11
Eve
—Será mejor que vayas a descansar un poco —comentó Janeth con ternura—. Estoy segura de que una infusión calentita y algo de lectura te sentarán de maravilla.
Asentí un par de veces, sintiéndome completamente fuera de lugar.
Lo único que deseaba era llorar, ahogarme en mi propio llanto hasta vaciarme por dentro, hasta que todo lo que se había quedado enquistado en mi pecho desapareciera de una vez por todas.
Me culpé durante años por haber permitido tener una vida así de miserable.
Por resignarme.
Por no haber huido cuando todavía tenía fuerzas.
Pero yo no era como otras. Como Elisa. Ella lo había hecho.
Yo nunca fui la heroína de mi propia historia, sino la mártir que se había dejado mecer por unas olas llenas de dolor.
—Si quieres, puedo acompañarte —propuso Alessia.
—No te preocupes. —Intenté sonreír, fingiendo estar bien, a pesar de que sabía que nadie iba a creérselo.
—Si te apetece, puedo encenderte la chimenea y buscar algo medio decente que puedas leer —añadió.
Esas simples palabras me hicieron sentir mejor. Porque por un instante sentí que le importaba a alguien.
—Sería genial, la verdad —apunté con una mueca triste—, lo del fuego, de momento necesito estar sola y digerir todo lo ocurrido.
Esta asintió con pesar. Sabía que remover el pasado había abierto demasiadas heridas en mi interior. Durante años aprendí a sobrevivir apagándolo todo: sentimientos, recuerdos, incluso mi propia humanidad. Solo quería durar un día más.
Cuando me dispuse a avanzar, sentí una mano en la parte baja de mi espalda.
El corazón se me desbocó, y por un segundo pensé que podría ser Luca, que había vuelto, y que al final, su plan, había terminado bien.
Me giré, pero entonces el alma me cayó a los pies.
Toda esa ilusión se desvaneció como si jamás hubiese estado ahí.
No era él.
Janeth hizo una mueca suave, con tristeza, como si hubiese podido leerme la mente.
—Lo siento —murmuré—. Pensé que…
—Te he preparado un té —me informó con una sonrisa—-, le he puesto una cucharada de miel.
—Voy a…
—Ahora te lo acerco al salón —me interrumpió, observándome con una dulzura que me encogió el corazón.
Asentí y me dirigí hacia la sala donde había visto que Alessia se metía.
El lugar era enorme, un palazzo italiano en una finca donde no podía ver siquiera el final.
Estaba rodeado de grandes olivos, y un camino de flores que rodeaba la entrada.
Contaba con varias plantas superiores con habitaciones, mientras que en la inferior se escondía un sótano al que no me había atrevido a entrar.
Miré por la ventana, que daba a lo que imaginé sería el jardín trasero, donde el horizonte se mezclaba con el mar infinito que rompía en el acantilado.
Durante unos segundos, mi vista se fijó en una preciosa abubilla que picoteaba el suelo con su majestuosa cresta marrón con puntas negras y esas alas que la vestían de gala.
Deseé ser él.
Segura, libre y sin miedo.
Pero no, me había tocado ser la muchacha a la que arrancaron de su hogar, la misma a la que habían arrastrado al más profundo infierno y la habían obligado a hacer cosas que jamás se perdonaría.
Contuve el aliento cuando los ojos empezaron a escocerme.
—Aquí tienes. —Escuché como me decía Janeth a mi espalda.
Esta dejó la humeante taza sobre la mesa.
—Gracias.
La sostuve entre las manos, dejando que el calor me anclara al presente.
—Cualquier cosa que necesites solo tienes que decírmelo —comentó con amabilidad.
—¿Podrías darme un folio y un bolígrafo?
Esta asintió y, sin mediar palabra, se acercó a una mesilla de la que sacó una libreta de hojas blancas.
—Gracias.
Janeth desapareció tras la puerta, igual que lo había hecho Alessia.
Cerré los ojos, buscando la fuerza que necesitaba, porque lo que estaba a punto de hacer iba a cambiarme, o al menos eso era lo que deseaba.
«Querida Eve:»
Empecé a escribir, sintiendo como un enorme nudo se creaba en mi garganta. Aquella sería la más dura de las cartas que jamás escribiría.
«Te perdono.
Te perdono por todo el daño que nos hemos hecho, por habernos resignado a morir a manos del desgraciado que nos condenó, por no haber sabido escapar cuando todavía no estabas rota, por tener miedo…»
El alma se me estrujó al pensar en Giovanni y La Mort. El maldito último capo de la mafia, como él se llamaba, con esa prepotencia que siempre portaba consigo.
«Tal vez en otro momento podríamos haber luchado, o al menos haberlo intentado, pero eso jamás ocurrió.
Nos convirtieron en una muñeca que otros movían a su antojo. No era por debilidad, era por supervivencia.
Sé que te has odiado, y que no soportabas mirarte al espejo. Que sentías asco al recordar cómo habías reclutado a chicas para salvar tu propia piel.
Que te culpas por no haber podido proteger a tu bebé».
Una lágrima cayó sobre el papel, emborronando esa palabra que tanto me dolía.
«Pero no pudiste hacer más.
Te arrebataron lo único puro que llegaste a tener, lo que más amabas y la posibilidad de tener una familia.
Mereces quererte, Eve.
Perdonarte, y yo ya lo he hecho. De verdad».
Me detuve por un instante, sintiendo cómo todo mi ser temblaba por aquellas palabras.
Respiré hondo, sintiendo el aire entrando en mis pulmones como un jodido torrente, y entonces, añadí una última frase.
«Te quiero».
Me quedé un largo rato releyéndola, sintiendo cada palabra como si fuera una herida que por fin comenzaba a cerrarse.
Tenía miedo de no ser mejor que ellos, pero había decidido remediar mis errores y luchar tanto por mí misma como por todas esas niñas a las que una vez robaron, a las mujeres que secuestraron y con las que traficaron. No volvería a ser cómplice del horror.
Me levanté y me senté frente al fuego. El calor me envolvió lentamente.
Recordé la chimenea en Obninks y las tardes en las que mi madre tostaba el pan.
Me abracé a mí misma, y por primera vez en mucho tiempo sentí que me estaba perdonando por todo lo que viví, por no ser capaz de cambiarlo a pesar de que no podía, y por haberme culpado durante años por mi destino.
Lancé la carta al fuego, dejando que se consumiera con lentitud y me despedí de la Eve que no había hecho más que sufrir. Había llegado la hora de cambiar todo eso, aunque me dejase el alma en ello.
Me puse en pie, envolviéndome con la sudadera de Luca, y le di otro sorbo al té. Me encaminé al pasillo, y el murmullo de las voces me detuvo. El equipo estaba reunido, lo que provocó que todas mis alertas se encendiesen. Algo no iba bien.
A mi mente vino uno dicho popular que había oído cientos de veces: «La curiosidad mató al gato», y a mí estaba a punto de devastarme por dentro.
—Tienen a Luca —decía Dante en el interior de la habitación.