10
Eve
Un desgarrador llanto se me escapó. Me cubrí el rostro con las manos, sin poder hacer nada por detenerlo.
Llevaba tanto tiempo guardando aquello… Lo escondía en una cajita en lo más profundo de mi mente, había intentado olvidarlo, superar aquella pérdida que me hacía sentir vacía y que me había arrancado una parte irreparable del corazón, pero nada había funcionado.
El aire empezó a faltarme, como si alguien me estuviera presionando el pecho con fuerza.
Entonces, mi mente voló hasta aquel momento en el que, por culpa de un fallo, La Mort me llevó al Salón Negro para darme un escarmiento.
***
Pasado, casona de La Mort.
—¡No! ¡No, por favor! —grité con todas mis fuerzas mientras me revolvía entre las manos de Kostya.
Tenía los ojos rojos de tanto llorar. Habían matado a Sasha delante de mí y me habían atrapado antes de que pudiera escapar. Sabía lo que iban a hacer. No hacía falta que lo verbalizaran, podía verlo en sus miradas, en la forma en que evitaban la mía.
La Mort me observaba desde la otra punta de la sala, sentado en su butacón de terciopelo oscuro, removiendo el contenido de su copa con una parsimonia enfermiza.
Mi pecho subía y bajaba alterado, el aire se me escapaba a trompicones y el corazón me latía con tanta fuerza que por un instante pensé que acabaría desfalleciendo.
Y, durante un segundo, deseé que así fuera.
Chillé hasta desgañitarme, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos. Sabía que, si dejaba que Kostya me llevara con él, todo lo que había vivido hasta entonces sería un simple ensayo.
No tenía miedo a morir.
—Señor… por favor —imploré.
—Te lo has ganado —siseó mi verdugo con una sonrisa torcida.
Me moví con tanta fuerza como pude, intentando zafarme de su agarre, pero lo único que conseguí fue que me sujetara con más violencia, zarandeándome como si no pesara nada.
—Vas a ser el ejemplo para todas las demás, querida —comentó La Mort desde la distancia, divertido.
Todo mi cuerpo temblaba. No sabía si por la rabia, por el terror o porque era plenamente consciente de que lo que me esperaba sería mil veces peor que la muerte. Y él iba a disfrutarlo.
Lloré desconsolada cuando me dejaron caer en el suelo, en el centro del gran Salón Negro. Lo hice aun sabiendo que mi bebé no llegaría al día siguiente y que quizá el mejor destino para mí era correr la misma suerte.
Empecé a hiperventilar. El corazón retumbaba en mi pecho como si quisiera escapar antes de presenciar lo que estaba a punto de suceder.
Estaba sola.
Por mucho que gritara, nadie acudiría en mi rescate. Todas sabíamos lo que pasaba en el Salón Negro, era el último lugar donde deseábamos acabar, y nadie se interpondría entre mi destino y yo.
Tomé aire entre sollozos, sintiendo como mi llanto reverberaba en toda la estancia. Nadie me salvaría. La única persona a la que había amado yacía muerta en un callejón, el mismo que iba a ser testigo de nuestra huida.
Lloré desconsolada, sintiendo cómo mi alma se rompía en mil pedazos. Lo hice por el amor de mi vida. Por el hombre más bueno que había conocido. Por el bebé que crecía en mi interior, nacido de la relación más pura que había tenido. Por la chica que una vez soñó con una familia lejos de la mafia.
—Por favor… —imploré.
El corazón me latía tan rápido que no era capaz de escuchar ni siquiera mi respiración, se había vuelto ensordecedor, siendo testigo de lo que iba a pasar.
Kostya soltó una carcajada que me revolvió el estómago.
Me dejó de rodillas en el centro de la sala y me observó desde arriba con esa repugnante superioridad que lo caracterizaba.
Recordé todas las noches en las que, después de las fiestas privadas de La Mort, había entrado a hurtadillas en mi habitación.
Cómo me tocaba a pesar de que le supliqué cientos de veces que no lo hiciera. Cómo terminó violándome y azotándome con su cinturón mientras Aurora, mi compañera de habitación, fingía dormir. Era más sencillo hacerse la dormida que arriesgarse a correr la misma suerte.
