9
Eve
Desperté estirada en la camilla de la enfermería. Junto a mí había una mujer rubia con el cabello recogido en un moño bajo, que me miraba con amabilidad y ternura.
Al otro lado estaba Dante, con esa imponente mirada oscura que sería capaz de quitarle el sueño a cualquiera. Desvié la vista hacia mi mano y fue entonces cuando me percaté de que la suya la cobijaba con cuidado.
—Estoy bien —respondí.
—Has tenido una bajada de tensión debido a todo lo acontecido.
Asentí con lentitud.
—Luca… —musité.
—Estamos en ello —se apresuró a responder el italiano.
Todo me daba vueltas, era como si el mundo no dejase de girar a una velocidad vertiginosa capaz de hacerme hasta vomitar. Tomé aire, hasta que sentí como la mujer rubia me colocaba una mano sobre el brazo.
—Estarás bien —prometió—. Te han puesto suero para poder combatir la deficiencia de sales que pudieras tener, y algo de medicación para bajar un poco la sensación de estrés que estás sufriendo.
—Gracias —les dije con amabilidad—, a los dos.
Alguien tocó la puerta y fue entonces cuando todos miramos en su dirección. Alessia permanecía junto a esta, con el semblante serio
—Janeth —llamó a la mujer rubia, quien se volteó al instante para mirarla—. Ya está todo listo.
Esta le dijo que sí, con un ligero movimiento de cabeza, sin cambiar su expresión, y volvió a fijar su mirada en la mía.
Diez minutos más tarde estábamos en una sala pequeña, donde no entraba ningún tipo de luz y en la que solo nos encontrábamos nosotras.
—¿Estás preparada? —preguntó Janeth, quien supuse que iba a ser la que se encargase de realizarme el interrogatorio, dedicándome una sonrisa suave que no pretendía forzar nada, mientras apretaba ligeramente mi mano sobre la mesa metálica.
Asentí un par de veces, aunque la realidad era que jamás lo estaría.
Nunca se está preparada para volver al lugar donde te rompieron, aunque solo sea con palabras.
Rememorar lo vivido junto a La Mort o el italiano, ahora Giovanni, iba a romperme por dentro, y lo cierto era que ya no me importaba.
Me habían hecho añicos tantas veces que esa solo era una más que añadir a la lista.
Desvié la mirada para fijarme en la sala, estaba demasiado iluminada, demasiado blanca y limpia para todo lo que se iba a manchar con mis palabras.
Al otro lado del cristal unidireccional podía distinguir sombras. Sabía quiénes eran: Dante estaba ahí. También otros miembros del equipo. Observando, escuchando y evaluando cada detalle que pudiera servir para destruir el imperio que me había convertido en mercancía.
Cerré los ojos durante un instante, sintiendo como el estómago se me revolvía, provocando que un enorme nudo subiese hasta mi garganta.
Había aceptado declarar porque Luca me lo había pedido, porque necesitaban saber hasta qué punto estaba metido Giovanni en todo.
Pero en el fondo no buscaba justicia. La justicia era un concepto demasiado puro como para involucrarlo en algo así, no en la mafia, no cuando se estaba traficando con niñas, no cuando mueren cientos de bebés a manos de esos malnacidos.
Yo quería otra cosa. Quería que el mundo ardiera, y con él, Giovanni.
—Dime tu nombre completo —me pidió ella, sin presionarme.
Tragué saliva, intentando deshacer el nudo que se había creado en mi garganta.
—Eve… —titubeé, saliendo en un hilo de voz que se me antojó casi imperceptible—. Eve Novak. Nací en Obninsk, Rusia, el veinticuatro de febrero de mil novecientos noventa y ocho.
—¿Edad?
—Veintiocho —respondí.
La siguiente pregunta tardó en llegar, como si supiera que iba a abrir una herida que jamás podría cicatrizar.
—¿Dónde has estado los últimos años?
El aire se me escapó de los pulmones, y por un instante no respiré.
Sentí el temblor en las manos antes incluso de responder, cómo el corazón me latía frenético en el pecho y las amargas lágrimas comenzaban a aparecer.
No era miedo, ya no lo tenía, pero en lo más profundo de mi corazón, sí había dolor.
—Los hombres de La Mort me arrancaron de mi casa cuando no tenía más de doce años —dije al fin, obligándome a mantener la mirada al frente—. Me trasladaron a uno de sus complejos.
Hice una pausa, necesitando que el aire volviese a mí.
—Me prostituyeron.
La palabra cayó como una losa a mis pies, y pude ver en el gesto de Janeth que ella también se estremeció.
—¿Puedes especificar? —preguntó.
Asentí, y por un momento me imaginé un cuchillo hurgando en mi herida, esa que llevaba demasiado tiempo escondiendo en lo más profundo de mi ser.
—Me entregaban clientes estratégicos —comenté—, políticos, empresarios, jefes de otros clanes…
Uno de ellos era Giovanni Moretti. —Noté como Janeth y los que estaban al otro lado del espejo contuvieron el aliento—.
Yo no conocía su identidad hasta que Luca me lo confirmó —añadí, sintiendo como el pesar comenzaba a subir por mi pecho—.
