había salvado, ¿cómo iba a permitir que lo dejaran solo?
Mi mente voló muy lejos del palazzo.
***
Unos meses antes, casa del bosque, ya comprada por Luca.
—Gracias por quedarte —susurré aquella noche, mientras la lluvia golpeaba el techo de madera.
Luca estaba tumbado a mi lado, en silencio, rodeándome con sus brazos como si pudiera mantener el mundo entero lejos de mí. Llevaba meses escondida en aquella casa apartada y él era el único que se colaba para velar mis sueños.
Se había convertido en mi refugio, en la paz que nunca tuve.
Durante horas escuchamos la lluvia caer en silencio. Su duro pecho subía y bajaba con firmeza bajo mi barbilla, mientras el sonido de su corazón me embriagaba como una nana dispuesta a hacerme dormir.
—Cuando salga de aquí quiero ver el mar —murmuré, soñando despierta.
—Te llevaré a todos y cada uno de los mares que existen —prometió.
Sonreí contra su piel, deseosa de reseguir cada una de las líneas que lo adornaban y que asomaban por el pico de su camisa.
—También quiero ir a un parque de atracciones.
Nunca había ido. Durante toda mi vida había estado centrada en ballet, sometida por mi propia madre para convertirme en la mejor.
—Donde quieras.
Le dio una larga calada al cigarrillo.
—¿Y al fin del mundo?
Dejó ir el humo, llenando la estancia, al mismo tiempo que deslizaba su mano por mi espalda, recogiéndome, creando una burbuja de la que no quería salir.
—Hasta allí iría por ti, Eve
***
—¡No me importa lo que haya ordenado!
Salí de la sala como si el suelo ardiera bajo mis pies. La rabia me recorría el cuerpo con la misma intensidad que el miedo. No iba a permitir que le hicieran daño, sobre todo, si el precio era entregarme. Lo pagaría, pero no sin luchar.
Me dirigí al hangar donde almacenaban las armas, vehículos y equipo táctico. Apenas era consciente de lo que hacía, solo sabía que no podía quedarme quieta.
—¡Eve! —gritó Alessia a mi espalda—. ¿Te has vuelto loca?
—Voy a ir a por él —respondí sin detenerme—. Y no voy a permitir que nadie me lo impida.
Tomé un chaleco antibalas de una de las perchas, me lo ajusté a duras penas y con las manos torpes. Me coloqué el portapistolas en los muslos, descolgué lo que creí que era una escopeta y la crucé sobre mi pecho.
¿Quién demonios me creía? ¿Lara Croft? Una parte de mí me dijo que no sería capaz, que no era más que una puta que buscaba reinsertarse, pero lo cierto era que eso iba a cambiar, no permitiría que nadie me hablase así, y mucho menos, yo misma.
Guardé dos nueve milímetros en los arneses y escondí un puñal en la bota.
—No dejaré que salgas —aseguró Alessia, alcanzándome.
Negué con la cabeza y activé el cierre de emergencia de las compuertas.
—Lo siento —musité.
No quería hacerle daño, pero tampoco iba a quedarme esperando a que mataran a Luca. Estaba rebuscando entre las llaves cuando la vi deslizarse por debajo de la puerta antes de que terminara de cerrarse.
—¿En qué demonios estabas pensando? —preguntó, sin aliento.
Con un rápido movimiento, me quitó las pistolas e hizo que la escopeta cayese al suelo como si fuese de juguete.
Algo en mí se quebró.
La imagen de Luca arrodillado, herido, ensangrentado, apareció en mi mente con una claridad insoportable. Pensé en Giovanni, en su crueldad metódica y en la sonrisa que precedía al castigo, la misma que se veía en la máscara de La Mort.
La sangre se me heló.
Parpadeé varias veces, intentando despejar la visión empañada por las lágrimas, al mismo tiempo que notaba que el latir en mi pecho se volvía cada vez más ensordecedor. Cogí una bocanada de aire, sintiendo cómo el aire no entraba con normalidad.
Me pasé las manos por el cabello.
Tenía que pensar y mantener la cabeza fría. Pero solo podía imaginarme escenas de tortura. Solo escuchaba gritos. El Salón Negro. A Luca pagando por mi culpa.
Cerré los ojos y fue entonces cuando los brazos de Alessia me rodearon.
—Lo van a matar —susurré, rompiéndome contra su pecho—. ¿Por qué mi vida vale más que la suya?
—Porque así lo ha decidido él.
Antes de que pudiese decir nada, noté como algo se inyectaba en mi cuello.
—Perdóname.