—No sabes cuánto lo voy a disfrutar —aseguró, acompañándolo de otra risotada.
Abrió el cinturón que sujetaba sus pantalones y, sin dudarlo, sacó su miembro erecto para comenzar a masajearlo de manera brutal frente a mí.
—Vas a saber lo que es que te follen de verdad —sentenció.
Se acercó a mí y, por un momento, no pude moverme. Todo mi cuerpo permaneció paralizado, como si hubiese aceptado un destino que lo asfixiaba. Kostya rasgó con fiereza el vestido que llevaba.
Antes de que pudiera decir nada, un golpe seco en la cabeza me mareó.
Sentí la sangre caliente descender por mi sien hasta manchar la tela.
Intenté llevarme la mano a la herida, pero no me lo permitieron.
La bofetada que vino después resonó en toda la sala, y mi piel ardió hasta el punto de dolerme al respirar.
—Señor… —susurré mientras todo mi cuerpo empezaba a volverse liviano, como si la fuerza me abandonara.
La vista se me nubló.
Y, de repente, todo se volvió negro.
***
—Me violaron y pegaron una paliza durante horas —informé con la voz temblorosa, ya de vuelta en la sala del palazzo—. Dos días después, me confirmaron que mi bebé estaba muerto.
—Lo siento —murmuró Janeth.
Negué con la cabeza. No había vuelta atrás. Me llevé la mano al vientre, rememorando el dolor físico, la depresión en la que me sumió aquella pérdida y el miedo constante de que, incluso después de eso, La Mort continuase castigándome.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó.
—Me mantuvo enjaulada como castigo —murmuré—, y cuando accedió a que volviera a salir, me reclamó una deuda que jamás podría asumir…
Ni siquiera sabía de dónde demonios salía, según él era el pago por todo el equipamiento médico y todos los cuidados que tuvieron que darme después de lo ocurrido en el salón.
Cerré los ojos mientras una amarga lágrima recorría mi rostro hasta morir en mis manos. No sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para declararlo todo de aquella forma, ni cómo lo haría ante un juez si aquello llegaba algún día a juicio.
—Una tarde me hizo llamar —añadí—. Vanko me quería en una de sus fiestas.
Necesitaba que drogara a cuatro hombres para poder extorsionarlos después, como habían hecho cientos de veces —continué—.
Lo que no me dijeron era que se trataba del capo y varios hombres de un clan del norte de Italia.
—Bajé la vista a mis manos, intentando mantener la calma—.
No podían acercarse directamente a ellos, así que yo era el cebo perfecto.
—¿Accediste?
Asentí, sintiendo cómo la coraza que había construido durante años se resquebrajaba sin remedio.
—Los hombres de Samuele habían matado a mi madre —titubeé.
Era el blanco fácil, y por mi culpa estaba muerta. Durante mucho tiempo la odié por dejarme sola, creí que todo lo que había sufrido era consecuencia de sus decisiones, pero con los años entendí que el odio no me la devolvería.
—¿Cómo lo supiste?
Respiré con dificultad.
—Vanko me hizo llegar las imágenes que lo probaban.
El silencio se volvió pesado.
Sentí que el pecho se me encogía y rompí a llorar como una cría. Sacando todo el dolor que había escondido en el rincón más oscuro de mi mente.
—¡Se acabó! —Escuché decir a Alessia desde el otro lado el cristal, antes de que la puerta se abriera.
Desvié la vista emborronada por las lágrimas hacia la puerta, viéndole entrar como un Miura.
—Voy a coger a ese hijo de puta y voy a arrancarle el corazón del pecho —gruñó.
Aquello no me lo esperé, sobre todo proviniendo de alguien a quien apenas conocía, pero entonces, supe que estaba en el lugar indicado.
—¿Estás bien? —me preguntó Dante.
—¿Cómo va a estar bien? —ladró Alessia.
Respiré hondo, intentando recomponerme.
—Lo estaré.