Se hacía llamar el último Capo, pero La Mort se jactaba de él y sus aires de grandeza cuando no estaba presente.
—¿Qué relación tenía Giovanni con La Mort?
—No lo sé —aseguré—, lo único que conozco es que tenía acceso ilimitado. Pagaba por exclusividad. Por información y por control.
Cerré los ojos un instante antes de continuar.
—Me utilizaban para detectar posibles traiciones a La Mort —comencé a explicar, sintiendo como el latir de mi corazón tapaba incluso mi voz—. Me acostaba con hombres que creían estar comprando placer, pero en realidad estaban siendo evaluados.
—¿Cuál era tu misión?
—Debía observar, escuchar y memorizar —respondí—. Si alguno hablaba de negocios paralelos, alianzas ocultas o incluso de traiciones, lo informaba.
Janeth asintió al mismo tiempo que hacía una leve mueca de aprobación.
—¿Qué ocurría con ellos?
Dejé ir un bufido lleno de sarcasmo. La pregunta no necesitaba respuesta, pero, aun así, se la di.
—Desaparecían.
El silencio fue quirúrgico.
—¿Viste violencia directa?
Una amarga risa amarga se escapó de mi garganta antes de que pudiese frenarla.
—La escuchaba cada noche —resumí—. Los gritos atravesaban las paredes. El sótano no estaba insonorizado del todo —continué, sintiendo cómo el tic de mi pierna volvía a aparecer—. A veces ponían música; otras, la quitaban para que aprendiéramos lo que pasaba cuando alguien traicionaba a La Mort.
Me llevé las manos entrelazadas al regazo para que no vieran cuánto temblaban.
—Vi torturas —añadí—. Hombres suplicando, chicas drogadas y marcadas, usadas delante de otros como demostración de poder.
—Las amargas lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas, provocando que un leve hipido subiese por mi garganta—.
Giovanni asistía a algunas de estas reuniones privadas como cliente VIP.
No siempre participaba en las demostraciones, pero cuando lo hacía… nadie osaba cuestionarlo.
Sentí náuseas al recordarlo, pero seguí.
—¿Cuál era tu posición dentro de la red?
—Era útil —respondí con tristeza—. Sabía idiomas, cómo comportarme en eventos de alto nivel…
Venía del ballet clásico. —Pensar en mi incipiente carrera como bailarina me estrujó el corazón—.
Me habían formado para ser una mujer ejemplar, para escuchar sin ser vista, y engatusar a todo aquel con el que me cruzara. Yo…
—¿Tú?
Me llevé las manos al rostro, y rompí a llorar. El llanto fue tan fuerte que incluso escuché como alguien se aproximaba a la sala. La congoja arrasó con toda la poca seguridad que quedaba en mí por primera vez desde que salí de la casona de La Mort.
—Reclutaba chicas cuando me lo ordenaban. Les decía que sería temporal, que podrían ahorrar dinero, pero mentía. —Mi voz se deshizo en un hilo, como si jamás hubiese estado ahí.
La vergüenza me atravesó como un tsunami, engulléndome.
—¿En algún momento te planteaste salir?
Mi llanto fue a más, fue tan fuerte que me rasgó la garganta.
—¡Basta! —Escuché cómo decía Alessia, abriendo la puerta de golpe.
Alcé una mano al mismo tiempo que negaba con la cabeza, intentando hacerle ver que estaba bien.
—Me enamoré de uno de los guardias —confesé entre hipidos—. Se llamaba Sasha Vólkov.
No alcé la mirada cuando su nombre salió de entre mis labios como un secreto inconfesable.
—No era un cliente, ni un hombre cualquiera.
—Mi mente voló a él, a la última vez que le vi con su cabello rubio—.
Formaba parte de la seguridad interna —continué—.
Al principio solo intercambiábamos algunas palabras; después empezó a advertirme cuando habría revisiones internas, cuando alguna de las chicas estaba siendo vigilada… Me hizo creer que podíamos huir.
Me reí sin ganas, sintiendo como mi alma se encogía al rememorar sus palabras: «saldremos de aquí, nos iremos lejos y tendremos una familia».
—¿Planeabais escaparos?
Asentí.
—Habíamos conseguido documentación falsa —confesé—. Una ruta, un contacto en la frontera… Lo teníamos todo.
—¿Y por qué no os marchasteis?
—D-de verdad… m-me quería y… —La voz me salió estrangulada, tanto que se me llegó a cortar.
—Te quedaste embarazada —sentenció.
Mi corazón se detuvo por un instante. Dejé de respirar y el mundo pareció dejar de girar.
Muy poca gente conocía esa información, y que Janeth lo hubiera adivinado de aquella manera consiguió que todo mi ser se desmoronase.
Asintió, al mismo tiempo que cerraba los ojos y seguía como una pequeña lágrima llena de dolor recorría mi rostro para segundos después morir en la sudadera que vestía.
Ahogué un quejido que me rasgó la garganta. Dolía tanto que podía sentir como mi alma se resquebrajaba una y otra vez solo de pensar en aquel bebé que jamás pudo nacer.
Apreté con fuerza los labios, frenando un acongojante lamento que ya me nublaba la mente.
—¿Qué ocurrió con el bebé?